Reflexiones del amor

Tenemos una buena relación porque somos infinitamente afines.

Hace unos días me preguntaron si era feliz en mi matrimonio. Lo digo, lo repito y no me canso de dar gracias por ello: sí lo soy, soy inmensamente feliz con el hombre que llegó a mi vida y no puedo pensar en alguien mejor que él para vivir esta aventura de respirar cada día.

Y entonces la siguiente pregunta fue que cómo le hacía para tener la relación que tengo. No supe qué responder pues no es una formula que aplique, ni que cada mañana calcule para ponerla en práctica el resto del día. Simplemente así es, tenemos una buena relación porque somos infinitamente afines, porque nos permitimos soñar, cada uno por separado y nos complementamos en nuestros sueños juntos. Porque al casarnos comprendimos que esto de jurarnos amor eterno era para que lo viviéramos honestamente, sin dramas, sin hacernos la vida imposible y con ganas inmensas de confluir nuestras vidas en un compromiso.

El matrimonio y la convivencia es tan difícil como te la quieras hacer. Es verdad que despertar diariamente con la misma persona, podría volverse complejo con el tiempo, pero a la par de la complejidad vienen muchas cosas positivas que nos hacen ver la belleza de darle la mano a alguien y no soltársela por nada.

A mí me ha funcionado aprender a escoger mis batallas. Ceder en algunas cosas para poder expresar mis necesidades en otras. Dejé de gritar, dejé de pelear a las malas maneras y aprendí a cuidar mis palabras y tonos cuando me molesto, así no lo hiero, así no digo cosas que rompan uno de los hilitos que conforma la cuerda de nuestro amor y que, eventualmente, de tantos hilitos rotos, la cuerda termina por romperse y ya nada, ni siquiera un buen remiendo le regresaría su fortaleza.

El matrimonio me ha enseñado a imprimirle amor a todo, incluso cuando estoy enojada, incluso cuando las cosas no me salen a mi berrinchuda manera, he aprendido a hablar con amor, a discutir con amor, a opinar con amor. He aprendido a conocer a una persona tanto, pero tanto, tanto, que hasta sus defectos me agradan, dejé de enojarme por esas fallas que lo hacen único y me aprendí a reír, no en son de burla, sino de mí misma y de mis reacciones ante lo que para mis ojos pueden ser sus fallas.

Alguna vez escuché que la belleza detrás de un mueble de madera son sus fallas, esos nudos que hacen que cada pieza sea única, si no todo sería igual, nada tendría esos matices tan especiales que hacen que una mesa no se parezca a la otra.

Aprendí, en mi matrimonio, que esos nudos que tiene mi esposo, son los que lo hacen completamente diferente a todos los hombres que están allá afuera y son, también, el por qué lo escogí como mi compañero de vida.

Por eso entendí que no hay una fórmula única, ni una ecuación correcta que siempre dé como resultado el matrimonio perfecto. Con darme cuenta de que cada día que amanece es una nueva oportunidad de dar gracias por lo que tengo a mi lado y un nuevo chance de disfrutarlo en todas sus formas, me ha bastado para cuidar esto como una joya preciosa.

Procuro no ver las rutinas de pareja como un tedio, sino como un ritual que ambos decidimos conformar para convivir en paz. Procuro jamás caer en el fácil juego de convertir nuestra sexualidad en una obligación frente a la cama, sino en el momento que tengo para estar más cerca de él, de su piel y de su alma.

Así, nuestra intimidad es todo aquello que pasa cuando estamos solos, cuando nos sentamos en silencio cada uno de su lado de la cama, sabiendo que no habría un mejor lugar en donde quisiéramos estar, más que allí, escuchando nuestra respiración sin decir nada.

Tal vez, después de todo, mirar con mucho amor, al amor que tienes con tu pareja, podría ser la fórmula de tu felicidad con él.

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