¿Cuándo haremos campañas para electores inteligentes?

Poco importa si es una campaña para Presidente de la República o gobernador, el destinatario de los mensajes es, casi siempre, un ignorante de todo

Lo que hemos visto y escuchado estos últimos meses —de los más de veinte aspirantes y suspirantes a ser candidatos a la Presidencia de la República— debería llevarnos a pensar, seriamente, en cómo hacemos campaña para obtener el voto de los ciudadanos y cuál es el resultado de las mismas en cuanto a votos obtenidos.

También, detalle no menor, a tratar de precisar qué ciudadano tienen en mente —el candidato y sus asesores— cuando las

diseñan y, por si faltare algo a lo antedicho, no estaría de más responder la pregunta que tiene que ver con el tiempo o la época de México en el que estarían viviendo esos ciudadanos a los que se dirigen los mensajes que forman la columna vertebral de esas campañas.

En pocas palabras, deberíamos preguntarnos a quiénes van dirigidas, cómo las llevamos a cabo, y en el México de qué año viven esos ciudadanos a los que piensan impactar con esas campañas.

Las preguntas anteriores son el resultado, natural y lógico, por decirlo de alguna manera, de seguir lo que un buen número de aquellos veintitantos hacen para presentarse ante el ciudadano, y ser aceptados como los únicos que salvarán a este país del desastre que hoy es.

Si a la revisión anterior se agregare el estudio de las precampañas que en otros países llevan a cabo los aspirantes a una u otra candidatura, y de las campañas de los que la alcanzaron, la conclusión sería, inevitablemente, una pésima calificación para las nuestras.

Lo primero que debemos decir de lo que hacen allá afuera y lo que hacemos aquí, es que nuestros candidatos y sus asesores en imagen y el discurso mediante el cual envían los mensajes al elector subestiman a éste a tal grado que, para un observador externo, los 87 millones de mexicanos son personas muy cercanas al retraso mental.

Las exageraciones, que un público medianamente informado juzgaría de tonterías imposibles de lograr, constituyen la columna vertebral de la casi totalidad de las campañas en México. Poco importa si es una campaña para Presidente de la República, gobernador o presidente municipal —no se diga ya de legislador estatal o federal—, el destinatario de los mensajes es, casi siempre, un ignorante de todo, una persona iletrada y prácticamente un estúpido.

No vaya usted a pensar que lo anterior se aplica únicamente a las campañas de éste o aquel partido, de ninguna manera, pues prácticamente todas están cortadas con la misma tijera. Los grandes cambios son los colores y los lemas insulsos del candidato y del partido, y el grupo musical junto con la vedette de moda, cuyo talento y calidad de su voz ¡vaya relación matemática!, es inversamente proporcional al área de piel exhibida.

¿Así pretenden nuestros partidos construir ciudadanía? ¿Con estos estímulos fortalecerán la capacidad analítica del elector? ¿Recuerda usted lo que se convirtió en una joya de la promoción política, “A este bombón lo quiero en mi colchón”? ¿O aquella otra de “Con este mangazo, yo me embarazo”? Si a estas muestras de análisis político profundo, le añadiéremos las contorsiones de alguien conocida como El Bombón asesino, el triunfo estaría más que asegurado.

Con ligeras variantes en lo que se refiere a cantantes, bandas y lemas de campaña, el país debe soportar durante meses un torrente de mensajes cuyo efecto negativo, ya lo quisieren los estupefacientes más poderosos.

¿Cuándo, pues, la autoridad electoral, los partidos y candidatos entenderán que los ciudadanos no somos retrasados mentales?

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