La razón de la sinrazón (primera parte)
¿Acaso no hay una razón oculta en estos actos?
Si no chocamos con la razón, nunca llegaremos a nada.
Albert Einstein
La razón no me ha enseñado nada. Todo lo que yo sé me ha sido dado por el corazón.
León Tolstói
Desde los albores de la filosofía, la relación entre razón y sinrazón ha sido un eje central para entender la condición humana. “La razón de la sinrazón” es una frase que encapsula la paradoja de nuestras acciones: aquello que parece ilógico o contradictorio en el comportamiento humano suele esconder una lógica profunda, arraigada en emociones, deseos o contextos ocultos. La aparente sinrazón puede tener razones veladas, ya sea en el amor, el arte, la rebeldía o incluso la autodestrucción.
La razón, asociada tradicionalmente a la lógica y el orden, choca con la sinrazón, vinculada al caos y lo irracional. Sin embargo, figuras como Cervantes en Don Quijote o Shakespeare en Hamlet mostraron que los actos “locos” pueden ser la respuesta más lógica a un mundo absurdo. Don Quijote, por ejemplo, elige la sinrazón de creerse caballero andante para escapar de una realidad gris. Su locura es, en el fondo, una rebelión poética contra la mediocridad.
En el amor, la sinrazón parece dominar pasiones desmedidas, celos infundados o entrega incondicional. Pero ¿acaso no hay una razón oculta en estos actos? Freud argumentaría que el inconsciente guía nuestros impulsos. Por ejemplo, un amor no correspondido puede persistir porque satisface una necesidad de sufrimiento o de idealización. La “sinrazón” amorosa, entonces, tiene raíces en heridas o deseos profundos.
El arte es otro territorio donde la sinrazón se vuelve razón. Dalí decía: “La única diferencia entre un loco y yo es que yo no estoy loco”. La creación artística surge a menudo de romper con la lógica establecida, mezclando sueños, obsesiones y caos. ¿Fue Van Gogh irracional al cortarse la oreja? Para él, quizá era la única forma de expresar un dolor inenarrable.
Históricamente, los actos considerados “irracionales” han impulsado cambios. Los revolucionarios, los místicos o los profetas fueron tachados de locos antes de ser reconocidos. Aquí, la sinrazón es una razón política o espiritual: un rechazo a un sistema opresivo o una búsqueda de trascendencia.
Tras cada acto desconcertante, hay una historia, un dolor o un anhelo que lo justifica. La verdadera sinrazón, quizá, sería no cuestionar nunca los motivos detrás de nuestras contradicciones.
México ha sido un país en el que la sinrazón ha sido casi objeto de culto. Ya en ocasiones anteriores he hablado sobre el surrealismo mexicano. Existen un sinfín de anécdotas históricas desde la que cuenta que el propio Dalí se fue molesto de México y juró no regresar “porque no puede haber un país más surrealista que yo”. O la de André Breton, padre del surrealismo y su experiencia con un carpintero al que le mandó hacer el mueble de su biblioteca.
Tan forma parte de nuestra idiosincrasia, que me he atrevido a acuñar el término “nacional surrealismo”, del cual ya he hecho una corta apología (véanse mis artículos La victoria sobre el resentimiento y México aún duerme) y que merece profundizar aún más. Los mexicanos, somos una nación mestiza por excelencia. Pero no lo sabemos valorar. Su enorme riqueza radica en ese profundo mestizaje de culturas mesoamericanas; la cultura judeocristiana y hasta influencias de las culturas asiáticas y africanas.
Esa mezcla de culturas ha dado origen a la que hoy llamamos la cultura mexicana. Pero sólo la denominamos así, pero pocos entienden su valor, riqueza y profundidad. La sinrazón de la actualidad, la de destruir una república que se construyó con sangre, lágrimas, dolor y esfuerzo, me lleva a pensar en las razones de lo absurdo, de esa sinrazón... Se revela que lo aparentemente ilógico en el ser humano es, en realidad, una respuesta a conflictos internos o externos. La sinrazón no es la ausencia de razón, sino otra forma de racionalidad, más profunda y subjetiva. En última instancia, aceptar esta paradoja es aceptar la complejidad de lo humano: somos criaturas que buscan sentido, incluso en el sinsentido.
Sin embargo, en un país kafkiano, que después de tres revoluciones, crisis y muchas otras cosas más... ¿qué buscamos o mejor dicho qué buscan unos gobiernos que dicen defender la democracia y sin embargo quieren destruir instituciones de la República? Dónde buscar un hilo conductor para una nación que ha dividido un personaje que nunca le importó México y por encima de la nación estuvieron sus complejos, mentiras, oquedades y falsos discursos de un mesías caricaturesco, ladino, díscolo, mentiroso y cínico.
¿Existe una lógica oculta tras lo aparentemente ilógico? ¿Merece el absurdo una defensa apasionada? No como mera falta de sentido, sino como un territorio donde la razón se disuelve para dar paso a otras formas de entendimiento.
