Sin maquillaje / arlamont@msn.com / 10 de octubre de 2025
LA IA, OTRA ¿Es razonable utilizar la IA en temas íntimos como la religión, nuestra creencia y temas sentimentales? R. ¿La IA puede funcionar como consejera divina o herramienta práctica? Le comparto que en México la IA aún camina con cautela en terrenos íntimos. La ...
LA IA, OTRA
¿Es razonable utilizar la IA en temas íntimos como la religión, nuestra creencia y temas sentimentales?
R. ¿La IA puede funcionar como consejera divina o herramienta práctica? Le comparto que en México la IA aún camina con cautela en terrenos íntimos. La mayoría de los mexicanos la acepta como aliada técnica —para el clima, la medicina o la logística—, pero la rechaza como guía espiritual o amorosa. La idea de que un algoritmo aconseje sobre la fe o el corazón provoca más recelo que curiosidad.
En perspectiva, le comparto lo que sucede en otros países latinoamericanos, como en Brasil, donde la IA ha encontrado mayor apertura en temas emocionales: apps de emparejamiento y coaching espiritual con IA han ganado terreno, especialmente entre jóvenes urbanos. En Argentina, el escepticismo es similar al mexicano, aunque con mayor interés académico.
Colombia muestra una dualidad: mientras sectores religiosos la rechazan como intrusiva, emprendedores tecnológicos la promueven como herramienta de reflexión personalizada. En general, Latinoamérica comparte una sensibilidad cultural profunda hacia lo espiritual y lo afectivo.
La IA puede ser útil, sí, pero no debe cruzar ciertas fronteras. La fe, el amor y la conciencia siguen siendo dominios humanos. Así, mientras Silicon Valley sueña con algoritmos que nos entiendan mejor que nosotros mismos, América Latina responde con una mezcla de curiosidad, prudencia y resistencia. Porque, aquí, el alma no se programa.
EL REGISTRO
Sr. Lamont, seguido leo acerca de los fake news y los intentos del extranjero para influir en nuestras vidas nacionales, con eso de los medios sociales, cualquiera en cualquier lugar del mundo puede acceder a nuestras vidas. ¿Existe alguna ley en México que nos proteja de los que venden influencias?
R. Creo que éste es un tema de transparencia vs. interferencia y para esto podemos referirnos al modelo francés, preguntémonos si los mexicanos podemos aprender de éste. Le comparto que, a partir de octubre de 2025, Francia implementó un registro público digital que obliga a toda persona física o moral que realice actividades de influencia en nombre de países fuera de la Unión Europea a inscribirse ante la Alta Autoridad para la Transparencia de la Vida Pública.
El objetivo es claro: combatir la interferencia extranjera mediante transparencia radical. La medida, impulsada por el jefe de inteligencia exterior, Nicolas Lerner, busca frenar campañas de desinformación. México, en contraste, no cuenta con un registro equivalente.
El instrumento más cercano es el Registro Nacional de Inversiones Extranjeras (RNIE), que exige inscripción a sociedades mexicanas con participación extranjera, fideicomisos y personas físicas o morales extranjeras que operan en el país. Sin embargo, el RNIE no es público, no identifica actividades de influencia política o mediática y se enfoca exclusivamente en inversión económica.
Mientras Francia refuerza la vigilancia estratégica con un enfoque ético y legal, México ha debilitado sus contrapesos institucionales. La reciente creación de Transparencia para el Pueblo, bajo control del Ejecutivo, y la eliminación de CompraNet han reducido el acceso ciudadano a información clave. Además, nuevas restricciones permiten reservar datos bajo criterios ambiguos como “la paz social” o “el interés del Estado”.
En un mundo donde la influencia se ejerce más por narrativas que por balas, México enfrenta un vacío normativo. ¿Es momento de considerar un registro de actividades de influencia extranjera? ¿Podría un mecanismo similar fortalecer la soberanía informativa sin vulnerar libertades? La transparencia no es sólo una virtud democrática: es una defensa estratégica. Y, en tiempos de posverdad, ignorarla es un riesgo que no podemos permitirnos.
