De planetas, estrellas, galaxias y vacíos

Lo insignificante que somos en el contexto cósmico.

La sabiduría y el conocimiento están abiertos a todos,  incluso a los de escasa agudeza mental y a los incapaces de prestar atención. La puerta está abierta a quien desee recorrer este camino, pero no al perezoso e indiferente.

La palabra del Buda

Si observáramos en retrospectiva nuestras vidas, caeríamos en cuenta que el compendio existencial se reduce a dos caminos, los cuáles en algún momento, se bifurcan.

El primero y más cómodo es el de la indiferencia. Ante la desazón y el agobio que producen la magnitud y la vacuidad que nos rodea, preferimos voltear la cara hacia otro lado.

El segundo, es el del conocimiento. Sólo que aquí se necesita de trabajo, esfuerzo y estudio. Algo que mucha gente no está dispuesta a ofrecer. El trabajo, con constancia y disciplina abre muchas puertas.

Una persona que contribuyó enormemente para acercar a las personas el conocimiento científico fue Carl Sagan. Astrónomo, astrofísico, cosmólogo, astrobiólogo, escritor y divulgador científico estadunidense.

En su libro Cosmos, el cual se convirtió también en serie, el gran astrónomo narra con una habilidad fuera de lo común, la evolución del Universo dentro de un contexto más humano. Sagan consigue con su obra que las ideas científicas sean accesibles y claras. Pero también apasionantes, conmovedoras y sumamente ilustrativas.

“El tamaño y la edad del cosmos superan la comprensión normal del hombre. Nuestro diminuto hogar planetario está perdido en algún punto entre la inmensidad y la eternidad”. Estas palabras de Sagan asombran e iluminan. Sin duda, nos llevan a pensar. A repensar y a reflexionar.

Cómo no intimar con el agobio nihilista de Nietzsche, los “poemas malditos” de Baudelaire o el existencialismo puro y simple de Camus. Es perfectamente comprensible llegar a percibir, o incluso, experimentar en carne propia, una crisis existencialista cuando tratamos de vislumbrar el sentido de la vida. Llevar a cuestas la pesada losa para tratar de descifrar el objetivo de nuestra efímera existencia — si es que existe alguno—, no es cosa menor. ¿Qué lugar ocupamos en el cosmos?, ¿hacia dónde vamos?, ¿para qué vivimos si al final  morimos?

En El Extranjero, la magnífica novela de Camus, la siguiente frase del protagonista, Meursault, manifiesta brutalmente nuestra “pesadilla existencial”: “Pues bien, habré de morir. Antes que otros, era evidente. Pero todo el mundo sabe que la vida no vale la pena de ser vivida”.

Dice Sagan que, en una perspectiva cósmica, la mayoría de las preocupaciones humanas parecen insignificantes, incluso frívolas. Tiene razón. Las siguientes notas del propio Sagan no hacen más que proseguir con el torbellino de tribulaciones. “Ningún planeta o estrella o galaxia puede ser normal porque la mayor parte del cosmos está vacía”.

Ahora bien, hay cientos de miles de millones de galaxias. La ciencia estima esa cantidad en mil 11. Y cada galaxia con un promedio de un centenar de miles de millones de estrellas. Es posible que en esas galaxias existan tantos planetas como estrellas. Es decir, 1011 x 1011= 1022. Son diez mil millones de billones y la pregunta es:

“¿Cuál es la probabilidad de que una estrella ordinaria como el Sol, vaya acompañado por un planeta habitado? ¿Por qué seríamos nosotros los afortunados, medio escondidos en un rincón olvidado del Cosmos?

Sagan dice muy bien que a él le parece muchísimo más probable, un universo rebosante de vida. Coincido. Es demasiada soberbia y falso orgullo pensar que somos el único planeta que lleva vida en esa inmensidad cosmogónica de la creación. Pero eso, lo ignoramos aún.

Lo cierto, es que el conocimiento científico es una extraordinaria herramienta para permutar nuestro corazón y nuestra mente hacia el camino de la humildad. La ciencia puede ayudar a construir cimientos de una iluminación espiritual.

Retraerse unos segundos para tomar conciencia de lo diminuto, lo insignificante que somos en el contexto cósmico. Y al mismo tiempo, percatarnos y sensibilizarnos que ocupamos un espacio. Pequeñísimo e ínfimo espacio. Pero somos en ese infinito.

Reconocernos ante ello, es ciertamente, impresionante y apabullante. Nuestra “casi invisibilidad” resulta en una dicotomía existencial  perturbadora.

Ante tal vacío, tal es la vacuidad experimentada —valga la sentida redundancia—, que sólo nos resta tratar de seguir y profesar las leyes universales. Sólo adentrándonos en nuestro propio ser, saboreando la dulzura de la soledad y el gozo interior, nos liberaremos del miedo y el sufrimiento.

“La atención es el sendero hacia la verdadera vida; la indiferencia es el sendero hacia la muerte. Los que están atentos no mueren; los indiferentes son como si ya estuvieran muertos”. La Palabra del Buda.

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