El cáncer social de la incoherencia ética: la doble moral (1ra parte)

Todos son santos cuando hablan de los pecados ajenos. Vox populi La práctica insidiosa de aplicar diferentes varas de medir según la conveniencia no es una simple falta de carácter individual. Es un fenómeno social profundamente arraigado, un mecanismo de poder y una ...

Todos son santos cuando hablan de los pecados ajenos.

Vox populi

La práctica insidiosa de aplicar diferentes varas de medir según la conveniencia no es una simple falta de carácter individual. Es un fenómeno social profundamente arraigado, un mecanismo de poder y una manifestación de hipocresía colectiva que corroe los cimientos de la confianza, la justicia y la coherencia ética en cualquier sociedad.

Más que un error ocasional, es un sistema de funcionamiento que revela las fracturas entre los valores declarados y los valores practicados, perpetuando la desigualdad y minando cualquier aspiración de equidad.

La doble moral es un fenómeno ampliamente observado en la vida cotidiana y en diferentes contextos sociales, culturales y políticos. Se define, en esencia, como la aplicación de principios o normas de manera desigual, a menudo para justificar o permitir un comportamiento en un grupo o individuo mientras se condena el mismo comportamiento en otro.

El concepto de doble moral surge de la inclinación humana hacia el juicio y la justificación propia. Desde una perspectiva psicológica, está ligado a los sesgos cognitivos que inclinan a las personas a percibir sus propias acciones bajo una luz más favorable mientras son más críticos con los demás. Históricamente, la doble moral ha sido omnipresente; desde sociedades antiguas hasta las modernas, la humanidad ha sido testigo de reglas aplicadas desigualmente, ya sea en función del género, la clase social, etnia o ideología política.

En su núcleo, la doble moral consiste en sostener públicamente un conjunto de principios, normas o valores, mientras se actúa de manera contraria a ellos en la práctica privada o cuando afecta a intereses propios o del grupo de pertenencia. Es la brecha entre la moral proclamada y la moral aplicada. Esta incoherencia no es casual ni inocente. Suele surgir y mantenerse por varios motivos interrelacionados:

1.Preservación del poder y el privilegio. Es el motor más potente. Grupos dominantes (económicos, sociales, raciales, de género) establecen reglas estrictas para los demás (“los de fuera”), mientras se otorgan a sí mismos (o a sus allegados) permisividad, justificaciones o simplemente impunidad. Las normas rígidas sobre moralidad sexual para las mujeres frente a la permisividad hacia los hombres, o las exigencias de austeridad para la población mientras las élites derrochan, son ejemplos clásicos. La doble moral actúa como un muro que protege el status quo y los beneficios adquiridos.

2. Cognición sesgada y autoengaño. Los seres humanos somos expertos en racionalizar nuestro propio comportamiento. Mediante sesgos cognitivos como el sesgo de confirmación (buscar información que justifique nuestras acciones) o la disonancia cognitiva (reducir la incomodidad de la incoherencia), suavizamos la contradicción entre lo que decimos creer y lo que hacemos. Nos convencemos de que “nuestro caso es especial” o de que “las circunstancias lo exigían”.

3. Presión social e identidad grupal. Dentro de un grupo (político, religioso, nacional), la lealtad suele primar sobre la coherencia ética objetiva. Se critica ferozmente el mismo error cometido por un “enemigo” o un externo, mientras se minimiza, justifica, incluso se celebra cuando lo comete un “aliado”. La doble moral se convierte en un código de pertenencia: defender al grupo, incluso cuando traiciona sus propios principios, es más importante que la verdad o la justicia abstractas.

4. Conveniencia e interés personal. En su versión más burda, es simplemente hacer lo que conviene en cada momento, adaptando los “principios” a las circunstancias para obtener beneficio, evitar castigo o mantener una imagen pública favorable, sin ningún compromiso real con los valores que se invocan.

Cualquier similitud con lo que estamos viviendo en México y el mundo es “pura casualidad”

Sin duda, el impacto de la doble moral es devastador. De entrada, una de las consecuencias más dañinas y corrosivas para la sociedad es la ampliación de la fractura social. Erosiona la cohesión y exacerba las divisiones.

La otra nefasta repercusión es la impunidad; desgracia que nos afecta a todos los mexicanos, no sólo en la actualidad. La venimos padeciendo de hace muchos años, pero nunca tan exacerbada como ahora.

Cuando las personas y las instituciones son percibidas como hipócritas, que dicen una cosa y hacen otra, la confianza social se desploma, se erosiona dramáticamente. ¿Por qué seguir las reglas si quienes las imponen no las cumplen? ¿Por qué creer en discursos sobre justicia o igualdad cuando los hechos los desmienten? Esta desconfianza paraliza la cooperación y genera cinismo generalizado.

La doble moral es inherentemente injusta. Al aplicar criterios diferentes, niega la igualdad ante la norma. Consolida privilegios, castiga desproporcionadamente a unos mientras protege a otros, y convierte la ley y la ética en instrumentos flexibles al servicio del poderoso.

Temas: