Elecciones y dilemas éticos

Esta es la última entrega antes de que se conozcan los resultados de las elecciones del primero de julio. El recuento es inevitable. Las campañas han transcurrido en un contexto inédito, no sólo por la legislación que las norma, sino por las mediciones de opinión ...

Esta es la última entrega antes de que se conozcan los resultados de las elecciones del primero de julio. El recuento es inevitable. Las campañas han transcurrido en un contexto inédito, no sólo por la legislación que las norma, sino por las mediciones de opinión pública que las acompañan.

La mayoría de las encuestas han establecido una coincidencia sobre el nivel de las preferencias y el lugar que ocupa cada uno de los contendientes. Se han registrado ejercicios disonantes, que sin duda van a enriquecer el debate sobre la fiabilidad y rigor de las encuestas, pero me parece que, más allá del destino de los diversos ejercicios demoscópicos, lo que hay que destacar es qué nos espera la noche del primero de julio. Y eso no tiene que ver con la confiabilidad de las encuestas, sino con el grado de compromiso de los actores políticos con las instituciones y reglas que ellos mismos se dieron.

Es decir, si hoy las encuestas perfilan a un ganador, hay dos cosas que se pueden discutir: si las encuestas están bien hechas, y si el resultado electoral (en el caso que coincida con las encuestas) va a ser aceptado. La primera discusión puede ser intrascendente para el país, aunque muy relevante para el prestigio profesional que las diversas casas encuestadoras apuestan, sin embargo, la segunda será central. Hoy la aceptabilidad de los resultados es absolutamente vital.

Ya se ha escrito sobre la imposibilidad del fraude electoral, y sin embargo los mitos emergen con una vitalidad envidiable. No se ofrecen pruebas, se corren especies. Pero tras la difusión de los fantasmas del fraude parece correr una veta que no sólo se alimenta de la ignorancia de la ley y sus potencialidades, sino de una visión según la cual estamos frente a un dilema ético más que ante unos comicios. Pareciera éticamente imposible que gane Peña Nieto. Su triunfo no sería producto de los votos, sino de una imposición. No existen ciudadanos libres que puedan votar por el PRI.

Esta ominosa manera de ver las cosas hace prácticamente imposible el reconocimiento de los resultados y ciertamente no suscribe los más elementales principios de la convivencia democrática: los que no piensan igual que yo son iguales a mí, pretender ostentar superioridad moral es discriminación; pero además, desde la igualdad, los otros eventualmente pueden ser mayoría.

La distancia a estos principios elementales hace que siempre exista una doble vara: si mi candidato ataca, está denunciando, contrastando, despertando conciencias; si es atacado es producto de la guerra sucia, las campañas negras, las mentiras; los acarreos de el de enfrente son apoyos logísticos del mío; la única manera de solventar la causa de mis adversarios es mediante las dádivas, la mía se sustenta en las aportaciones de los ciudadanos libres, etcétera.

Mientras esa sea la visión, lo único que se está haciendo es abonar en la existencia de un México que es distinto a los otros. Por tanto, si el México verdadero no elige al candidato verdadero, todo lo demás será simulación, fraude, imposición.

Hay que recordar que las elecciones no sirven para dirimir debates morales, sólo sirven para tomarle el pulso a los ciudadanos, a los iguales, y saber quiénes de los candidatos tienen las mayores preferencias.

                *Consultor, presidente de Concertar

Síguenos en Twitter @Excelsior_Mex

No te pierdas: Las más leídas

Y TODOS LOS ESPECIALES 

Temas: