La inseparabilidad de la existencia
No os apeguéis a lo placentero ni tampoco a lo desagradable. Perder aquello que amáis causa dolor, pero guardar el dolor de la pérdida sufrida produce más sufrimiento. La Palabra del Buda Vida y muerte son inseparables. La muerte forma parte del ...
No os apeguéis a lo placentero ni tampoco a lo desagradable. Perder aquello que amáis causa dolor, pero guardar el dolor de la pérdida sufrida produce más sufrimiento.
La Palabra del Buda
Vida y muerte son inseparables. La muerte forma parte del curso natural de la vida. Tarde o temprano, cualquier ser viviente la tendrá frente a sí mismo. La muerte habita todo lo que emprendemos y la vida sólo se justifica y trasciende cuando se realiza en la muerte. Octavio Paz... a través de su profunda y universal pluma encontramos la búsqueda para despertar al real conocimiento de nuestra patria y del humanismo mestizo. Es Paz una voz eterna sobre la necesidad imperiosa de tomar conciencia de lo que somos. Escribe de manera espléndida en su Laberinto de la soledad sobre ese tema tan trascendente. “La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida (...) cada vez que la vida pierde significación, la muerte se vuelve intrascendente. (...)…el respeto a la vida humana que tanto enorgullece a la civilización occidental es una noción incompleta e hipócrita. El culto a la vida, si de verdad es profundo y total, es también culto a la muerte. Una civilización que niega a la muerte acaba por negar a la vida".
Sentencias lúcidas e incontestables, tanto para la ciencia como para la filosofía, la religión y la espiritualidad. Sean aztecas, mayas, budistas, cristianos, judíos, musulmanes, protestantes, anglicanos, nihilistas, agnósticos o incluso ateos, la muerte está siempre presente. No podemos vivir ignorándola. La muerte, tarde o temprano, acaba por suprimirnos. Es un inmenso misterio. Pero podemos asegurar dos cosas. Existe una certeza absoluta de que moriremos algún día. Sin embargo, el cuándo y el cómo son inciertos... Es ahí donde se encuentra uno de nuestros mayores miedos... en la intranquila, perturbada y afligida incertidumbre. Nuestro gran terror se devela al vernos suprimidos en algún momento de todo lo que nos es familiar. Lo vemos como un fin brutal. Si tenemos el coraje de observarnos e ir hacia adentro de nosotros mismos podremos vislumbrar que el miedo a la muerte tiene sus orígenes en el desconocimiento de quiénes somos. Si profundizamos, nos daremos cuenta de que pretendemos ser lo que una larga cadena de datos nos dice.
Nuestra identidad personal está sujeta a nuestro nombre, nuestra familia, nuestra casa; nuestras amistades, nuestra historia de vida; nuestro pasaporte, nuestra credencial de elector; nuestra cuenta bancaria, nuestras tarjetas de crédito... Sobre estos frágiles apoyos es que, en infinidad de ocasiones o siempre, estamos sosteniendo la seguridad de nuestra existencia. ¿Qué pasará cuando todo eso nos sea arrebatado? ¿Tendremos idea de quiénes somos realmente? Nos esforzamos para llevar una vida repleta de actividades y llenar nuestros espacios de tiempo con tareas, en muchos casos, fútiles y superficiales. Evitamos confrontarnos con nosotros mismos. Y, cuando lo llegamos a hacer, si es que tenemos el coraje de escuchar nuestro corazón, porque éste es totalmente libre, nos damos cuenta de que es un extranjero el que habita dentro. Nuestra misión de vida se encuentra supeditada a una visión necia y miope. Nuestra alma se ha alejado del Espíritu Eterno y nos encontramos ebrios en una existencia donde pretendemos construir y atesorar...
Y estamos construyendo, sí... pero castillos de arena. Cuando morimos, dejamos todo atrás. Especialmente nuestro amado cuerpo, que termina siendo un despojo humano. Un cadáver tieso y frío.
