No hay amas de casa

Para no perder la voz de Alfredo Lamont, continuamos presentando entregas de su columna Chisme con soda.

WASHINGTON.- Nadie, ni la propia policía, se explica a qué se debe que haya llegado inopinadamente a su fin la violencia que dio tan mala fama a esta ciudad hace un par de años.

Lo que nunca: se ve pasear por los parques de noche a parejas de gente que no podrían ni defenderse ni correr en caso de urgencia.

Ni un agente uniformado, a pie, a la vista, pero eso sí, parece haber tantas patrullas policiacas como taxistas.

El clima, tan agradable, y el aire tan limpio han vuelto a poner de moda las minifaldas y los shorts, invariablemente acompañados por camisetas con mensajes sugestivos, inmorales, francamente eróticos.

Una refresquería-heladería pegada al Parque Lafayette es por el momento el punto de reunión de los quinceañeros Washingtonianos. Compran un barquillo y se ponen a comerlo sentados en la banqueta.

En pleno centro, junto a “Garfinckel’s”, el almacén más grande de la ciudad, las inevitables librerías “para adultos” y dos cines que desde la matiné exhiben películas que los censores mexicanos jamás aprobarían.

Convencidos de que el aire puro prolonga la vida, estos capitalinos prefieren pasar más tiempo en sus periféricos y enfrentarse a congestiones vehiculares y vivir en el campo o por lo menos en colonias suburbanas dotadas de ambulantes espacios verdes.

“Washington y Boston son las dos ciudades del este de Estados Unidos donde los hombres ponen tanta o más atención en su ropa, como las mujeres, véalos usted, con sombrero, todos con saco y corbata, todos aliñados. Y contemplarlas a ellas, de largo, siempre, de noche; orgullosas de las tradiciones de la ciudad; deliciosa de contribuir al engrandecimiento de las artes mediante el Centro Kennedy. No hay una sola que se conforme con desempeñar el papel de  ama de casa”.

El animado barrio de Georgetown dista diez minutos del centro de esta ciudad. Mil boutiques, restaurantitos, barbones, chicas descalzas, melenudas. En el restaurante “Le Carnar”, el dueño, francés, obsequia compitas de tequila a sus parroquianos mexicanos.

Atestadas las cantinas al aire libre, aparente especialidad de la ciudad.

Copa muy solicitada aquí: whisky bourbon con agua o en las rocas.

En escaparates de las pequeñas tiendas finas predominan prendas verdes, todos los tonos.

En caricaturas, comentarios, entrevistas, etc. Merodean los ataques vs. Henry Kissinger.

Los enemigos del presidente Ford esperan que así le restarán votos.

Tres horas de fila para entrar en la Casa Blanca en un recorrido que dura siete minutos. Se pueden ver dos pisos, pero la visita termina allí un par de metros antes de donde reside la Primera Familia norteamericana.

Una sirvienta de entrada por salida cobra como trescientos pesos diarios.

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