La impermanencia del ser

Aprender a soltar requiere de teoría y práctica.

Lo que ha nacido, morirá. Lo que ha sido reunido, será dispersado.

Lo que ha sido acumulado, será agotado. Lo que ha sido construido, será derrumbado. Lo que ha sido elevado, será rebajado.

El libro tibetano de la vida y de la muerte

Dedicarle tiempo a encontrar la paz espiritual debería ser uno de nuestros principales objetivos de vida. Nos dará el conocimiento para poder afrontar nuestra propia muerte.

Asomarnos a una maestría espiritual requiere de práctica diaria y de tomar conciencia de la muerte, con el fin de vivir una vida más plena.

Aplicándonos de manera continua y disciplinada, podremos llegar a alcanzar paz interna.

Escribe Albert Camus: “Quienes rechazan el sufrimiento del ser y de morir, quieren entonces dominar”.

Esa sed de dominación, de poder del hombre sobre otros, sobre la naturaleza, sobre su micro universo, es ridículamente ilusoria. Fútilmente pasajera.

Una de las mayores paradojas de la existencia humana es que sólo nos podemos apegar a la impermanencia. Aferrarnos a la vida llega a ser desgastante.

Como no queremos ver a la cara a la verdad absoluta de la impermanencia, experimentamos frente a la muerte, una angustia desgarrante.

Este corto y hermoso poema del Buda del El libro tibetano de la vida y de la muerte resume a la perfección nuestro paso por esta Tierra.

“Esta existencia nuestra es tan efímera como las nubes de otoño.

Observar el nacimiento de los seres es como observar los movimientos de una danza.

La duración de una vida es parecida a la aparición de un rayo en el cielo.

La vida se precipita como un torrente de agua fluyendo abruptamente de una montaña”.

Solemos decir: “Cómo pasa el tiempo” ... mas la realidad es que el tiempo no pasa. El tiempo es como el cielo que siempre está ahí. Los que pasamos somos nosotros, como esas nubes de otoño...

Nada, absolutamente nada, posee el carácter de durable. La única ley en el Universo que no se encuentra sometida al cambio, es que todo cambia y que todo es impermanente.

Esa impermanencia está ligada irremediablemente a nuestra muerte. Y es posible ver a la muerte como un proceso creativo y no destructivo. Es fundamental y valioso que tengamos una apertura de espíritu. Sino el gran inconveniente y raíz primaria de nuestros problemas, se aparecerá para succionarnos al remolino existencial de la vacuidad y el sufrimiento.

El apego. Es imposible apoderarse o aferrarse de algo o alguien. Hacerlo nos llevará a un laberinto que no conduce a ningún lado. La sola idea de desapegarnos puede llegar a ser terrorífica. Pero es irónico y trágico que, si luchamos incesantemente por apegarnos a algo, lo único que lograremos es obtener desazón, amargura, abatimiento y una vida triste y desdichada.

Todo es temporal. No podemos aferrarnos a nada. Únicamente a nuestra muerte. Concientizar esa impermanencia requiere no solamente de la contemplación. Aprender a soltar requiere de teoría y práctica. Es importante desarrollar esa actitud. Y poco a poco nuestra visión podrá empezar a transformarse.

Si logramos observarla más de cerca, se nos abre la posibilidad de un verdadero despertar y de una profunda transformación en nuestra vida. Al aceptarla y abrazarla, ocurrirá una disminución del miedo que ella inspira. Nos impulsará a dedicarnos más a servir y ayudar a los demás.

La aceptación de nuestra muerte nos conduce a un punto de vista más humilde y lúcido acerca de la importancia del amor. Un menor interés por la persecución de bienes materiales. Una mayor fe en la dimensión espiritual y en el sentido sagrado de la vida. Nos puede llevar a gozar y a vivir una vida más alegre y feliz.

Hay un dicho popular: “La vida es como una paleta helada. ¡Si la disfrutas se acaba... si no, también”! Porque, aprender a vivir es aprender a soltar.

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