El alma quebrada de México: una herida que es también raíz (2da parte)

En la primera parte de su texto el autor habló del alma fragmentada de nuestra cultura, y que reconocerlo no significa negar las grietas o pretender que nunca existieron. Al contrario, reconocerlas puede consolidar nuestra extraordinaria cultura. Expone que el alma rota de ...

En la primera parte de su texto el autor habló del alma fragmentada de nuestra cultura, y que reconocerlo no significa negar las grietas o pretender que nunca existieron. Al contrario, reconocerlas puede consolidar nuestra extraordinaria cultura. Expone que el alma rota de México no es una, sino muchas: que hay un México ancestral, el México moderno, el México violentado de las fosas clandestinas y el México vibrante de la música, el color y la fiesta, que a veces parece una máscara para ocultar el dolor.

Esta fragmentación explica la polarización social, la dificultad para construir proyectos comunes y la desconfianza hacia todo lo que huele a poder. Llevar un fragmento de un alma quebrada es cargar con una verdad parcial, pero intensa. Es un recordatorio permanente de lo que fuimos y de lo que perdimos.

El fragmento es la pieza que se desprende. Es la parte de nosotros que se encapsula en el momento del dolor. Contiene, como una cápsula del tiempo atrapada en ámbar, todas las emociones de ese instante: el grito que no se emitió, las lágrimas que no se lloraron, la confusión, la rabia y la incredulidad.

Este fragmento no es sólo dolor, es también identidad. Define, para bien o para mal, una parte de quien hemos llegado a ser.

La gran paradoja del alma quebrada es que su fractura no es necesariamente el final. Es, aunque no lo parezca en el momento, un punto de reinicio. El famoso arte japonés del Kintsugi enseña a reparar la cerámica rota con laca de oro, haciendo hincapié en las grietas, en lugar de ocultarlas. La pieza no sólo se repara, sino que se vuelve más fuerte y bella por haber estado rota.

De la misma manera, un fragmento de un alma quebrada puede ser la semilla de una reconstrucción consciente. El proceso no consiste en buscar la pieza perdida para encajarla de nuevo como si nada hubiera pasado —eso es imposible— sino en integrar la experiencia, el dolor y la lección que contiene en un nuevo “yo” más complejo, resiliente y compasivo.

Un alma quebrada no está condenada. México, en su esencia más resiliente, practica un Kintsugi constante.

Es esa reparación de nuestra alma fragmentada que puede consolidar nuestra extraordinaria cultura con una gran belleza. Ya la tenemos. Sólo es cuestión de tomar conciencia y decidirnos a practicar nuestro Kintsugi nacional.

Ese oro que repara nuestras grietas es nuestra propia cultura. Nuestras reuniones familiares, nuestras fiestas, nuestros colores y nuestra historia, aunque exista dolor, también existe alegría y una riqueza enorme; nuestros paisajes; nuestra música; nuestra artesanía...

Es el arte de Frida Kahlo, que transformó su dolor físico y emocional en obras maestras universales. Es la música, desde los sones que alaban la tierra hasta los corridos que narran la tragedia, dando voz y consuelo al sufrimiento.

Es la gastronomía, un acto de resistencia y memoria que preserva sabores milenarios en cada tortilla, cada mole, cada salsa, cada platillo... Es el humor negro, un escudo intelectual para enfrentar lo absurdo de la tragedia.

Es la solidaridad comunitaria, que emerge con fuerza devastadora ante cualquier desastre, natural o humano, cuando la gente se organiza porque confía más en su vecino que en su gobierno.

Recomponer el alma rota de México no significa negar las grietas o pretender que nunca existieron. Significa honrar la herida, reconocer el trauma histórico y social, e integrarlo en una identidad que no oculte su dolor, sino que lo utilice como fuente de fuerza, empatía y creación.

Necesitamos atrevernos a reconocer que existe la belleza de lo imperfecto. Un alma que ha sido quebrada y se ha reconstruido a sí misma ya no busca la perfección ilusoria.

Sabe que la vida está hecha de claroscuros. Sabe que la fortaleza no es la ausencia de debilidad, sino la valentía de avanzar a pesar de ella.

El fragmento de nuestra alma quebrada, por doloroso que sea, se debe de convertir en nuestra brújula más íntima.

La tarea pendiente, la más grande, es colectiva: dejar de golpear las viejas fracturas y comenzar a soldarlas con el oro de la memoria, la justicia, la educación y la conciencia.

Sólo entonces el alma de México, con todas sus cicatrices visibles, podrá brillar no como un recordatorio de su quebranto, sino como un testimonio monumental de su capacidad infinita de renacer.

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