La monarquía, costosa y caduca
Juan Carlos I, particularmente, ha sido figura carismática, agradable, estimada y respetada.
Una de las preponderantes formas de gobierno que incluso llegó a conjugar el poder religioso con el político ha sido la monarquía. Las más antiguas monarquías se remontan a Egipto y Mesopotamia. La monarquía romana fue la primera forma política de gobierno, los reyes eran elegidos para gobernar de forma vitalicia, éstos eran cabeza de religión, jefe del Ejecutivo, autoridad militar y judicial, pero primordialmente mediadores ante los dioses.
Las monarquías absolutas se han ido transformando en constitucionales, el monarca ostenta la jefatura de Estado, manteniendo un papel de moderador o árbitro en conflictos políticos del gobierno. De las 38 monarquías que hoy prevalecen, diez de ellas se ubican en el continente europeo. Naturalmente, para México la monarquía española reviste singular importancia, nos unen indisolubles vínculos históricos y afectivos, pero sobre todo, un lenguaje común.
Juan Carlos I, particularmente, ha sido figura carismática, agradable, estimada y respetada. La presencia del rey en las Cumbres Iberoamericanas resulta determinante en las relaciones de países de nuestro hemisferio con España. Probablemente el momento estelar del reinado de don Juan Carlos ocurrió en febrero 1981, cuando el teniente coronel Antonio Tejero, por parte de la Guardia Civil, intentó un golpe de Estado y el rey, con firmeza, en cobertura televisiva, desautorizó dicho intento, imponiendo y dejando precedente de su autoridad.
Tras el reinado de Alfonso XIII, abuelo de Juan Carlos I, en 1931, fue interrumpida la monarquía española, restableciéndose en 1975 luego de la muerte de Francisco Franco —“Caudillo de España por la gracia de Dios”— debiendo jurar el flamante rey las Leyes Fundamentales del Reino y los Principios del Movimiento Nacional, es decir, el ideario franquista. El rey supo sacudirse el yugo franquista promoviendo el referéndum para la reforma política, iniciando la transición española hacia la democracia. Desde entonces han sido democráticamente elegidos ocho presidentes de gobierno, cuya impecable convivencia y armonía con el monarca han sido notables.
Sin embargo, en los últimos tiempos se han ido evidenciando sucesos privados de la familia real, excesos y desviaciones —como en todas las monarquías— que han hecho reflexionar a la opinión pública sobre la obsolescencia de la monarquía.
En la memoria colectiva se aloja el recuerdo del infortunado episodio, cuando accidentalmente a Juan Carlos de Borbón, de 18 años, se le disparó un revólver, dando muerte a su hermano menor, Alfonso. Aun así, la inclinación por el contacto con armas parece no haber menguado en los hábitos del rey, quien en 1994 fue acusado por autoridades rusas de haber cazado un oso drogado durante una cacería en Rumania. Derivado de un accidente que dos semanas atrás le causó a don Juan Carlos fractura de cadera en una cacería de elefantes en Botsuana, África, se enteró el pueblo español de que sigilosamente su monarca se ausentó del país en momentos cruciales en que la recesiva economía hace agua, el desempleo histórico alcanza 23% y en que por coincidencia Argentina les arrebata Repsol en plena convalecencia monárquica.
Se intensifica el debate sobre la permanencia de las monarquías, institución costosa y caduca en la que los herederos nacen para reinar, independientemente de sus aptitudes. Las apariciones de sus majestades por lo general son para realzar actos de relumbrón. Al menos, es imperioso racionalizar los estipendios asignados a las distintas familias reales, ya que apretarse el cinturón no debe ser limitativo a los plebeyos.
*Analista
