La ignorancia como instrumentum regni (2da parte)

En la primera parte el autor habló del desprestigio del conocimiento y la experiencia, que ha llevado a atacar sistemáticamente a académicos, científicos, periodistas e intelectuales; como consecuencia de la manipulación de las masas ignorantes, lo que se crea es una ...

En la primera parte el autor habló del desprestigio del conocimiento y la experiencia, que ha llevado a atacar sistemáticamente a académicos, científicos, periodistas e intelectuales; como consecuencia de la manipulación de las masas ignorantes, lo que se crea es una sociedad ignocrática, es decir, una población desinformada y confundida que es susceptible al populismo y al autoritarismo.

La desinformación y el discurso del odio alimentan la desconfianza y el enfrentamiento entre grupos sociales, impidiendo la construcción de consensos y el diálogo racional. Se atomiza la sociedad, debilitando su capacidad de acción colectiva frente al poder. Polarización y fragmentación social, son parte de las nefastas e insalubres consecuencias.

La promoción de la ignorancia científica y el negacionismo (a menudo financiado por intereses creados) retrasa o impide las acciones necesarias, con consecuencias potencialmente catastróficas. Problemas complejos como el cambio climático o las pandemias requieren respuestas basadas en la ciencia y la cooperación internacional con el objetivo de evitar parálisis basada en la promoción de la ignorancia ante los desafíos globales.

Cuando los hechos objetivos son relativizados o negados sistemáticamente (“posverdad”), se socava la base misma del debate público y la rendición de cuentas. Todo se convierte en opinión, incluso lo demostrablemente falso. Esto lleva a una funesta repercusión: la erosión de la verdad.

¿Existe un antídoto para salir de este marasmo intelectual y social que nos está envolviendo como una anaconda constrictora y dejándonos sin aliento?

¿Podremos encontrar y retomar un camino sensato y consciente que nos conduzca a vivir en un mundo, no perfecto, pero si más equitativo y algo más congruente? ¿Dónde encontraremos inspiración para construir una sociedad moralmente decente?

Frente a esta maquinaria, la resistencia no es fácil, pero es posible y necesaria. Si revisamos sociedades que han prosperado y han impulsado el progreso, encontraremos aspectos que son habituales.

De entrada, es primordial tener memoria histórica. Conocer el pasado, con sus luces y sus sombras, es esencial para no repetir errores y entender cómo se han construido y mantenido los sistemas de poder basados en la ignorancia y la opresión.

En segundo lugar, es necesario e imprescindible fomentar una ciudadanía despierta, que cuestione los discursos dominantes, que exija cuentas a sus gobernantes y que participe activamente en la vida pública y en la defensa de los derechos comunes. Tenemos que desarrollar una conciencia crítica y participar de forma mucho más activa.

Muchos nos perdemos aquí. Porque la pregunta que viene inmediatamente es: ¿cómo yo solo, como individuo en esta jungla repleta de indecencias, voy a poder hacer algo? Es, precisamente ahí, donde la conciencia individual debe surgir y enfocarse en lo que uno, como individuo, puede hacer para empezar a cambiar. Los cambios no los hace la sociedad como tal. Ese ente, a veces confuso e intangible. Los grandes cambios se forjan en la conciencia y después, en las acciones individuales. Que pueden llegar a convertirse en acciones grupales y sociales.

De igual manera, se tiene que lograr que el acceso a la información sea veraz y plural. Las leyes de transparencia y acceso a la información pública son cruciales. Es importante defender una prensa libre e independiente, apoyar el periodismo de investigación y promover el acceso universal a fuentes diversas y contrastadas. Esto tiene que ser algo elemental en nuestras sociedades.

Finalmente, medular e indispensable en sociedades que quieren avanzar: impulsar la educación pública, laica, gratuita y de calidad. Que fomente no sólo la adquisición de conocimientos, sino además el pensamiento crítico, la capacidad de análisis, la investigación y el cuestionamiento. Una educación que enseñe a discernir fuentes, a identificar sesgos y a valorar la evidencia.

La ignorancia al servicio del poder no es un fenómeno nuevo. Pero en la era de la hiperinformación y las redes sociales, adquiere una virulencia y una escala sin precedentes. Es una estrategia consciente y calculada para debilitar la capacidad de resistencia, mantener privilegios injustos y evitar el escrutinio público.

Reconocer esta dinámica es el primer paso para combatirla. Sólo una ciudadanía educada, informada, crítica y comprometida, armada con las herramientas del conocimiento y el pensamiento racional, puede desmantelar los cimientos de la “ignocracia” y construir sociedades más justas, libres y verdaderamente democráticas.

Como bien advirtió Bertolt Brecht, “el peor analfabeto es el analfabeto político”. Y es en ese analfabetismo donde el poder encuentra su terreno más fértil.

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