LOS SUPERALIMENTOS
¿Me podría hacer el favor de dar una guía simple de cómo beber y disfrutar el champagne?
R. Con gusto le comparto esto acerca de una de mis bebidas favoritas con esta “Guía definitiva para beber champaña: casi todo lo que creías saber está mal”.
La champaña no es sólo burbujas y celebración: es un experimento científico en cada copa. Muchos rituales tradicionales —copas equivocadas, temperaturas extremas, mal servicio— arruinan aroma, textura y sabor. El secreto empieza en la segunda fermentación en botella, donde levaduras y azúcar generan el dióxido de carbono que, atrapado en el vino, dará origen a las burbujas finas y persistentes. Tras meses de reposo invertido y una limpieza milimétrica del sedimento, nace una espuma elegante.
Las burbujas son vehículos de aroma: su tamaño, sonido y comportamiento determinan qué tan expresiva será la champaña. La temperatura, la luz, la música e incluso el tipo de copa modifican la percepción del vino. La coupe es poco eficiente; la flauta o una copa estilizada concentran mejor los aromas. Copas mal lavadas, plástico o unicel arruinan la efervescencia.
Servir inclinando la copa conserva el gas y mejora la experiencia. Y otro mito: no conviene guardar “para siempre” una gran botella; con los años, el gas se escapa y la champaña se apaga. Cada descorche es un pequeño laboratorio donde física y placer se encuentran. Ah, y recuerde, no se gira el corcho, éste se detiene firmemente y se gira la botella.
EL SALARIO MÍNIMO Y COLOMBIA
¿Me podría decir con claridad en qué consistió el aumento del salario mínimo en Colombia y cuáles son sus efectos, por ejemplo en México, si los hay?
R. Con gusto le comparto que a principios de año Colombia anuncio de un aumento del salario mínimo de 23 por ciento y encendió un debate que ya se veía venir. El presidente Gustavo Petro lo presentó como un paso para “democratizar la riqueza”, una forma de corregir décadas de desigualdad. Pero los economistas reaccionaron con cautela: para algunos, un incremento de esa magnitud es difícil de sostener sin afectar empleo, inflación o a las pequeñas empresas que ya operan al límite.
El movimiento no es aislado. En buena parte de América Latina, los gobiernos de izquierda han apostado por aumentos acelerados del salario mínimo como símbolo de justicia social. México es el ejemplo más visible: desde 2019, el salario mínimo ha crecido cerca de 300 por ciento. Aun así, sigue por debajo de países comparables como Chile, Costa Rica o Brasil, un recordatorio de lo bajo que estaba el punto de partida.
El problema de fondo es otro. Con tasas de informalidad que rondan la mitad de la fuerza laboral, sólo una parte de la población recibe realmente los beneficios de estos aumentos. La región intenta corregir desigualdades profundas, pero lo hace sobre un mercado laboral donde demasiada gente sigue trabajando fuera del sistema.
Nota: Mi posición es que los países deben abandonar este concepto de salario mínimo e implementar uno de salario de vida, ¿de qué sirve el mínimo si no alcanza para vivir dignamente?
