Entre la zanahoria y el nabo
No es aconsejable hablar de las cosas antes de que sucedan. Menos aún hacerlo mientras están sucediendo. Es arriesgado e imprudente jugarle al pitoniso. Tanto si lo es uno como si no. Si el desenlace es obvio, entonces pa’qué. Y si no lo es, la probabilidad de quedar ...
No es aconsejable hablar de las cosas antes de que sucedan. Menos aún hacerlo mientras están sucediendo. Es arriesgado e imprudente jugarle al pitoniso. Tanto si lo es uno como si no. Si el desenlace es obvio, entonces pa’qué. Y si no lo es, la probabilidad de quedar mal y de hacer el ridículo es grande.
Eso precisamente sufrió el ínclito e inminente ex presidente de México hace cuatro años cuando manifestó sus simpatías por el candidato republicano John McCain. Por lo visto le echó la sal. Pobre Calderón, hasta bien me cae, me cae.
A pesar del thin ice, el mismo tema me propongo abordar hoy yo. Cuatro años después, sin McCain ni Calderón, pero con Memín Pingüín en el mismo rol. Intentaré ser más prudente, sin dejar, por ello, de pronosticar un vencedor. Soy presa fácil del placer del riesgo. A menudo pierdo, pero a veces el albur me sale de poca madre.
Va a ganar Obama. A güevo. A pesar de que las más confiables de las últimas encuestas permitidas dan un resultado de empate, no técnico sino estricto. La del Washington Post de anteayer daba sendos 48 por ciento. Pero creo que fue únicamente para garantizar tensión a la trama y la atención del respetable.
Va a ganar Obama porque más de 80% de los presidentes que se han postulado para la reelección la han ganado. El último en perderla fue Jimmy Carter en 1980 frente a Ronald Reagan. Hasta Bill Clinton se reeligió, a pesar de las mamadas a las que fue sometido. Y dada la penuria económica, de predepresión y prerrecesión, por las que atraviesa el mundo y de las que no escapa el país más poderoso de la Tierra, la consigna obligatoria es “no hagan olas”.
Eso no quiere decir que Romney no goce de una cierta popularidad, de una popularidad cierta. Ha jugado con el nacionalismo exacerbado de los WASP (White-Anglo-Saxon-Protestant) que siguen considerando que los negros, amarillos, cafecitos y llegados de fuera (después de ellos, claro) no son gringos. Y que no acaban de digerir que su blessed America sea gobernada por un negro.
(Según ellos los mulatos son negros. Basta una sola gota de sangre negra para ser considerado negro. Pero ni infinitas gotas de sangre blanca, si no lo son todas, le permitirán a uno ser blanco. Lo cual, dicho sea de paso, demuestra de manera lapidaria la superioridad de la raza negra).
Los WASP (que si no es acrónimo quiere decir “avispa”) son muchos. Pero cada vez representan menor proporción poblacional. Ni cogen ni se reproducen como conejos, católicos u orientales. A pesar de haber perdido terreno y peso específico, mantienen la hegemonía económica, social y cultural de la dinámica estadunidense. Y generan en torno suyo un ámbito de influencia considerable. A la manera, digamos, de la celebérrima, poderosísima y perenne familia Vanderbilt, que por muy holandés que sea su origen, sigue siendo el paradigma de la gringuicidad.
No le hace que hoy por hoy la mayoría de los deportistas de élite, en el americano, en el beis y en el básquet en primer lugar, sean de color. Por millones y millones que ganen no vienen a ser sino bufones, comediantes que entretienen. Negros sobre la grama y güeros en las tribunas. También son “afroamericanos” la mayoría de los intérpretes musicales. Los actores no, obvio. Y tampoco los jugadores de hockey. El hielo no se lleva bien con ellos, igualmente obvio. Y por lo visto, aunque menos obvio, tampoco el agua, pues hay muy pocos nadadores negros de élite.
Total, que la presencia creciente del color negro en la escala cromática de los medios no es determinante aunque no deje dormir tranquilos a los descendientes de los pasajeros del Mayflower, que se quieren ver como guardianes del fuego sagrado; simbólica o realmente la nobleza pudiente de un país sin nobles. De manera que la carta fuerte de Mitt es presentar a los seguidores de su contrincante como antipatrióticos; más aún, como antipatriotas. Disolventes del “espíritu nacional”, de la American way.
En los mítines de la campaña electoral republicana, más que consignas, eslóganes e incluso más que retratos del propio candidato, proliferan, pero mucho, las banderas gringas. La gran mayoría igualitas, pequeñas y de buena calidad. Lo que prueba que no fueron traídas espontáneamente por los asistentes, sino expresamente confeccionadas por cientos de miles sino por millones, y convenientemente repartidas a los presentes. Una por cabeza. Ni banderita sin cabeza ni cabecita sin bandera. Aquello “barrea” y “estrellea”. Los discursos sobran, están de adorno. El flamear de la multitud de enseñas habla por sí solo.
El Presidente “liberal” hizo múltiples y decepcionantes concesiones a los poderes fácticos conservadores. (A pesar de sus enfáticos compromisos, Guantánamo y su horror siguen ahí, y se convierten en el símbolo infamante de su falsía desleal y pusilánime. Es la letra escarlata, estigma vergonzante e indeleble marcado al fuego sobre la mejilla de su primer cuatrienio). Independientemente de esa y de otras renuncias menos llamativas pero más graves, Barack Obama sigue siendo visto por los sectores más retrógrados como un “accidente” excepcional y corregible de la democracia cuáquera.
A su favor juegan los documentos, manifiestos y legislaciones extemporáneas que no han sido ni podían ser corregidos y que no han seguido el paso, se quedaron anclados en el tiempo del racismo y el “fascismo democrático”, como lo he llamado yo, de la mitad del siglo pasado, y que constituyen verdaderos “amparos” contra cualquier intento renovador.
Romney es mormón (hay de mormones a mormones) y se ve a sí mismo como uno de los santos de los últimos días. Presenta a un Obama portador de la herejía, de la apostasía patógena que amenaza con carcomer los cimientos mismos de la estructura ideológica que sostiene al modelo social gringo, como él y sus vindicativos seguidores pretenden ver ese modelo.
Para Obama Romney logra alentar vicios introducidos desde añejos bastiones en las leyes anacrónicas, jugando un nefasto teatro obscureciendo a Vanderbilt incluso como aristócrata.
Lo realmente curioso y que dota de un cierto interés el proceso que se desarrolla hoy martes en la margen izquierda del Bravo, es el hecho de que entre los “estados columpio”, que tradicionalmente inclinan la balanza en un sentido u otro, la mayoría se encuentra en el noreste, al oriente de Iowa, dos de ellos en los alrededores de Nueva Inglaterra, tradicional bastión demócrata. Pero aun así, ¡aguas!, Romney fue gobernador nada menos que de Massachusetts (¡!).
En fin, alea jacta est. Aunque el alea en juego sea de poca monta. En la democracia gringa, como (casi) siempre en todas las democracias, los ciudadanos podrán elegir entre la zanahoria y el nabo. Que el Dios de los cuáqueros los guarde e ilumine.
*Matemático
