La derecha y la economía liberal mexicana

La asignación de los factores de la producción —el capital y el trabajo— por los mercados ha sido ineficaz e ineficiente.

Recordando estos días el centenario de la Decena Trágica quiero citar una afirmación de Lorenzo Meyer publicada hace un par de días: los trágicos acontecimientos de hace cien años fueron provocados por “la cerrazón de la derecha en el México de entonces, y de ahora…” que también se resiste a los cambios indispensables para que nuestro país salga de tres décadas de estancamiento, pobreza, desigualdad e inseguridad.

Barack Obama, hace tres semanas en su discurso ante el Congreso estadunidense, hizo hincapié en que la tarea fundamental de su generación era llevar a la realidad los fundamentos del liberalismo —el que todos los hombres son creados iguales y que poseen ciertos derechos inalienables como el de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad—; fundamentos que siendo carecidos por los vecinos del norte, con mayor razón se carecen en México. Y es que los fundamentos que son el objetivo del liberalismo son imposibles de llevar a la práctica con los medios que el propio liberalismo propone; los únicos que se benefician con estos medios —los que se han implementado en nuestro país desde hace 30 años— son los individuos de una derecha privilegiada que gozan por lo tanto de esos fundamentos.

Con la libertad de nuestros mercados y la firma de más de 40 tratados de libre comercio, las exportaciones mexicanas incrementaron su participación en el PIB y la exportación petrolera ya dejó de ser la más importante. La penetración de la manufactura mexicana en los mercados mundiales (sobre todo en el de Estados Unidos) creció de 1994 a 2007 más que cualquier otro país, salvo China. Las exportaciones de las maquiladoras ascendieron en 2012 a 192 mil millones de dólares y la inversión extranjera directa es apenas la segunda después de la que se realiza en China.

Pero la economía mexicana creció menos de 2001 a 2011 (a una tasa anual de 2.2%) que de 1960 a 1981 (a una tasa anual de 6.7%). El empleo creció de 1965 a 1981 a una tasa anual de 4.69%, mientras que de 1982 a 1994 lo hizo sólo a 3.46%, decreciendo de 1995 a 2000 a 2.72% y de 2001 a 2010 a 1.18 por ciento. El bono demográfico se está desperdiciando. El sector exportador no ha sido capaz de jalar a la economía mexicana. La explicación es muy obvia: las cadenas de valor de sus proveedores están situadas fuera del territorio nacional. En 2012, 81% de lo que exportaron las maquiladoras fue importado. Por ejemplo, el valor agregado doméstico en la exportación de prendas de vestir es apenas de 36.9%; en la exportación de automóviles es de 35.2%; y en el equipo de cómputo y periférico, apenas de 9.1 por ciento. No es un asunto de costos laborales, sino de productividades y de incentivos —no liberales— que el Estado mexicano debe ofrecer a las empresas exportadoras para que establezcan los encadenamientos de sus proveedores en nuestro país, transfiriendo tecnología y capacidades a nuestros micro, pequeños y medianos empresarios y a los trabajadores de estas empresas. Le agradezco a Juan Carlos Moreno-Brid —director general adjunto de la Cepal en México— el haberme proporcionado muchos de los datos expuestos en este artículo.

Desde 1980, la brecha con EU en ingreso medio por habitante se ha estado ampliando: en 1980, el de México era de 25% del estadunidense, mientras que en 2011 era sólo de 17%; aumentando la brecha incluso desde el TLCAN. La brecha de la productividad laboral con Estados Unidos también se ha ido ampliando: en 1980 la productividad laboral de la economía mexicana era 33% de la estadunidense; en 2010 era solamente de 19 por ciento. Para poner un ejemplo comparativo: en estos 30 años de liberalismo en México, la productividad laboral de las economías del este asiático —que han aplicado políticas muy distintas a las mexicanas— han crecido casi tres veces más que la nuestra. Como dice el BID en su libro La era de la productividad, el escaso crecimiento de la productividad, no el exiguo nivel de inversión, es el responsable del crecimiento económico tan bajo de la economía mexicana.

Carmen Pagés, editora y colaboradora del libro mencionado del BID, resalta la polarización de las productividades por sectores y por tamaños de empresa en nuestro país: las empresas que están en 90º percentil de productividad tienen una productividad 300% menor que las empresas que están en 10º percentil. La desindustrialización de este último cuarto de siglo y el crecimiento del sector servicios (especialmente el comercio al menudeo e informal) implicó la reducción notable y sistemática de la productividad agregada a partir de la década de los ochenta. Es decir, la asignación de los factores de la producción —el capital y el trabajo— por los mercados ha sido ineficaz e ineficiente, a pesar de que los postulados liberales nos auguraban una realidad totalmente diferente.

Por lo tanto, se requiere un cambio estructural en la planta productiva que exprese una reasignación de factores de la producción hacia sectores y ramas productivas con una mayor dinámica en sus capacidades tecnológicas y organizacionales y, de esa manera, en su productividad y competitividad.

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