Sólo con hechos recuperarán la confianza; con palabras, sólo habrá más incredulidad
Sin una adecuada y efectiva comunicación, todo se pierde en un laberinto de mensajes dispersos y poco claros.
El reconocimiento de que algo no funcionó en materia de comunicación en el actual gobierno, desató las ilusiones de no pocos; pensaron, quizás con la preocupación legítima de que urge comunicar bien y pronto, que con el cambio del responsable de la comunicación oficial, las cosas cambiarían.
Como antecedente de esta remoción, tenemos las ocasiones durante las cuales, tanto el Presidente mismo como el secretario de Hacienda reconocieron las limitaciones de la comunicación oficial, aun cuando esto haya sido hecho de manera indirecta y no como hubiésemos esperado, mediante una clara y franca autocrítica.
Al referirse a los efectos —evidentes desde hace meses— de una comunicación que no estaba comunicando los cuales, no son otros que la pérdida de confianza del ciudadano y los agentes económicos privados en lo que dicen gobernante y funcionarios, el gobierno actual aceptó, tácitamente, que su comunicación, como dije, no comunicó.
Si el problema, tal y como fue reconocido abierta y reiteradamente, es que lo que reina en el país es la incredulidad y la pérdida de confianza en gobernante y funcionarios, lo que procede, sin duda, es una perogrullada: Hay que comunicar bien y además, hacerlo desde ya.
Vayamos pues, a un aspecto que considero fundamental de la comunicación oficial en los tiempos que corren; la comunicación oficial es, sin duda, la parte más sensible de la gobernación. Sin una adecuada y efectiva comunicación, todo se pierde en un laberinto de mensajes dispersos y poco claros; además, sin contenidos correctos y sin la forma adecuada que tome en cuenta el nivel de interés y preparación de los receptores, ningún mensaje llega al destinatario.
Ante esto, que no pasa de la obviedad, el gobierno que tome como elemento fundamental de su comunicación las palabras e imágenes bonitas, y deje de lado logros concretos, sentidos por los destinatarios de los mensajes y hayan sido reflejados de manera efectiva en sus bolsillos, jamás podrá comunicarse con los gobernados. Las palabras, como dicen por ahí, se las lleva el viento; de ahí que la sabiduría popular haya acuñado este dicho: Hechos son amores, y no buenas razones.
Por más intentos que un gobierno haga en materia de comunicación, si no entiende, acepta y obra en consecuencia que en las condiciones actuales de las democracias, hechos son amores y no buenas razones, por más cambios que realice de los responsables de la comunicación, sólo obtendrá más desconfianza e incredulidad frente a sus intentos de comunicar la esencia de su gobernación.
La globalidad y la apertura de casi todas las economías, proceso que está presente en el planeta desde hace por lo menos 30 o 40 años, obligan a elaborar una comunicación oficial alejada de las viejas prácticas, que fueron la regla en las economías cerradas y los gobiernos de tintes
autoritarios.
Las palabras, cuando no van acompañadas de hechos, de logros tangibles y sentidos por los gobernados de nada sirven, excepto para retirarle la confianza a quien posiblemente una vez se la tuvieron.
Hechos son amores, y no buenas razones, debe ser la guía de la comunicación oficial en los tiempos que corren; más en el México incrédulo de hoy. Las palabras desgastadas, cubiertas con la pátina del servilismo, de nada sirven excepto, ya lo veremos, para elevar la incredulidad y la pérdida de la confianza.
Los hechos y logros, entendámoslo por favor, comunican sin palabras.
