La implosión de los regímenes: la alianza con el crimen y la soberbia del poder (2da parte)

Antonio Peniche García

Antonio Peniche García

Desde la penumbra

 

En la primera parte, el autor comentó que la caída de los regímenes totalitarios suele derivar de una descomposición interna provocada por la alianza con el crimen organizado y la soberbia desmedida de sus líderes. Al pactar con la delincuencia para obtener recursos y control, el Estado pierde su legitimidad y corrompe sus instituciones, transformándose en un ente depredador que genera descontento social. Esta situación se agrava cuando el gobernante, aislado de la realidad por su propio ego, personaliza el poder y permite un saqueo sistemático que termina por asfixiar la economía y fracturar la estabilidad del sistema hasta su inevitable colapso.

El Estado, en vez de ser un árbitro, se convierte en un actor más en una guerra de pandillas por el poder. Externamente, el régimen se aísla. La comunidad internacional impone sanciones, y el país se convierte en un paria. Pero más crucial es el aislamiento interno: el líder, en su burbuja de adulación, pierde la capacidad de percibir el verdadero estado de ánimo de la sociedad.

Subestima la indignación popular, sobreestima el miedo que inspira y malinterpreta la lealtad forzada de sus subordinados como devoción genuina. Cree que su narrativa épica, construida en medios estatales, es creída por todos.

El punto de implosión llega cuando estos factores convergen en una crisis. Suele ser un detonante aparentemente menor—una protesta por una injusticia concreta, una crisis económica aguda, la muerte del líder—que revela la profunda fragilidad del sistema. Las instituciones, podridas por dentro, no responden. Los cuerpos de seguridad, divididos entre lealtades criminales y desmoralización, pueden negarse a reprimir o fragmentarse.

Los elites que rodeaban al tirano, ante el hundimiento, negocian su salvación individual traicionándolo. El pueblo, hastiado, sale a la calle sin miedo. El régimen se desmorona no con un estallido, sino con un suspiro, porque ya había dejado de existir como entidad legítima y funcional mucho antes.

“La soberbia no es grandeza sino hinchazón. Y lo que está hinchado parece grande pero no está sano”, San Agustín.

Ejemplos históricos abundan. El régimen de Mussolini se enredó con la mafia italiana en sus inicios, y su soberbia lo llevó a desastrosas alianzas y guerras. La dictadura de Nicolae Ceaușescu en Rumania colapsó cuando la Securitate (policía secreta), infiltrada por redes corruptas, no pudo salvar a un líder totalmente desconectado de la realidad.

En tiempos más recientes, regímenes narcoestatales en América Latina o cleptocracias en África y Asia siguen este patrón: líderes que confunden el país con su hacienda y el poder con un botín, sostenidos por el crimen, hasta que la realidad económica, social y moral les pasa factura. Actualmente, sólo basta observar lo que sucede en Irán.

La implosión de un régimen por su alianza con el crimen y la soberbia de su líder no es un accidente, sino una consecuencia predecible. Es el fracaso final de un proyecto de poder que, al renunciar a la ética y a la realidad, renuncia también a su permanencia.

La lección es universal: el poder que se sustenta en la sombra y en el ego está condenado a vivir en la oscuridad, y a desaparecer en ella. La verdadera fortaleza de un gobierno reside no en el miedo que inspira ni en la riqueza que roba, sino en la legitimidad que construye y en la humildad de servir, no de dominar.

Ignorar esta lección es cavar, con soberbia y complicidad criminal, la propia fosa política.

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