Apasionados de pasiones de otros

Desde que soy niña quise aprender un tercer idioma. Francés, me dijeron que era lo correcto. Entonces entré a estudiarlo. Nunca me sentí ciento por ciento motivada, pues lo que yo quería era estudiar italiano. Pero ya ven, no hice caso a mi sentir. Todo el mundo me ...

Desde que soy niña quise aprender un tercer idioma. Francés, me dijeron que era lo correcto. Entonces entré a estudiarlo. Nunca me sentí ciento por ciento motivada, pues lo que yo quería era estudiar italiano. Pero ya ven, no hice caso a mi sentir. Todo el mundo me decía que el francés era una mejor opción, que sería un buen complemento de la carrera que algún día desarrollaría. Me metieron en la cabeza que mi preferencia debía esperar. Primero lo primero. Pasó el tiempo y no aprendí ni francés ni italiano.

Hace unos días la decisión se me volvió a poner en frente, ¿qué idioma estudiaré? Mi primera elección fue francés. Seguramente mis impulsos, aún manchados con lo que los demás esperan de mí.

Entonces me resistí a mis propias programaciones y recordé lo que verdaderamente quise siempre. Qué importa si mis padres deseaban que fuera francés, qué importa si todo el mundo piensa que eso es lo que debería de estudiar, lo que importa es lo que yo quiero.

Así comencé, por fin, a estudiar italiano.

Entonces me di a la tarea de repasar mi vida tras esta nueva lección, en la que me di cuenta que por seguir los pasos de lo que se esperaba de mí, algunas veces tomé decisiones que no eran de mi entero desear.

Así nos absorbe esta sociedad para la que terminamos trabajando. Una masa de personas que esperan que nos comportemos, actuemos y sembremos lo que el sistema cultural cree que debe ser. Nos meten a escuelas esperando que nos homogenicemos con el resto de nuestra generación, un montón de soldaditos que sigan los estatutos de lo que se espera de nosotros.

Es posible que el ejemplo de los idiomas no sea trascendental, pero parto de esa vivencia al darme cuenta de que la mayoría de las elecciones que tomamos durante nuestra vida, son elecciones de otros y no necesariamente nuestras.

Para ser felices necesitamos, como primer punto, confiar en nosotros mismos, escuchar nuestros deseos y, sin el impulso de satisfacer al mundo, ponerlos en acción de materialización.

Muchos estudian carreras no porque les apasiona, sino porque eso era lo que sus padres esperaban de ellos. Algunas familias sueñan con que sus hijos sigan sus pasos, caminen por la misma vereda que el pasado les vio caminar. Acomodan responsabilidades de su legado en la espalda de un ser que debería tener autonomía para decidir el camino que más llame su atención, no el que por generaciones le fue delegado. Personas crecen y se desarrollan con amarguras profundas, pues sus más íntimos sueños no pudieron ser cumplidos. Tenemos una sola vida y es nuestro derecho de nacimiento hacer con ella lo que nos plazca.

La única manera de generarnos abundancia, no sólo de recursos sino de felicidad, de salud y armonía. es siguiendo lo que nuestro corazón dicte, desde las cosas más nimias como la elección de un idioma, hasta lo más complejo como la decisión de desarrollar tu talento o tu pasión.

Si de verdad deseamos ser felices y afrontar una vida sensata tenemos que comenzar por escucharnos a nosotros mismos, a ese ser interno que nunca se equivoca.

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