De los escenarios a las librerías

Addis Tuñón

Addis Tuñón

El fama-sutra

Las autobiografías bien escritas nos permiten ver más allá de la celebridad; las malas... ni mencionarlas.

“Todos debemos plantar un hijo, escribir un libro y tener un árbol...”, ¿o cómo era?

Bienvenidos sean, mis sensuales fama-lovers. Como saben, aquí somos libres de humo, no nos reservamos el derecho de admisión y analizamos a los famosos en todas las posiciones.

Hoy les escribo mientras hojeo Sueños de un pseudoactor, libro que presenta el genial Freddy Ortega, conocido en el medio como uno de los Mascabrothers. El ejemplar nos llegó a la oficina de Imagen Televisión y, créanme, no pasa del martes para cuando lo haya terminado. Luego les doy mi breve resumen; a primera vista, el constante juego de palabras es como un standup sin remate. Pero apenas voy por la página 51; me faltan como 300 para opinar sin prejuicios.

Les comparto que leer autobiografías de famosos contemporáneos es una de mis pasiones. O sea, vemos sus trabajos, los correteamos en sus escándalos, seguimos sus redes sociales y lo que sus fans o detractores publican. Incluso, si se dejan, los entrevistamos bien sentaditos, “a corazón abierto”, pero un libro autobiográfico nos pone en primera fila de su endoscopía. Ahí son ellos quienes abren los cajones de su vida y, si no dicen la verdad, por lo menos dan su versión de esa verdad.

Cuando leí Más allá del infierno, de Laura Bozzo, vi a una mujer muy distinta a la abogada defensora de las mujeres. Ella relató cómo fue capaz de aceptar todo tipo de humillaciones por parte de su joven marido con tal de “dormir calientita”.

Volcán apagado, de Anel Noreña, es uno de los mejores ejercicios de striptease emocional. Miren que detallar cómo planeaba suicidarse después de envenenar a sus hijos, José Joel y Marysol, ante la impotencia de vivir en un infierno de derroche y adicciones del Príncipe.

Una de las más lamentables pérdidas de tiempo fue Forgiveness (Perdón). Este librito, en el que dizque pedía disculpas Chiquis Rivera, fue como un mal cocido: espeso e insípido atole que nos daba con el dedo cuando fue señalada por meterse, supuestamente, con el marido de su madre. La desde entonces cantante grupera fue a escribir lo mismo que decía en sus entrevistas. Nada. Para colmo, ocho años después, la escritora lanzó Invencible. ¿De qué trató? Sólo creo que debió titularlo “Olvidable”. Su testimonio de resiliencia se basa en una inocencia que no termina de convencernos; su divorcio de Lorenzo Méndez fue menos interesante que su accidentada boda, así que pido a Netflix me compense las horas perdidas con algo bueno para ver un viernes por la noche.

Anahí, por ejemplo, sacó el libro Valiente en 2018; no fue un bestseller ni mucho menos, pero su vivencia al estrenarse como mamá me conmovió. En efecto, ella estaba viviendo la experiencia más memorable de su vida.

El libro Gloria, de Gloria Trevi, por el contrario, muestra a una mujer antes y otra después de la prisión. Lejos de juzgarla, me da “algo” al releer cómo, hace 24 años, la cantante no tenía ningún empacho al enjuiciar a las demás chicas del mal llamado clan. Desde sus dos celdas y la cárcel de Brasil, con la devoción que en ese tiempo sentía por Sergio Andrade, Gloria exhibió a las también víctimas de formas lamentables, justificando al pederasta. Pero ojo, eso fue hace más de dos décadas. Con la exoneración, la libertad y el éxito indiscutible que alcanzó después, el discurso público de Trevi ha cambiado; ahora es mesurada, políticamente prudente. Pero el libro ahí está.

Este año volví a pasear por sus páginas amarillentas y mi teoría es que ella era víctima entonces: creía en “los motivos del lobo”. Ya no. Creo que ya no.

Hay libros más ligeros como El heredero, de don Germán Lizárraga, en el que el músico relata las penurias que vivió cuando El Recodo apenas iniciaba gracias a su padre, don Cruz. O Un nuevo amor, de María del Sol, quien revela fuertes episodios de su infancia y amores; ella me encanta, es tan congruente.

Les quiero presumir que parte de mi historia está en un libro; se llama Tu momento estelar, escrito por Luz María Doria, productora del show matutino más visto en Estados Unidos, Despierta América. Ahí ella expone historias que ejemplifican el éxito y mi “momento estelar”, según narra, fue volver a encontrarme con el amor de mi vida. Estoy de acuerdo.

En este país en el que dicen que cada vez somos menos los lectores, las autobiografías de los famosos son un garbanzo de a libra. Yo deseo algún día ser lo suficientemente interesante, no para escribir, sino para que alguien que no sea mi mamá quiera leer mis piña-aventuras.

De todas formas, hay empresas que de eso viven: de editar e imprimir las obras y milagros de personas con vidas

memorables, carteras pudientes y egos  demasiado inflamados.

La cosa no es escribir, sino ser motivo de lectura, ¿no creen?

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