Iniciativa preferente: el peor de los mundos
El tránsito de la reforma laboral parece correr en el peor de los senderos posibles. Veamos. Lo primero que llama la atención es el estreno de la figura de la iniciativa preferente. Recordemos que dicha figura se introdujo en nuestro campo normativo para dotar al ...
El tránsito de la reforma laboral parece correr en el peor de los senderos posibles. Veamos. Lo primero que llama la atención es el estreno de la figura de la iniciativa preferente. Recordemos que dicha figura se introdujo en nuestro campo normativo para dotar al Ejecutivo de un instrumento privilegiado para hacerle saber al Poder Legislativo cuáles eran sus prioridades; para invitarlo a deliberar y resolver sobre los temas que le eran urgentes, valga la obviedad, preferentes. De esa manera, el Ejecutivo no tenía que aguardar a que la agenda del Legislativo se desahogara según sus ritmos para colocar algún tema de su interés.
Con ello, sin duda, el titular del Ejecutivo ganó una herramienta fundamental para sanear su relación con el Legislativo, y éste tampoco se vio atropellado por el hecho de tener que resolver sobre ciertos asuntos en un periodo determinado. Dicho lo anterior, no se entiende que el debut de la iniciativa preferente lo haya hecho justamente el titular del Ejecutivo, que está a punto de abandonar esa responsabilidad. El éxito o fracaso de sus iniciativas ya no las disfrutará o padecerá; ya no tendrá fuerza para pelear la modificación o no que el Congreso haga a lo que él presentó; dicho de otra manera: la responsabilidad de lo que ocurra con la iniciativa preferente, en este contexto, se diluirá entre muchos actores, y nadie pagará ninguna clase de costo. El peor de los mundos.
De hecho me parece que la reglamentación pendiente para la presentación y deliberación de las iniciativas preferentes debiera contemplar dos salvedades de sentido común. La primera tendría que estar referida a quién la presenta; creo que el Presidente que ya no padecerá o disfrutará de las consecuencias de las iniciativas presentadas, sólo debiera hacerlo si puede acreditar circunstancias verdaderamente excepcionales.
La segunda es que las iniciativas debieran presentarse una vez que el Poder Legislativo esté cabalmente integrado, es decir, que los plazos fatales debieran empezar a correr a partir de que ya existen las comisiones capaces de generar los dictámenes necesarios para la deliberación y votación del pleno.
Pero más allá de las reflexiones que habrá que hacer en torno a las formas del debut de la figura de la iniciativa preferente, el otro asunto desconcertante es el debate en torno al “fondo” de la reforma laboral. Por mucho tiempo se ha dicho que la legislación laboral vigente constituye un freno para el sano desarrollo económico, y en ese sentido se ha catalogado a la laboral como una de las reformas estructurales pendientes, sin embargo hasta ahora no he advertido que el centro del debate sea en torno a las profundas transformaciones que la reforma generará en el mercado laboral.
Más bien parece que estamos ante la actualización de viejos e insanos paradigmas. Los términos de una reforma laboral de fondo esperarán mejor ocasión; la posibilidad de poner sobre la mesa los alegatos programáticos más acabados en torno al mundo laboral no es ésta. Tampoco es ésta la posibilidad de medir las virtudes de la iniciativa preferente. Lástima. Ojalá este pasaje sea recordado como una mala broma.
*Consultor, presidente de Concertar
