La imprudencia estructural (2da parte)

China se alía con regímenes populistas radicales.

Antonio Peniche García

Antonio Peniche García

Desde la penumbra

(En la primera parte, el autor comentó que el radicalismo político busca transformar la sociedad desde su raíz, pero suele fracasar al alcanzar el poder debido a su rechazo estructural hacia la prudencia y la sensatez institucional. Al priorizar el dogma ideológico y la ruptura sobre la experiencia o el análisis de las circunstancias, estos regímenes sustituyen la sabiduría práctica por una rigidez doctrinaria que desprecia la cautela y el aprendizaje).

La imprudencia institucionalizada

1. Los totalitarismos del siglo XX.

El análisis clásico de regímenes como el estalinista y el nazi los agrupa bajo el concepto de “totalitarismo”, un radicalismo que amenazaba con aniquilar la ortodoxia previa. Su falta de prudencia fue monumental y sistemática:

Falta de cautela y previsión económica: la colectivización forzosa en la URSS, dirigida a “arrancar de raíz” la propiedad privada, provocó hambrunas catastróficas al ignorar por completo las circunstancias reales de la producción agrícola. Los planes quinquenales, obsesionados con metas ideológicas de producción industrial, carecían de la circunspección necesaria para asignar recursos de forma eficiente, generando desequilibrios crónicos.

Falta de inteligencia y razonamiento político: la paranoia ideológica institucionalizada (las Grandes Purgas o la noche de los cuchillos largos) demostró una completa incapacidad para evaluar correctamente la realidad presente, sustituyendo el juicio por la sospecha dogmática. Las instituciones de seguridad se convirtieron en instrumentos de terror irracional, no de cautela racional.

2. Los regímenes populistas radicales contemporáneos y el “contraorden antiliberal”.

En el contexto actual de transición del orden mundial, emerge lo que algunos análisis denominan un “contraorden antiliberal”, donde una potencia como China se alía con regímenes populistas radicales que comparten el objetivo de debilitar el orden liberal basado en normas. Aquí, la falta de prudencia es doble: la del régimen cliente y la calculada explotación de esta por parte del patrón externo.

Ejemplos en América Latina: Venezuela, Ecuador, Bolivia, regímenes que, en su radical oposición al “neoliberalismo” y su proyecto de consolidar poder indefinidamente, cambiaron constituciones y desmantelaron controles institucionales. Su falta de previsión económica los llevó a políticas insostenibles que dependían de ciclos de altos precios de las materias primas, generando crisis profundas cuando estos cayeron.

El rol de China: La República Popular China (RPC) ha apoyado financieramente a estos regímenes, no por imprudencia, sino con un cálculo frío. Provee recursos que permiten a estos gobiernos sobrevivir a sus propias malas decisiones (falta de cautela económica), a cambio de acceso privilegiado a recursos y acuerdos comerciales favorables. Es más, la RPC ha vendido a estos regímenes tecnología de control y represión (sistemas de vigilancia, carnets digitales para controlar el acceso a alimentos y votación).

De este modo, subsana la imprudencia económica del régimen a cambio de potenciar su imprudencia política y represiva, asegurando su dependencia y alineación. Un análisis occidental convencional podría ver estos préstamos como “imprudentes” dado el riesgo crediticio, pero la RPC utiliza mecanismos legales y la dependencia total del régimen deudor para garantizar el pago, mostrando una “prudencia” estratégica amoral.

La falta de prudencia y sensatez institucional no es un simple error de gestión en los regímenes radicales; es una consecuencia de su esencia. Al deificar un fin último ideológico y demonizar el orden existente, desvalorizan las virtudes prácticas necesarias para gobernar con justicia y estabilidad. La memoria es reemplazada por el mito, la docilidad por el dogmatismo, la circunspección por la pureza ideológica, y la cautela por el impulso revolucionario.

Las consecuencias son un patrón histórico recurrente: crisis económicas evitables, represión política desmedida, aislamiento internacional y, en última instancia, la degradación del bienestar de la propia población que el régimen dice representar. El caso contemporáneo del “contraorden antiliberal” muestra que esta dinámica puede ser perpetuada por actores externos que, lejos de corregir la imprudencia, la financian e instrumentalizan para sus propios fines geopolíticos.

En última instancia, el ensayo de los regímenes radicales demuestra una triste ironía: en su búsqueda por llegar a la “raíz” para construir un mundo nuevo, a menudo descuidan las raíces más profundas de un buen gobierno: la prudencia, la sensatez, la decencia y el respeto por la compleja realidad de la sociedad a la que pretenden gobernar.