Hace seis años
En la víspera de la toma de protesta de Felipe Calderón el país estaba inmerso en una grave crisis política. Tras una competencia electoral muy cerrada, llena de irregularidades, y ante una sociedad polarizada, el Tribunal Electoral había fallado el 5 de septiembre a ...
En la víspera de la toma de protesta de Felipe Calderón el país estaba inmerso en una grave crisis política. Tras una competencia electoral muy cerrada, llena de irregularidades, y ante una sociedad polarizada, el Tribunal Electoral había fallado el 5 de septiembre a favor del candidato del PAN, mediante una resolución donde expresamente asentó que “la indebida intervención” del entonces presidente Fox y de diferentes grupos de interés, señaladamente el Consejo Coordinador Empresarial, puso en riesgo la legitimidad de la elección. No era cualquier cosa: el orden constitucional había sido vulnerado. Algunas voces, incluso, llegaron al extremo de sugerir la anulación del proceso, el nombramiento de un presidente interino y la convocatoria a nuevos comicios.
En el Partido Socialdemócrata (en ese tiempo Alternativa) abrimos foros públicos de deliberación durante aquel caliente verano de 2006 para sustentar y fijar nuestra posición frente al conflicto. Pedimos el recuento más amplio posible de la votación —como lo ordenó y realizó el Tribunal— y acordamos que reconoceríamos las resoluciones de las autoridades electorales, pues constituían el único asidero democrático y legal en medio de la convulsión política y social. Así lo hicimos. Como presidente del partido, una vez emitida la declaración de presidente electo, acudí a una reunión a la que me convocó Felipe Calderón, con el fin de intercambiar puntos de vista sobre los temas más relevantes de la agenda legislativa. Se trataba de un protocolo democrático que, en congruencia con los principios y las decisiones del partido, buscaba contribuir a generar un clima de diálogo. Fue lo correcto, no obstante el irracional golpeteo del que fui objeto dentro y fuera del partido. Más tarde, la abierta oposición del PSD a la estrategia de Calderón frente al narcotráfico nos fue cerrando los canales de comunicación.
López Obrador y sus seguidores no carecían de razones en su reclamo: las irregularidades no sólo habían sido evidentes, sino que fueron reconocidas por las autoridades electorales. La incidencia sobre el resultado y las pruebas de los mismos, sin embargo, no fueron suficientes para fundar la anulación de la elección. La reacción —desconocer a las instituciones y cerrar Paseo de la Reforma— acabó siendo una gravísima equivocación, cuyos costos aún pesan sobre las izquierdas.
La accidentada toma de protesta de Felipe Calderón hace seis años reflejó el clima que se respiraba en el país. Las acusaciones de fraude y los cuestionamientos a su legitimidad marcaron el talante y las decisiones clave de su gobierno. Lo dominó el apremio, la necesidad vital de legitimarse. Sus mayores errores, empezando por la declaración de guerra al narco, fueron producto de esa obsesión.
*Socio consultor de Consultiva
