La partida de una madre
En algún momento de nuestra existencia llegamos a comprender que muchos de nuestros éxitos son gracias a nuestra madre.
Para las madres que son,
que han sido y que siempre serán...
Conexiones en vida, y tal vez más allá, tenemos muchas. Hermanos, amigos, primos, abuelos, tíos, maestros, mentores, jefes... Algunas son superficiales, otras pueden llegar a ser profundas. La sangre no necesariamente significa amistad. Un hermano es aquél que lo demuestra con hechos. No basta el lazo familiar.
El tiempo también es relativo. A todos nos ha pasado que hemos conocido a alguien y que en poco tiempo de tratar a esa persona le decimos: “Pareciera que te conozco desde hace años”. Pero existe un nexo que nos acompaña siempre. A todos. Una pequeña y curiosa evidencia así nos lo demuestra. Es el ombligo. Esa redondeada y arrugada cicatriz nos recuerda cómo comenzó nuestra vida. Es la evocación innegable de nuestro origen. Alimento y oxígeno era introducido por ese conducto que une al feto con la placenta durante nuestra gestación. Y ese muñón que queda es el testimonio de nuestra fuente de vida. Evidencia de nuestra irrepetible conexión... con nuestra madre.
Es difícil imaginar que en algún momento fuéramos tan pequeños e indefensos que dependíamos, totalmente, de alguien. Pero así fue. Ella escuchó nuestra primera palabra y esculpió nuestros rostros con un millón de cariñosos besos. Nos compartió valores: la bondad, la honestidad, la perseverancia, el perdón y la paciencia. ¡Uf... la paciencia! A veces le faltaba, a pesar de eso ella siempre estaba ahí. En innumerables ocasiones un abrazo, acompañado de ue vaso de leche y galletas, nos ayudaba a superar un día terrible. Un abrazo así... hoy lo sigo extrañando.
Porque ese abrazo no sólo era de consuelo y cariño, era un abrigo de seguridad. Lo primero que invade mi mente cuando pienso en mi madre son dos sentimientos: gratitud y amor. Gracias por levantarme cada vez que me caía y por acudir en mi ayuda cuando me metía en un aprieto. Casi siempre sabías qué decir y qué callar para hacerme sentir mejor. Gracias por tus consejos inteligentes y desinteresados; por los platillos que me preparabas. Gracias por tu prudencia y fortaleza. Gracias por el amor a tus nietas... Gracias... por tantas cosas.
Y aunque no eras perfecta, tus manos firmes y al mismo tiempo suaves... y tus sabias palabras me alentaron a buscar al espíritu dentro de mí. La relación con una madre puede ser, por lo general, maravillosa, sin embargo, no siempre es tranquila y perfecta. Bastantes problemas mi espíritu infantil te causó. Tuvimos discusiones y no pocas diferencias. Nos reíamos, pero a veces llegué a hacerte enojar. Así que también debo de decir... perdóname. Te preocupabas y te causaba noches de insomnio. Con las salidas a la discoteque, no dormías hasta que te iba a ver y te susurraba: “Mami, ya llegué”. Ya de adolescente y adulto “chico”, sé que te las viste negras con mi comportamiento insufrible. Perdóname por no haberte dado más tiempo para ti misma, para pensar y soñar. Hoy comprendo a cuántas cosas debiste renunciar por mí. Por nosotros. Porque nuestro tiempo para jugar y para educarnos siempre estuvo primero que tu tiempo para descansar y distraerte.
En algún momento de nuestra existencia llegamos a comprender que muchos de nuestros éxitos son gracias a nuestra madre. Quisiéramos tenerla siempre a nuestro lado para compartirlos con ella. Pero no es así. Llega un momento que debemos dejarla partir. La partida de una madre es sumamente dolorosa. Sólo superada por la muerte de un hijo. La ausencia de la madre es desconsoladora. Nos invade un sentimiento profundo de tristeza y amargura.
Octavio Paz dedica y explica en todo un capítulo de su Laberinto de la Soledad por qué la peor ofensa para el mexicano es mandarlo a “chingar a su madre”. Por eso, cuando estamos tan enojados con alguien, por daños u ofensas provocadas, podemos llegar a decirle: “Te voy a partir tu madre”. Porque cuando una madre parte, se resquebraja el alma y se parte el corazón. Se necesita tiempo para sanar y aceptar su ausencia. La ausencia se acepta, pero jamás se olvida. Aprendemos a vivir con ella. Se nos adelanta simplemente en el viaje. Porque todos, algún día, nos veremos forzados a abordar ese barco. Y, en mi muy particular punto de vista, creo que nos volveremos a encontrar. Concluyo con estas profundas y hermosas líneas, que le dediqué a mi madre cuando estaba por embarcarse en ese viaje. Forman parte de la bella canción Into The West –ganadora del Oscar e interpretada por Annie Lennox en El Señor de los Anillos: el regreso del rey–:
Acuéstate... tu cabeza dulce y cansada.
La noche está cayendo. Has llegado al final del viaje.
Duerme ahora y sueña con los que vinieron antes.
Están llamando, desde el otro lado de la costa distante.
¿Por qué lloras? ¿Qué son estas lágrimas sobre su rostro?
Pronto, verás... todos tus miedos pasarán.
A salvo en mis brazos, sólo estás durmiendo.
Al otro lado del mar, una pálida luna se eleva.
Los barcos han venido para llevarte a casa.
La esperanza se desvanece en el mundo de la noche,
a través de las sombras cayendo, sin memoria y sin tiempo.
No digas que hemos llegado ahora al final.
Las costas blancas están llamando.
Tú y yo nos volveremos a encontrar...
