El evangelio según el Quijote

Mientras él hablaba, no podía evitar transportarme 20 años atrás

La conferencia fue todo un éxito. En cuanto terminó de hablar, 400 personas nos levantamos como una, y el aplauso —verdadera ovación—, duró casi cinco minutos, con todo el público de pie. Las filas de la gente que querían saludarlo, tomarse una foto, darle un abrazo, pedirle que les firmara un libro, eran inmensas, y estuvo más de una hora siempre con una sonrisa o un comentario agudo para todo el mundo.

Era, sin lugar a dudas, un escenario particular. La vieja iglesia luterana de Ámsterdam, de Oude Lutherse Kerk, fundada en 1633, a pesar de ser usada entre semana como el Aula de la Universiteit van Amsterdam, no dejaba de ser un lugar extrañamente simbólico para que un escritor subiera al púlpito y se dirigiera a una multitud ávida de conocimiento, hablándoles sobre el rol del Quijote en la literatura universal. De alguna manera, era como presenciar a un predicador cuyo mensaje fuera el Evangelio según San Alonso-Quijano. La gente lo miró, arrobada, durante poco más de una hora, entre maravillada y temerosa de que aquel anciano fuera a bajar, tomar su caballo, y emprenderla contra sus amados molinos de viento.

Al final, tras las firmas, la salida fue discreta. Todos nos despedimos, pero noté una seña de la amiga que nos había invitado. –Ustedes no se van. Vienen a cenar con nosotros. ¿Qué te parece?

Salimos de la sala, nos seguimos despidiendo de la gente y, ya con las indicaciones del lugar al que nos dirigíamos, fuimos a poner monedas en el parquímetro de nuestro coche. Era una noche fría, y la calle estaba tranquila. Esa zona de Ámsterdam comienza a llenarse de gente alrededor de medianoche, de turistas trasnochados y estudiantes buscando la siguiente cerveza. Nog een biertje, alstublieft. Caminamos, pues, por la calle desierta, emocionados y a la expectativa de lo que prometía ser una noche interesantísima.

Llegamos al restaurante, tomaron nuestros abrigos, y en cuanto dijimos con quién íbamos nos dirigieron a la planta alta, misma que estaba vacía excepto por una mesa para diez personas.

Comimos y bebimos. El lugar merecía la pena, estudiamos el menú exhaustivamente, y la selección de platos fue extraordinaria. Arroz con mejillones en salsa de sepia, coquilles a la parrilla, y lo que pude pellizcar del plato de mi mujer, como siempre. Él pidió lo mismo y probó de todos los platos, sin privarse además de un postre que se veía brutal, lleno de frutas y helado. Tuve la fortuna de sentarme enfrente suyo y, así, hablamos de política, de historia, de religión, de su cena hacía unos cuantos días con un ex presidente y de su pelea con un secretario de Estado. Tomaba posturas, explicaba la propia, la de sus adversarios, y sacaba conclusiones profundas en meros instantes. En un momento determinado, se puso a recordar sus tiempos en París, y nos dijo cómo el Himno Nacional Mexicano era perfectamente compatible con la Marsellesa. Lo soltó al azar, no sé si esperando que alguien le hiciera la pregunta obligada de en qué sentido, pero yo no me pude resistir y mordí el anzuelo. -¿Cómo que son compatibles? Entonces se levantó y se puso a cantar, completa, la Marsellesa con la tonada de nuestro himno. En cuanto terminó, hizo lo propio con el Himno Nacional. Yo lo miraba, como los demás, entre maravillado y doblado de la risa, aplaudiendo. Después se puso a contar indiscreciones de personajes que yo conocía solamente por libros y revistas, anécdotas picantes, pero siempre muy cuidadoso de no incomodar a su esposa.

Ella lo miraba, todo el tiempo, con adoración. Una mujer encantadora, guapa, guapísima, con una figura de veinteañera y un extraordinario sentido del humor. Eran deliciosos de cualquier manera, el alma de la fiesta, de cualquier fiesta, naturalmente.

Mientras él hablaba, no podía evitar transportarme 20 años atrás, cuando leí su primer libro. Una edición vieja, de bolsillo, manoseada y encontrada en la casa paterna. Recordaba pasajes, situaciones, personajes, pero nada era tan vívido como el prólogo mismo del libraco. En él, se contaba la revolución que había armado cuando llega a México, en los años cuarenta. Todas las madres querían que saliera con sus hijas; tenía siempre el comentario apropiado; era el más culto, educado, y quien más sabía y más había estudiado sobre México. Incluso en aquella época, la época gloriosa de los grandes salones de baile en la Ciudad de México, no podía soportar no ser el mejor bailarín, y lo era. Ahí había comenzado mi culto personal por el autor, pero también por el personaje. En un momento determinado, tuve que contarle la historia y, mientras bebía de su Martini, levantó una ceja y volteó a ver a su mujer, quien se moría de la risa. Aparentemente no sabía bailar, y ese prólogo, precisamente, lo había escrito ella. Había aterrizado, sin querer, en un chiste privado.

Era muy tarde cuando salimos del restaurante. Para entonces, además de admirarlo, ya lo quería entrañablemente. Los queríamos a los dos, para no ser injusto. Nos despedimos con un abrazo; yo estaba un poco borracho, muy emocionado, y Patricia también. El mesero me pasó, junto con mi sombrero, un abrigo que me puse y sentí inmediatamente apretado. Cuando nos dimos cuenta de la confusión, me lo quité y lo devolví. Me hubiera convenido el cambio. Era de buena marca, y, además, no cualquiera le roba un abrigo a Carlos Fuentes.

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