Cuando la dualidad escatológica nos atraviesa

La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad. Sólo la luz puede hacerlo. El odio no puede expulsar al odio. Sólo el amor puede hacerlo. Martin Luther King Jr. La libertad humana siempre ha poseído un carácter ambivalente. De ahí un drama. El ser humano oye en este ...

La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad. Sólo la luz puede hacerlo. El odio no puede expulsar al odio. Sólo el amor puede hacerlo.

Martin Luther King Jr.

La libertad humana siempre ha poseído un carácter ambivalente. De ahí un drama. El ser humano oye en este drama, no sólo una invitación a la vida. También escucha una advertencia.

En el sentido del “destino eterno” del hombre, diversos desenlaces son posibles —felicidad o infelicidad; cielo o infierno—, según la elección de cada uno. Satán nos está moviendo el tapete. Siempre. Luz u oscuridad.

El principio de la polaridad explica esta paradoja. La luz y la oscuridad son simplemente variaciones de la misma cosa. Diversidad de grados de un mismo fenómeno. Dios no pudo haber creado el mal. Sólo es la ausencia de amor.

La filosofía, las religiones nos llevan por caminos, muchas veces contradictorios, a pensar y a repensar esto. Nos han establecido los dogmas a seguir. Y es, para aquellos que se cuestionan... cuando empieza el drama. Y también para los que no.

¿Si fallo, si cometo errores, estaré condenado al crujir y al rechinido de dientes, por la eternidad? Como seres imperfectos, con tantas faltas, errores, desaciertos, deslices que nos asaltan a diario, estaríamos todos condenados al sufrimiento eterno.

Me resulta imprudente, soberbio, presuntuoso y sin sentido que le atribuyamos cualidades, características y atributos humanos a Dios, al creador, a la eterna energía, a la divinidad infinita, al todo... o como lo queramos nombrar.

Los más grandes pensadores del mundo, antiguos y modernos han reconocido la existencia de ese poder. Y a pesar de que el todo sea incognoscible por su propia naturaleza, el sentir que hay algo más poderoso, es inefable, pero también sobrecogedor.

Los esfuerzos de explicarlo han fracasado siempre. Son esfuerzos infantiles de mentes mortales. Einstein lo expresó soberbiamente cuando dijo: “No puedo imaginarme a un Dios que premia y castiga a los objetos de su creación, cuyos propósitos han sido modelados bajo el suyo propio; un Dios que no es más que el reflejo de la debilidad humana”.

Uf... ¡qué pasmosa claridad! ¡Qué hermosa diafanidad en esas reflexiones! Y los dogmas son como piedras en el camino. Pero la luz es como el agua... fluye naturalmente.

Durante nuestra vida nos tropezaremos con pruebas y manifestaciones que desafiarán nuestras relaciones con Dios.  De eso no hay duda. Creo que las almas regresan a este mundo físico una y otra vez. Hasta que aprenden y lo hacen correctamente. Algunos le llaman reencarnación.

Llámesele como se le llame, la rueda de la vida nunca deja de girar.  Sólo cambia de forma, según las cosas que le queden por hacer. La muerte no es real, ni aun en sentido relativo. No es sino nacer en una vida nueva.

Y ascendemos y seguiremos ascendiendo a planos de vida cada vez más elevados, durante eones y eones de tiempo. Está en cada uno de nosotros comprender humildemente la importancia de fluir en la existencia. O estrellarnos contra las rocas y vernos aplastados por los elementos, en razón de la locura vana y presuntuosa.

Es aquí donde nos atraviesa la dualidad escatológica... Podemos dedicar nuestra vida a explorar, comprender y escudriñar, aunque sea insuficientemente, en el fin existencial del ser humano... Se nos ofrece aspirar a una concepción final y trascendente del hombre, en la que el ser ha comprendido que lo criatural y lo divino se han unido, en el que individualidad y comunidad se han fusionado, en el que interioridad y cosmos se han armonizado, donde el cuerpo y el espíritu se han fundido.

En el fondo, es una sola unificación. La luz lleva una dirección y un sentido fundamental. Captar el vasto significado de esa visión y procurar aplicarlo vivencialmente, nos puede llevar a que nuestras vidas obtengan dirección, seguridad y sentido.

Que se manifieste la alegría, el bienestar y la gratitud. En la medida en que la escatología se mantenga fiel a este propósito, poseerá la luminosidad de la verdad. La fuerza para transformar la existencia.

Sin embargo, la otra escatología se nos aparece, de igual forma.

No creo que existan un par de palabras homógrafas con tan grande discordancia. Dos palabras que se escriben y se pronuncian igual. Pero su acepción es formidable e irracionalmente divergente.

El estudio de las heces, de los excrementos... es la otra escatología.  ¿Ilógico? Puede ser. Una predica e indaga sobre la unificación interna del hombre. Sus complementos sociales y cósmicos. Su fin último en la existencia.  La otra... se dedica a estudiar la caca.

Y en estos tiempos que vivimos, no me cabe la menor duda que, debemos erigirnos como diligentes fontaneros. Tenemos que hacer limpieza empezando por nuestras caprichudas mentes e inmaduras almas. Purificar nuestros repugnantes pensamientos. Erradicar nuestros pusilánimes actos.

Mandar a la mierda a alguien, no necesariamente es un insulto. Es una buena manera de ayudar a cierta gente a encontrar su camino. Nuestra sucia y corrompida sociedad, lo necesita. Lo pide a gritos. La madre Tierra nos lo está implorando.

Paciencia, congruencia, conciencia y constancia emergen como virtudes fundamentales. Sólo destapando nuestras propias tuberías y desechando lo excretable de nosotros mismos, lograremos que la luz fluya.

Una frase de Platón lo expone maravillosamente: “Podemos perdonar fácilmente a un niño que tiene miedo a la oscuridad. La verdadera tragedia de la vida es cuando los hombres tienen miedo a la luz.”

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