La otra cara de la moneda, ¿por qué la invasión en Ucrania?* (1ra parte)

Si quieres hacer la paz con tu enemigo, debes trabajar con él. Nelson Mandela Ante un mundo supuestamente civilizado, el diálogo debería de prevalecer. A pesar de que a veces sea difícil encontrar puntos de encuentro, siempre existirán. Nunca deberíamos poner en ...

Si quieres hacer la paz con tu enemigo, debes trabajar con él.

Nelson Mandela

Ante un mundo supuestamente civilizado, el diálogo debería de prevalecer. A pesar de que a veces sea difícil encontrar puntos de encuentro, siempre existirán. Nunca deberíamos poner en juego las vidas humanas y menos las de inocentes.

Mahatma Gandhi mencionó en varias ocasiones: “No hay camino hacia la paz; la paz es el camino”.

La violencia engendra más violencia. Una guerra jamás se justificará. Sin embargo, analizar el punto de vista ruso, ante la tremenda, desgastante y estúpida la invasión en Ucrania es también muy importante. Forma parte de la inicua ecuación.

Como sentenciaría en algún momento de su vida Thomas Mann, el gran escritor de origen alemán: “La guerra es la salida cobarde a los problemas de la paz”.

En 1991, se dio el colapso del bloque comunista. En buena lógica, la desaparición del Pacto de Varsovia debería haber llevado a la disolución de la OTAN, una organización que se creó para hacer frente a la “amenaza soviética”.

Es por esta razón que comienza el malentendido entre el mundo occidental (OTAN) y Rusia (exURSS).

Lo conveniente habría sido proponer nuevos formatos de integración para esa “otra Europa” que aspiraba a acercarse a Occidente.

El momento parecía tanto más oportuno en cuanto a que las élites rusas, que probablemente nunca habían sido tan prooccidentales, estaban accediendo a la liquidación de su imperio sin oponer resistencia. Sin embargo, las propuestas de una mayor y mejor integración de la Europa del Este, formuladas sobre todo por Francia, fueron enterradas bajo la presión de Washington.

Al no querer verse despojado de su “victoria” sobre Moscú, Estados Unidos impulsó entonces la ampliación hacia el Este de las estructuras euroatlánticas heredadas de la Guerra Fría para consolidar su dominio sobre Europa.

Para ello, los estadunidenses contaban con un fuerte aliado: Alemania, que buscaba recuperar su influencia sobre la Mitteleuropa.

Ya en 1997 se decidió la ampliación de la OTAN hacia el Este, aunque los líderes occidentales habían prometido a Gorbachov que ésta no se produciría.

En Estados Unidos, destacadas personalidades manifestaron su desacuerdo. George Kennan, considerado como el arquitecto de la política de contención de la URSS, predijo las consecuencias de tal decisión, tan lógicas como perjudiciales:

“La ampliación de la OTAN sería el error más fatal de la política (exterior) estadunidense desde el final de la Guerra Fría. Es previsible que esta decisión despierte las corrientes nacionalistas, antioccidentales y militaristas de la opinión pública rusa; que reavive una atmósfera de Guerra Fría en las relaciones Este-Oeste y que encamine la política exterior rusa en una dirección que, ciertamente, no será la que deseamos”.

En 1999, la OTAN, que celebraba su 50 aniversario con gran pompa, realizó su primera ampliación hacia el Este (Hungría, Polonia y la República Checa) y anunció que continuaría el proceso hasta las fronteras rusas.

La Alianza Atlántica entró, además, simultáneamente en guerra contra Yugoslavia, transformando la organización de un bloque defensivo en una alianza ofensiva. Todo, en violación del derecho internacional.

La guerra contra Belgrado se emprende sin el aval de la ONU, lo que impide a Moscú utilizar uno de los últimos instrumentos de poder que le quedan: su poder de veto en el Consejo de Seguridad.

Las élites rusas que tanto habían apostado por la integración de su país en Occidente se sintieron traicionadas: Rusia, presidida entonces por Boris Yeltsin, que había actuado en pro de la implosión de la URSS, no fue tratada como un socio al que había que recompensar por su contribución al fin del sistema comunista, sino como el gran perdedor de la Guerra Fría, que debía pagar el precio geopolítico.

Paradójicamente, la llegada al poder de Putin al año siguiente corresponde más bien a un periodo de estabilización de las relaciones entre Rusia y los occidentales. El nuevo presidente ruso multiplicó los gestos de buena voluntad hacia Washington tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Aceptó la instalación temporal de bases estadunidenses en Asia Central y ordenó, en el mismo periodo, el cierre de las bases heredadas de la URSS en Cuba, así como la retirada de los soldados rusos presentes en Kosovo.

A cambio, Rusia pretendía que los occidentales aceptaran la idea de que el espacio posoviético, que Moscú define como su “extranjero cercano”, entraba dentro de su esfera de responsabilidad.

Pero, mientras que las relaciones con Europa eran bastante buenas, especialmente con Francia y Alemania, aumentaban los desencuentros con Estados Unidos.

*Texto basado en investigaciones en Le Monde Diplomatique.

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