Sin maquillaje/ arlamont@msn.com/ 22 de abril de 2026

Alfredo La Mont III

Alfredo La Mont III

Sin Maquillaje

LOS COLORE

¿Sabe usted si todos vemos los diferentes colores de la misma forma? Yo solía pensar que el color no cambia, lo que cambia es cómo le llamamos y cómo lo vemos.

Aunque solemos pensar que los colores son una experiencia universal, la realidad es mucho más compleja. Dos personas pueden mirar exactamente el mismo objeto y, sin embargo, no ver el mismo color. 

Esto ocurre porque la percepción cromática depende de cómo nuestros ojos captan la luz y de cómo nuestro cerebro interpreta esa información. Pequeñas variaciones en la retina, en la sensibilidad a ciertas longitudes de onda o incluso en la iluminación del entorno pueden alterar por completo lo que creemos estar viendo.

A esa diversidad biológica se suma otra capa igual de poderosa: la cultura. Los colores no sólo se ven; también se aprenden. En algunas sociedades, el blanco es símbolo de pureza; en otras, es el color del luto. El rojo puede significar peligro, amor o buena suerte, según el contexto. Así, lo que para unos es un tono cálido y alegre, para otros puede ser un matiz asociado a emociones muy distintas.

Estas diferencias nos recuerdan que los colores que damos por sentados no son verdades absolutas, sino interpretaciones. Cada mirada filtra el mundo a su manera, haciendo nuestra experiencia visual más personal —y más fascinante— de lo que imaginamos.

PROYECTO ESTHER

Señor La Mont, ¿qué se sabe del llamado Proyecto Esther?

R. Proyecto Esther: cuando la política se disfraza de salvación. En 2024, la Heritage Foundation (organización de extrema derecha) en Estados Unidos lanzó el llamado Proyecto Esther, presentado como una estrategia nacional para combatir el antisemitismo. El título bíblico sugiere una misión heroica; el contenido, en cambio, revela un programa político mucho más terrenal: limitar, vigilar y castigar el activismo propalestino en Estados Unidos.

El documento parte de una premisa alarmista: la existencia de un supuesto Hamas Support Network infiltrado en universidades, organizaciones civiles y movimientos progresistas. Bajo esa narrativa, propone medidas que van desde deportar a estudiantes extranjeros por sus opiniones, hasta retirar fondos federales a campus que permitan protestas, pasando por despedir profesores y presionar a redes sociales para eliminar contenidos críticos de Israel.

El proyecto ha sido celebrado en sectores conservadores y, según reportes, ha influido en políticas del actual gobierno. Pero también ha recibido críticas severas: ignora el antisemitismo de extrema derecha, confunde disenso con terrorismo y amenaza libertades básicas como la expresión y la protesta.

En el fondo, Proyecto Esther no busca proteger a los judíos estadunidenses, sino redefinir los límites de lo decible en torno a Israel y Palestina. Es un intento de convertir un debate complejo en un expediente policial. Y eso, en una democracia, siempre debería encender alarmas.

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