No hay fama sin fandom
Miden éxito de habitantes de LCDLF por el crecimiento en sus redes sociales.
Bienvenidos sean, mis sensuales fama-lovers, pónganse cómodos. Aquí somos libres de humo, no nos reservamos el derecho de admisión y analizamos a los famosos en todas las posiciones.
Cada vez empeora más esto de las mentadas redes sociales. Si ustedes son de mi rodada, seguro vivieron los tiempos en los que el teléfono era residencial y cobraban la llamada por minuto. Ponerse a echar novio por teléfono era más caro que tomar un camión a casa del ser amado.
Siendo locutora en mi natal Chihuahua, me tocó traer un celular. Tan era uno de los primeros que mi prestación laboral me valió una foto “haciendo como que hablaba” para el periódico local. Tiempo antes, el mentado bíper (¿así se escribía?) nos evitó los recados en las contestadoras y, ya para cuando me lancé a esta ciudad a probar suerte, un celular marca Pegaso fue mi gran inversión para buscar empleo y ser localizable.
Recuerdo perfectamente que en el programa Otro rollo aparecía una promoción que no entendíamos. Era la animación de una serpiente azul que irrumpía poco antes del “monólogo” y decía “Twitter”. ¿Alguien se acuerda? Les juro que yo vi una serpiente azul antes de que fuera el famoso pajarito azul. Ya sé que no me creen, pero eso lo tengo muy claro en mi madeja de sesos. Si es mi mala memoria o parte del Efecto Mandela, no lo sé, pero no ahondaré en lo que en ese momento era una promoción que al parecer sólo yo recuerdo (ya busqué en Google y nada).
No me siento mal, porque desde entonces los anuncios de Twitter no los entendía casi nadie. Pasó como un año para que esa novedad nos metiera en el caldero de las opiniones con caracteres contados.
Justo entonces empezó para mí esa picazón en las yemas de los dedos por dar mi opinión, esperando que alguien replicara o me la hiciera de jamón: señal de que mi mensaje era leído.
No olvido cómo, desde entonces, Facundo tenía un hashtag muy popular: #PORUNDOMINGOSINTWITTER. Claro, él era papá, quería sentir que podíamos todos hacer una tregua en nuestros debates y críticas para que él pudiera ser, sin perderse de nada.
Facebook se popularizó por aquellos años y ahora las redes sociales no sólo son algo que no puede detenerse: son referente, termómetro, arma, currículum, escudo y ventana al mundo de los otros.
Hace poco cumplió años Ángela Aguilar. Como al único que vimos echándole flores y cariños fue a su hermano, de inmediato nos hicimos la idea de que la cantante y su esposo habían tronado. Fue tanta la presión en redes y mediática que, de plano, cedieron y usaron las redes sociales de su perrito para aclarar con imágenes que sí estaba ahí Nodal y que la parejita no pasa por ningún problema conyugal.
Todos vimos la controversia que desató Alexis Ayala en La casa de los famosos. Luego, vimos a Galilea siendo sarcástica al presentar a Guana como “ensamble”, y la nota que le siguió fue: “Alexis Ayala dejó de seguir a Galilea en TikTok”. O sea, ni a la fiesta fue. Pero lo cañón es que dejó de seguirla. Eso sí es determinante.
Las empatías o antipatías se saben con tu lista de seguidos o seguidores. Tu nivel de popularidad se mide por la relación que hay entre el número de seguidores y el número de personas que te siguen. Los castings se definen por tu número de seguidores y qué tanto tráfico generan tus publicaciones. Sin duda, las redes sociales son determinantes hoy en día.
La muestra es cómo, a la salida de La casa de los famosos, la comparativa de quién merecía ganar y quién mejor se hubiera quedado en casa es justo la comparación de números: cuántos seguidores tenían antes de entrar y ahora, después del reality, se sabe que algunos habitantes regresaron con igual número que cuando entraron. O sea, que no sirvió “para malajos la cosa”.
Les mando un abrazo deseando que tengan una semana bonita y no olviden que todos somos una celebridad, ¡aunque sea en el Facebook de nuestras tías!
