Los Cirilos que no fueron
Me azoté en repetidas ocasiones por bichos paleolíticos.
Si por cada lágrima que derramé por un Cirilo que no valió la pena, me dieran un centavo —ojo, sólo un centavo—, ¡santos millones, Batman!
Sí, Cirilos y Cirilas de este pequeño planeta de Cirilandia, fui demasiado intensa con mis amores del pasado y me azoté en repetidas ocasiones por bichos paleolíticos que resultaron saliendo con un chorro de babas.
Es que una es bien mensa ¿Sí o no Cirilas? Y para las que ya encontraron el amor verdadero, ahí les va una pregunta ¿Sí o no ahora piensan en retrospectiva, todo lo que se agobiaron con otro Cirilo y en silencio dicen “¡OMG!”?
Porque si nos dieran chance de volver a vivir el pasado, no es que uno no volviera a vivir la historia con ellos, todos tuvieron un lugar importante en este exhaustivo aprendizaje del amor, pero por lo menos, no nos azotaríamos tanto.
Imaginen un pasado sin azotaduras por Cirilos. Imaginen que hubiéramos sido tan sabias como para tomárnosla más leve y enfrentar el dolor de una pérdida emocional con más fortaleza y menos helado de chocolate. Imaginen, sólo imaginen por un momento, que no hubiéramos sucumbido a la temblorina ni al arrastre eventual —en el que todas caímos aunque sea una vez en la vida—, ni a emborracharnos y llamarlo para mentarle la madre y luego decirle que lo amamos y luego volverle a mentar la madre. Sólo imagínenlo… ¡Ah mundo rosa, éste!
Si hubiéramos sabido que, con seguridad, el amor llegaría, que aquel Cirilo que intentábamos encontrar en esa mano de sapos apestosos que besamos esperanzadas, se presentaría en determinado momento, todo habría sido distinto.
La realidad es que la mayoría de las mujeres —y no digo todas porque las que se encuentran en negación me mandan linchar— tenemos la esperanza de que aparezca ese Cirilo indicado con quien compartir nuestra vida, nuestros éxitos, nuestras tristezas y nuestra tibia cama.
Ahí andábamos nosotras, queriendo que cuanto Cirilo se nos estacionaba, o simplemente, pasaba por nuestra vida, decidiera que ya era hora de sentar cabeza. Así, vimos desfilar a dos que tres, que cuatro, que cinco o diez, que nos dejaron destrozadas cuando nos dimos cuenta de que, una vez más, ese no era.
“¡Pero cuándo va a llegar!”, le preguntábamos, desesperadas, al espejo, a esa Cirila ojerosa, hinchada y sin ilusiones tras la partida de la cucaracha panteonera esa —así es, estimados Cirilos, todos ustedes han sido, en algún punto de la vida, una cucaracha panteonera; lo bueno es que con el tiempo, dejan de serlo y uno los recuerda con buena onda— que se fue y nos dejó solitas.
Y luego uno dice “¡pero qué pend...! De haber sabido que sí llegaría, me habría ahorrado tanto latigazo mental”. Así es como uno aprende, y como después, cuando llegan los hijos, les repite hasta el cansancio que tanta chilladera por amor, no vale la pena.
Por eso, jóvenes Cirilitas y Cirilitos que leen estas letras, mi consejo es: tómense la vida más alegremente, si el amor se les fue, no se azoten tanto, no lloren más de dos que tres lágrimas y por amor al divino niño ¡no se arrastren! Eventualmente, el amor llegará, y querrán, como hoy en día muchas queremos, retroceder los pasos y ser más sabi@, más sensat@, divertirse más y amargarse menos. Porque una cosa sí les digo, y cito a una filósofa contemporánea “todo llega, cuando tiene que llegar” JV.
¡Abur!
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