El ridículo de Marcelo

El exjefe de Gobierno se dejó caer a San Lázaro con sus porritos de siempre.

Adrián Rueda

Adrián Rueda

Capital político

Despeinado, apretujado y despreciado por la mayoría de los diputados federales que investigan el fiasco en que se convirtió la construcción de la Línea 12 de Metro, su obra maestra, Marcelo Ebrard hizo el ridículo el domingo en San Lázaro.

El exjefe de Gobierno se dejó caer con sus porritos de siempre, esos que no brincan si no les das la orden; sus escuderos del Movimiento Ciudadano lo colaron al salón de las discusiones y ahí armó un escándalo “porque no me dan derecho de audiencia”.

Quiso apropiarse del micrófono y le cortaron el sonido; después alguien le pasó un megáfono y, cual vendedor ambulante, empezó a recitar que los diputados se han negado a invitarlo y repitió que no le dan derecho de audiencia; lo dejaron hablando solo.

El exfuncionario asegura que Los Pinos y el PRI han desatado una campaña para evitar que llegue a una diputación federal, y que las acusaciones en su contra por lo de la Línea 12 tienen tintes políticos.

Ah qué Marcelito tan chispa queriendo engañar a todos, pues en primer lugar debería saber —o a lo mejor se hace— que la comisión investigadora de San Lázaro es de chocolate, o sea que no tiene facultades de juzgar y menos castigar, sólo recomienda.

Que entre los propios diputados existe la máxima de que si quieren que algo no se resuelva, entonces formen una comisión y ya.

En segundo lugar, dice que todo es una campaña del PRI y de Enrique Peña Nieto en su contra. Quizá no recuerde que los señalamientos de tantas fallas y cuentas oscuras vinieron del Gobierno del Distrito Federal, o sea de su propio partido.

¿Qué no él mismo apoyó a Miguel Ángel Mancera para que lo sustituyera en la Jefatura de Gobierno? Es en el Zócalo y no Los Pinos donde lo acusan.

Parece que Marcelito se siente perseguido por todos, como si fuera un actor importante; lo fue y probablemente lo será con Morena, pero de momento no.

En tercer lugar, por qué demonios quiere tener el privilegio de ser invitado a una reunión de diputados federales si es un ciudadano más, común y corriente, incluso hasta desempleado como muchos.

En cuarto lugar, y quizá lo más importante, es que donde debe pedir su derecho de audiencia y de defensa es ante el Ministerio Público, si es que la PGR o la Procuraduría de Justicia del DF lo procesan; ahí es donde se tendría que defender.

Ebrard dice que el asunto en su contra es político, ¿y el escandalito que fue a hacer a San Lázaro, tirándose en el piso para que lo levanten, qué es?

Parece que el exjefe de Gobierno es un total ignorante, pues nadie le impide ser diputado federal —porque ya se destapó solito—; el hecho de que pueda ser mencionado en alguna investigación no tiene nada que ver mientras no sea sentenciado.

Quiso copiarle el modelito a Andrés Manuel López Obrador de hacerse la víctima y conseguir el apoyo popular, pero le falló; ni tiene el carisma o la simpatía de El Peje y, lo peor, a él nadie le cree, la mayoría piensa que es culpable.

Ahora, aunque no quiera, tendrá que pedirle al tabasqueño que lo salve una vez más, como cuando Vicente Fox lo destituyó de la SSP-DF y lo quiso meter al bote por inepto, pues mientras él tomaba café todo mundo veía por TV el linchamiento de tres policías en Tláhuac; Ebrard no movió un dedo.

Por eso es que con el saco arrugado y el copete sobre los lentes, Marcelo quedó ridiculizado en San Lázaro junto con sus porritos, según ellos de izquierda, como su patrón.

CENTAVITOS... Quienes ya se tienen que poner las pilas son los chicos de Felipe de Jesús Gutiérrez, titular de Seduvi, pues en el Tribunal de lo Contencioso Administrativo del DF les dan palo un día sí y otro también en materia de uso de suelo. Cierto que su antecesor Simón Neumann le dejó un tiradero, pero ya va siendo hora de limpiarlo, ¿no? Quizá le debería invitar un cafecito a Yazmín Esquivel, presidenta de ese órgano, para que le aconseje cómo detener la goleada en contra del GDF.

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