El cáncer social de la incoherencia ética: la doble moral (2da parte)

En la primera parte, el autor habló de la doble moral y cómo ésta socava cualquier intento serio de construir una sociedad equitativa, porque polariza, manipula y alimenta la división Cuando la doble moral se normaliza, especialmente en las altas esferas, crea una ...

(En la primera parte, el autor habló de la doble moral y cómo ésta socava cualquier intento serio de construir una sociedad equitativa, porque polariza, manipula y alimenta la división)

Cuando la doble moral se normaliza, especialmente en las altas esferas, crea una cultura de impunidad y de degradación ética. El mensaje es claro: las reglas son para los débiles; los fuertes pueden transgredirlas sin consecuencias reales. Esto no sólo permite la corrupción y el abuso, sino que también degrada el estándar ético colectivo. Lo que antes era inaceptable se vuelve tolerable, luego común.

¿Existe un antídoto posible? ¿Podrá la humanidad construir una ética de la coherencia? Este cáncer que se extiende por el mundo, con todas sus metástasis, corrompiendo y degradando la urdimbre social, ¿puede ser combatida?

Combatir la doble moral no es tarea sencilla, pues toca fibras sensibles del poder, el interés y la psicología humana. ¿Tendrá la gente en el poder la voluntad de impulsar una autocrítica rigurosa? Lo dudo totalmente, porque esto equivaldría, a impulsar tanto a individual y colectivo, la honestidad para examinar acciones y propias contradicciones. Esto es válido para cualquier persona que quiera generar ese cambio. Bien dice el proverbio popular: “La caridad empieza por casa”: ¿Estoy aplicando el mismo estándar a los demás que a mí mismo o a mi grupo? ¿Estoy dispuesto a aceptar las consecuencias de mis principios, incluso cuando me perjudican?

“Al diablo con las instituciones”, consigna de estos últimos gobiernos que ha permeado en la burocracia no pensante, no profesional e incongruente como como si fuera un acta fundacional de una nación que ya venía impulsando, poco a poco, la transparencia y la rendición de cuentas. Si algo necesitamos en México son instituciones sólidas que exijan transparencia en la toma de decisiones, aplicación de normas y mecanismos efectivos e imparciales de rendición de cuentas. Que nadie, independientemente de su estatus, esté por encima de la ley o la ética común.

De la misma manera, fomentar la educación ética con enfoque crítico es una de las exigencias fundamentales de nuestro país. Necesitamos crear una sociedad pensante, no seres “aborregados” que son peores que un rebaño de cabras babosas o un cardumen de peces con un micro cerebro que no les da para cuestionar las burdas tonterías que les llegan a “predicar”.

Fomentar desde la educación básica el pensamiento crítico, la identificación de sesgos, el análisis de la coherencia entre discursos y acciones; la empatía que permita cuestionar y ver al “otro” como sujeto con los mismos derechos y exigencias.

“Que arroje la primera piedra aquel que esté libre de pecado”, frase lapidaria pronunciada para fariseos y saduceos, de una forma tan contundente y veraz por el maestro Jesús, que lo menos que podemos decir, es que es legendaria y brutal como rechazo social a la hipocresía flagrante. Nadie es perfecto. Todos podemos resbalar y cometer errores. Pero no podemos ni debemos normalizar ni minimizar los casos evidentes de doble moral, especialmente cuando provienen de figuras públicas o instituciones. La crítica constante y la denuncia social son poderosos disuasivos e imprescindibles para corregir, enmendar y visualizar el nuevo rumbo de conciencia que necesita, no sólo nuestra nación. Es uno de los tratamientos primigenios que la Tierra entera requiere.

La doble moral no es una falla menor; es la sombra alargada y retorcida que proyectan el interés, el poder y la comodidad de una clase gobernante donde el statu quo es una irreverente ignorancia y una concepción fallida y desastrosa de la realidad. Su persistencia es un recordatorio de que construir sociedades verdaderamente justas y cohesionadas requiere algo más que bellos discursos. Revela la fragilidad de nuestro compromiso ético cuando éste exige sacrificio o coherencia incómoda. Exige una vigilancia constante contra nuestra propia tendencia a la excepción, al favoritismo y a la justificación cómoda.

Sólo confrontando audazmente la doble moral en nosotros mismos y en nuestras estructuras, podremos aspirar a una ética pública y privada que no sólo se proclame, sino que se viva con integridad. La lucha contra la doble moral es, en esencia, la lucha por la autenticidad ética, piedra angular de cualquier sociedad que pretenda ser decente.

¿Podremos los mexicanos construir una sociedad basada en la decencia? Algo tan básico y al mismo tiempo sumamente difícil de concebir, ¿está realmente fuera de nuestro alcance? ¿Podremos elegir líderes decentes que promuevan el respeto, la honestidad y la dignidad en las acciones y palabras? No queremos líderes que se sientan mesiánicos, ni que profeticen mentiras radicales, burdas y soberbias. Queremos líderes que impulsen un actuar con rectitud, consideración hacia los demás y respeten las normas sociales y morales.

El grave problema es que esa palabra, decencia, parece sacada hoy de una de las novelas de Isaac Asimov o de las películas de la Guerra de las Galaxias... sólo la entienden en una galaxia muy, muy lejana.

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