La ignorancia como instrumentum regni (2da parte)

En la primera parte el autor habló del desprestigio del conocimiento y la experiencia, que ha llevado a atacar sistemáticamente a académicos, científicos, periodistas e intelectuales; como consecuencia de la manipulación de las masas ignorantes, lo que se crea es una ...

Antonio Peniche García

Antonio Peniche García

Desde la penumbra

En la primera parte el autor habló del desprestigio del conocimiento y la experiencia, que ha llevado a atacar sistemáticamente a académicos, científicos, periodistas e intelectuales; como consecuencia de la manipulación de las masas ignorantes, lo que se crea es una sociedad ignocrática, es decir, una población desinformada y confundida que es susceptible al populismo y al autoritarismo.

La desinformación y el discurso del odio alimentan la desconfianza y el enfrentamiento entre grupos sociales, impidiendo la construcción de consensos y el diálogo racional. Se atomiza la sociedad, debilitando su capacidad de acción colectiva frente al poder. Polarización y fragmentación social, son parte de las nefastas e insalubres consecuencias.

La promoción de la ignorancia científica y el negacionismo (a menudo financiado por intereses creados) retrasa o impide las acciones necesarias, con consecuencias potencialmente catastróficas. Problemas complejos como el cambio climático o las pandemias requieren respuestas basadas en la ciencia y la cooperación internacional con el objetivo de evitar parálisis basada en la promoción de la ignorancia ante los desafíos globales.

Cuando los hechos objetivos son relativizados o negados sistemáticamente (“posverdad”), se socava la base misma del debate público y la rendición de cuentas. Todo se convierte en opinión, incluso lo demostrablemente falso. Esto lleva a una funesta repercusión: la erosión de la verdad.

¿Existe un antídoto para salir de este marasmo intelectual y social que nos está envolviendo como una anaconda constrictora y dejándonos sin aliento?

¿Podremos encontrar y retomar un camino sensato y consciente que nos conduzca a vivir en un mundo, no perfecto, pero si más equitativo y algo más congruente? ¿Dónde encontraremos inspiración para construir una sociedad moralmente decente?

Frente a esta maquinaria, la resistencia no es fácil, pero es posible y necesaria. Si revisamos sociedades que han prosperado y han impulsado el progreso, encontraremos aspectos que son habituales.

De entrada, es primordial tener memoria histórica. Conocer el pasado, con sus luces y sus sombras, es esencial para no repetir errores y entender cómo se han construido y mantenido los sistemas de poder basados en la ignorancia y la opresión.

En segundo lugar, es necesario e imprescindible fomentar una ciudadanía despierta, que cuestione los discursos dominantes, que exija cuentas a sus gobernantes y que participe activamente en la vida pública y en la defensa de los derechos comunes. Tenemos que desarrollar una conciencia crítica y participar de forma mucho más activa.

Muchos nos perdemos aquí. Porque la pregunta que viene inmediatamente es: ¿cómo yo solo, como individuo en esta jungla repleta de indecencias, voy a poder hacer algo? Es, precisamente ahí, donde la conciencia individual debe surgir y enfocarse en lo que uno, como individuo, puede hacer para empezar a cambiar. Los cambios no los hace la sociedad como tal. Ese ente, a veces confuso e intangible. Los grandes cambios se forjan en la conciencia y después, en las acciones individuales. Que pueden llegar a convertirse en acciones grupales y sociales.

De igual manera, se tiene que lograr que el acceso a la información sea veraz y plural. Las leyes de transparencia y acceso a la información pública son cruciales. Es importante defender una prensa libre e independiente, apoyar el periodismo de investigación y promover el acceso universal a fuentes diversas y contrastadas. Esto tiene que ser algo elemental en nuestras sociedades.

Finalmente, medular e indispensable en sociedades que quieren avanzar: impulsar la educación pública, laica, gratuita y de calidad. Que fomente no sólo la adquisición de conocimientos, sino además el pensamiento crítico, la capacidad de análisis, la investigación y el cuestionamiento. Una educación que enseñe a discernir fuentes, a identificar sesgos y a valorar la evidencia.

La ignorancia al servicio del poder no es un fenómeno nuevo. Pero en la era de la hiperinformación y las redes sociales, adquiere una virulencia y una escala sin precedentes. Es una estrategia consciente y calculada para debilitar la capacidad de resistencia, mantener privilegios injustos y evitar el escrutinio público.

Reconocer esta dinámica es el primer paso para combatirla. Sólo una ciudadanía educada, informada, crítica y comprometida, armada con las herramientas del conocimiento y el pensamiento racional, puede desmantelar los cimientos de la “ignocracia” y construir sociedades más justas, libres y verdaderamente democráticas.

Como bien advirtió Bertolt Brecht, “el peor analfabeto es el analfabeto político”. Y es en ese analfabetismo donde el poder encuentra su terreno más fértil.

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