Catilinaria a la demagogia y al egocentrismo

El secreto del demagogo es parecer tan tonto como su audiencia. Para que esa gente se perciba a sí misma tan inteligentecomo el demagogo. Karl Kraus “Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra” o “¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra ...

El secreto del demagogo es parecer tan tonto como su audiencia. Para que esa gente se perciba a sí misma tan inteligente
como el demagogo.

Karl Kraus

 

“Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra" o “¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?". Es la frase inicial de uno de los discursos más famosos de la historia: La Primera Catilinaria de Cicerón dirigiéndose a Lucio Sergio Catilina.

Catilina ha pasado a la historia por ser el protagonista de la llamada Conjuración de Catilina, una conspiración que, según las acusaciones formuladas por Marco Tulio Cicerón, habría consistido en destruir la República.

Si adaptáramos esa frase a tiempos actuales, la reescribiría de la siguiente manera:

“¿Hasta cuándo abusarán los demagogos y egocéntricos de nuestra paciencia?”.

Si bien la democracia es el mejor sistema que hemos logrado poner en funcionamiento como humanidad, se ha hecho con grandes fallos. Los países democráticos continúan siendo, en la mayoría de los casos, los mejores lugares para vivir.

Uno de los mayores peligros es cuando la democracia favorece a la demagogia y alienta la alabanza.

Una democracia se proclama del pueblo y de sus méritos, pero cuando oradores interesados y egocéntricos, tergiversan esto a su favor y, acaparan las pasiones populares, estamos frente a una insoslayable conducta que nos puede conducir a errores históricos.

Me parece prudente citar a Eurípides. He aquí su sentencia: “La inferioridad de la democracia consiste en la existencia de oradores que se dirigen al pueblo y parecen estar de acuerdo con él en todo. Pero sólo buscan su propio interés. Hacen hoy las delicias del pueblo y mañana harán su desgracia”.

Las alabanzas al pueblo suelen ser peligrosísimas. Así lo ha demostrado la historia.

La tentación más fuerte de un demagogo y egocéntrico es alabar al pueblo y prometerle lo que desea, aún a costa de la cordura, la sensatez y el sentido común.

La trascendente y fundamental diferencia entre un demagogo y un verdadero líder político es la razón.

Mantener al pueblo en la vía de la razón y el derecho, como lo hizo Pericles en su momento, es el mayor acierto para el bienestar de la República.

Pericles, “en lugar de dejarse dirigir por la masa, la dirigía. No hablaba para gustarle. Cada vez que veía a la gente caer en una insolencia loca, le hablaba con dureza”.

No podemos olvidar que el electorado en su conjunto no actúa de buena fe ni de forma competente.

Ahora bien, es innegable reconocer que las crisis actuales en el mundo, tienen sus orígenes en abusos de las oligarquías gobernantes y del capitalismo salvaje y corto de miras que ha prevalecido en diversas partes del orbe.

Un verdadero jefe de Estado no debe hablar de lo agradable, sino buscar siempre lo mejor para la gente. Buscar serles útil.

Aquél que lo tiene presente en sus funciones y actividades políticas, es un buen ciudadano y un hombre de buen corazón.

No aquél que, en cambio, para complacerles, sacrifica los verdaderos intereses y el patrimonio de la República.

Tristemente, observamos cómo en todo el planeta, mientras más alabadores y violentos, los demagogos son más aceptados.

Lo peor es que muchos de estos personajes son seres ignorantes y soberbios, a los cuáles sólo les interesa imponer sus mezquinos y particulares intereses.

Como si algún día la muerte no los fuera a alcanzar...

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