El Pacto y La Moncloa
En México vivimos creyendo que habrá un instante mágico que resolverá definitivamente los lastres históricos que no nos dejan avanzar hacia una nación moderna y una sociedad reconciliada. Esa creencia ha venido seguida de la expectativa cada seis años de finalmente ...
En México vivimos creyendo que habrá un instante mágico que resolverá definitivamente los lastres históricos que no nos dejan avanzar hacia una nación moderna y una sociedad reconciliada. Esa creencia ha venido seguida de la expectativa cada seis años de finalmente encontrar a ese gran tlatoani representado en la figura del Presidente en turno, quien tiene la encomienda de instrumentar la odisea nacional que implica curarnos de todos los males.
El resultado recurrente siempre ha sido el mismo: la decepción colectiva y, por consecuencia, la frustración y desánimo para lograr generar esa energía social que se requiere para ser el país de progreso que anhelamos y que decimos contar con el capital para lograrlo.
Es de destacar nuestra incapacidad de aprender del pasado y de otras experiencias de países que han transitado previamente a un Estado democrático y de bienestar. A ello hay que añadirle la falta de memoria colectiva a múltiples pactos similares del pasado que han acabado en el olvido y sin un balance de resultados. Finalmente hay que referirnos a la pobreza de nuestra clase política que no conoce el sentido de bien común y no ve más allá de la conservación de sus espacios de poder por la mera idea de la supervivencia política. Aquí me detengo un momento.
Si tomamos en cuenta la ignorancia manifiesta de algunos de nuestros líderes políticos, como fue el caso reciente del presidente nacional del PAN, Gustavo Madero, quien con mucha seguridad afirmó que el Pacto por México propuesto por el nuevo Presidente de la República, y que él y su partido accederían a firmar, sería un acuerdo “de tal calado” —e inclusive mejor— que el Pacto de La Moncloa suscrito en España, en 1977.
Vale la pena aclarar que el pacto español no tiene similitud alguna con el propuesto por el presidente Peña Nieto, pues su contenido radicó principalmente en un acuerdo base de las fuerzas políticas de hacer valer las libertades básicas contenidas en la nueva Constitución española, una vez terminado el periodo de la dictadura franquista. Igualmente dicho pacto buscó sentar las bases de una política económica que permitiera el crecimiento y la seguridad jurídica para la inversión en el país europeo.
El caso comparado es bueno, debido a que los pactos políticos son finalmente eventos ceremoniosos que acaban en el papel. Si bien es muy importante su contenido, más lo es la posibilidad de hacerlos efectivos y que tengan vigencia y perduren a través de los ciclos políticos. De lo contrario, se corre el riesgo de caer en ocurrencias que acaban en calenturas de quienes buscan sin contenido su momento histórico o de quienes no tienen una agenda política y de partido que ofrecer.
Una clave del verdadero éxito de estos acuerdos nacionales de gran ambición consiste en el tipo de clase política que lo suscribe y su voluntad para alinear sus intereses individuales y de grupo a un interés general.
Ahí creo que desafortunadamente estamos muy lejos del momento histórico que hace 35 años se vivió en España, toda vez que su clase política estuvo compuesta por personajes de oposición comprometidos con la transición democrática de la talla de Felipe González, Santiago Carrillo y Josep Tarradellas, entre otros.
Todos estos personajes, junto con el entonces presidente Adolfo Suárez, demostraron su compromiso con el Estado español cuando se dio el intento golpista militar que buscaba volver a la dictadura (23-febrero-1981).
Es cierto que las comparaciones son odiosas, pero vale la pena preguntarles a los ahora firmantes del Pacto por México y que representan a la oposición, si mantendrán ese nivel de compromiso con el gobierno aun cuando vaya en contra de sus intereses electorales inmediatos o a costa de la supervivencia política de alguno de sus líderes.
Sólo entonces será válido afirmar que este pacto encuentra algún grado de similitud con el Pacto de La Moncloa —insisto, no en su contenido—, pues implicará constatar que se ha hecho realidad la ilusión de que México cuente con una clase política de la talla de la española de aquel entonces.
*Abogado y ex titular de la FEPADE
