Rubén Bonifaz Nuño
Hay hombres que son, por sí mismos, todo un universo; sujetos cuyo genio radica en la sensibilidad con que leen la realidad y la hacen suya; artistas, en fin, que suelen ser hombres de aldea y, al mismo tiempo, de horizontes tan amplios como el mundo. Hablar de la muerte ...
Hay hombres que son, por sí mismos, todo un universo; sujetos cuyo genio radica en la sensibilidad con que leen la realidad y la hacen suya; artistas, en fin, que suelen ser hombres de aldea y, al mismo tiempo, de horizontes tan amplios como el mundo. Hablar de la muerte siempre es tan difícil, por lo absurdo, porque nos priva de lo mejor pero, sobre todo, porque en lo inexplicable que parece, resulta lo más natural de la existencia. Ahora le ha correspondido el turno a Rubén Bonifaz Nuño, magnífico poeta, hombre libre, independiente, comprometido sólo con su arte y con nuestra cultura.
Hoy, cuando muchos desprecian lo clásico embelesados por las nuevas tendencias, cuando literatos van y vienen borrados por el vendaval de la siguiente temporada de best sellers, cuando los zombis se convierten en Jane Austen y los vampiros descafeinados enloquecen a las adolescentes; el ejemplo de un hombre dedicado a traducir la Ilíada o los poemas de Catulo, resulta casi de una insultante belleza y de una ejemplaridad a toda prueba.
Vino a nacer Bonifaz Nuño en Córdoba, Veracruz, 90 años fueron sus días como dice el versículo de la Biblia; fue capaz de transmitirnos el sobrecogimiento que se apodera de cualquiera cuando contempla la naturaleza, la fuerza del desamor o la perfección de la arquitectura, al mismo tiempo, se dio al estudio de las lenguas clásicas, de los metros precisos y de las enormes expresiones; todo, porque se asumió a sí mismo, no como hijo de cierta o cual capilla, miembro de tal o cual cenáculo, sino simplemente hombre, mexicano, en la lisa de construir con palabras un mundo mejor e inédito.
Su trabajo fue decir en español lo que otros dijeron hace miles de años, pesar y no medir las palabras como decía Alfonso Reyes, pero también escribir con pulcritud y perfección sin que ello fuera un desmérito para su expresividad o su grandeza. Neftalí Coria lo ha llamado un poeta de esplendores y es cierto, alejado de las pequeñas batallas que todos debemos librar cada día, de las mezquindades que nos oprimen como parte de nuestra naturaleza, se dirigió con una pluma que más parecía cincel, para lograr una poesía de una pureza magnífica, de un trabajo delicado, denotaba las horas de trabajo; es, para decirlo de un modo llano, un poeta con oficio, con maña de artesano y paciencia de benedictino como decía Gracián; pero igual es un maestro de la palabra.
Don Rubén fue miembro de la Academia de la Lengua; en ella su trabajo versó mucho en pro de la defensa de las raíces idiomáticas; pareciera a veces como uno de aquellos monjes que, encerrados en sus bibliotecas, cuidaron de un legado que no fructificaría sino mil años después; sin embargo, Bonifaz estaba en la calle, volvía a su tierra, hablaba de amores y desamores con la misma pasión y con la misma fuerza; era un hombre en la sociedad, un hombre al que nos dirigíamos por su sabiduría y su conocimiento. Formado como abogado en la antigua Escuela Nacional de Jurisprudencia, conservó siempre el rigor intelectual que da el estudio del Derecho y lejos de aislarse en el Parnaso de sus adorados clásicos, enseñó y e investigó, estuvo presente en la Junta de Gobierno de la UNAM, en la Sociedad Alfonsina Internacional y en el Colegio Nacional.
Le llamamos poeta porque así se llamaba él mismo, pero fue mucho más que eso, fue una cultura compactada en el breve lapso de una vida humana; le llamábamos maestro pero fue mucho más que eso, fue una enseñanza completa compendiada en el ejemplo de sus trabajos y sus días. Hoy se ha ido, no podemos sino decir: Gracias, Rubén.
*Profesor de la Facultad de Derecho, UNAM
