Un viaje peligroso al centro de la democracia
Hace unos días, un alumno me preguntó cuál sería la democracia perfecta a la que México debería aspirar o imitar. Procuré ser muy cuidadoso para dar una respuesta que podría ser peligrosa en la mente fresca de un joven estudiante de maestría. Le invité un buen ...
Hace unos días, un alumno me preguntó cuál sería la democracia perfecta a la que México debería aspirar o imitar. Procuré ser muy cuidadoso para dar una respuesta que podría ser peligrosa en la mente fresca de un joven estudiante de maestría. Le invité un buen café para contestarle amplia y comedidamente.
Le dije que la democracia mexicana es, en mucho, superior a la de algunos países que más presumen de politizados o de desarrollados. La democracia mexicana de hoy es casi de excelencia, sufragísticamente hablando, aunque muy poco de ello se debe a las autoridades y a los partidos.
México es uno de los dos países del mundo republicano que ha gozado de democracia institucional por más tiempo, de manera ininterrumpida. El otro es Estados Unidos. Desde hace 92 años, las elecciones mexicanas, tanto generales como intermedias, se han celebrado en las fechas que ordena la Constitución, sin que se hayan suspendido o pospuesto en ocasión alguna. En efecto, desde 1920, México ha celebrado 18 elecciones presidenciales, 19 senatoriales y 34 para diputados federales. En total, 71 procesos electorales.
Todo eso se llama estabilidad política y es de lo más preciado de los sistemas políticos civilizados. Porque esos 92 años no los han gozado los países europeos con todas sus guerras, los países latinoamericanos con todas sus dictaduras, los países asiáticos con todas sus inestabilidades ni los países africanos con todas sus calamidades.
Sin embargo, eso no la hace perfecta. La realidad mexicana ha configurado un tripartidismo muy equilibrado que produce victorias electorales sin contar con la mayoría absoluta de los electores. Casi todos los alcaldes, los diputados, los senadores, los gobernadores y los tres más recientes presidentes han sido electos sin contar con la mayoría de los votos. Es una paradoja de la democracia mexicana el que instale gobiernos de minoría y no de mayoría. Una minuscracia en lugar de una democracia.
Por otra parte, las posibilidades de una democracia participativa que viniera a completar a la representativa se encuentra cada día más lejana. Primero, porque los sistemas tradicionales de plebiscito, referéndum o revocación de mandato, son muy limitados y muy alejados de la incorporación ciudadana. Además, porque la democracia participativa ha demostrado su eficacia para pequeñas comunidades, pero no en países tan grandes, con más de cien millones de habitantes.
Una segunda imperfección es que se ha entronizado una partidocracia que ha desplazado a la participación libre de los ciudadanos. Aunque es muy duro decirlo, estamos viviendo tiempos en los que muchos ciudadanos piensan que los partidos son organizaciones desleales, mentirosas, ambiciosas, onerosas, deshonestas, tramposas, convenencieras, indolentes e innecesarias. Que ellos son los culpables de la perturbación del quehacer público y de la contaminación del ejercicio político.
Por último, la democracia es, sin más rodeos, una nicecracia. Niké, victoria. Nuestra democracia, como la de casi todas las naciones, no instala un gobierno de las mayorías, sino tan sólo un gobierno de los vencedores. La fórmula de la democracia representativa agota el poder del ciudadano en la mera jornada electoral. El poder político ciudadano tan sólo sirve para elegir, pero no sirve para gobernar.
Habrá quien me repele arguyendo que el elegido queda convertido en nuestro mandatario y que tendrá que sujetarse a nuestra voluntad para el ejercicio de su encargo. Pero creo que esta es una fantasía que no resistiría el menor análisis de realismo. Porque es precisamente nuestra democracia, más que la de otros regímenes, la que más se aleja de tal ensoñación.
Lo digo porque todas nuestras fórmulas de gobierno están desvinculadas de la voluntad o del deseo populares. Hasta la no reelección de legisladores, alcaldes, gobernadores o presidentes está diseñada para que éstos actúen sin preocupación ni atención por el gusto ciudadano.
Aquí fue donde, para rematar mi larga respuesta, tuve que ser muy franco y muy directo con mi alumno y utilizar, sin miramientos, todo mi descarnado realismo político, que hoy tanto me caracteriza. Le pregunté si en verdad deseaba, para México, una democracia “perfecta”. Si tenía la idea clara de dónde se encontraba situado dentro de la sociedad mexicana. Si, “a lo macho”, se sentía parte de las mayorías en lo económico, lo social, lo ideológico, lo cultural, lo profesional y hasta lo habitacional. Si no se había percatado que él y su familia pertenecían a la décima parte de mexicanos que han sido más privilegiados por el desarrollo, la educación y la fortuna. Que, por eso, en las cuentas de una democracia perfecta no pertenecería al grupo de los que mandaran, sino al de los que obedecieran.
Como es un joven, muy inteligente, me miró, consternado. Para consolarlo le aconsejé, con palabras de Truman, que si le gustaban las salchichas y la política nunca pensara demasiado en lo que ambas contienen.
*Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A. C.
Twitter: @jeromeroapis
