El Doctor Nintendo
Semana fúnebre. Como corresponde a la que precede al suplicio y ejecución del ungido. Aunque los veraneantes que abarrotan las playas no parezcan tenerlo demasiado en cuenta. Pero no faltaron quienes quisieron honrar la Semana Mayor con todas las de la ley, muriendo a su ...
Semana fúnebre. Como corresponde a la que precede al suplicio y ejecución del ungido. Aunque los veraneantes que abarrotan las playas no parezcan tenerlo demasiado en cuenta. Pero no faltaron quienes quisieron honrar la Semana Mayor con todas las de la ley, muriendo a su vez. Permítame evocarlos en el orden en el que fueron dejando este mundo. Dejándonos.
Hace seis días, el miércoles de la semana pasada, murió Marcelo Pacanins. Días antes, con una tranquilidad asombrosa, que no pretendía impresionar a nadie, anunció su propia muerte. “Ya no tengo tiempo —dijo—, me quedan quince días”. No pudo no recordarme a la Amaranta de Cien Años de Soledad, la hermana de Úrsula, que también predice su propia muerte, que bordó su propia mortaja y que, cuando el padre viene a darle la extremaunción, tuvo que esperar a que la moribunda saliera del baño”.
Marcelo fue, y en la memoria y el corazón de todos los que lo supimos y quisimos, un hombre de verdad, como lo define y retrata Boris Polevoi.
Hoy no quiero volver a detenerme en la figura de Pacanins. Como lo acabo de decir, hace apenas unos días hablé largamente de él. Si usted, emotivo lector, quiere saber más de este auténtico y enigmático personaje, no deje de escuchar, a partir de las 10 de la noche de hoy martes, en el 860 de AM, el homenaje que se rendirá a través de Radiounam. Lo evocarán varios de sus amigos —y amigas— más cercanos. Y escucharemos la música que le endulzó la existencia y la agonía.
Hay otra muerte de las que marcaron estos siete días, de martes a martes. El viernes fallece el doctor Jorge Carpizo Mac Gregor, a consecuencia de complicaciones surgidas a partir de la cirugía a la que se sometió para cerrar una hernia de la que hace tiempo padecía.
A los que estamos en vísperas se sufrir una operación supuestamente similar, el episodio no nos hizo ninguna gracia.
Si hay algún hombre que represente esa época, más compleja que convulsa, que debió atravesar nuestro país en la segunda mitad de la década de los ochenta y la primera de los noventa, ese hombre se llamó Jorge y se apellidó Carpizo. Debió navegar la crisis, con mayúscula, la Crisis, la madre de todas la crisis a bordo de toda suerte de bajeles. Fíjese y fájese. Si es usted de aquellos que tienen cinturón de seguridad en los sillones de su casa, abrócheselo.
Desde 1985 y hasta 1994 fue sucesivamente rector de la UNAM, ministro numerario de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, presidente fundador de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, procurador general de la República, secretario de Gobernación y embajador de México en Francia.
Poca cosa. No voy a intentar describir todos los avatares, todos los escollos que el doctor Carpizo tuvo que atravesar en su aventurada travesía. Sería imposible. Y conste que a las connotaciones que enumero existieron otras que acabaron de complicar la vida de Carpizo, y que escojo no mencionar.
Pero es imposible pasar por alto el gran movimiento estudiantil que, como rector, debió enfrentar. Ha sido la más brillante y masiva movilización de estudiantes que sacudió al alma máter, después del 68, digamos. Y lo hizo con una dignidad y oficio realmente sobresalientes. Lo digo ahora cuando sé que él no podrá saber que lo digo.
No sólo concedió el mítico diálogo público entre los brillantes y alebrestados dirigentes estudiantiles, sino que aceptó el pase automático y la supresión de las cuotas. Aquí es importante dejar claro —si no lo hago en este marco, después será difícil— que Carpizo no es comparable a Barros Sierra por varias razones, pero la principal consiste en que el movimiento del 68 se levantó contra el gobierno federal, con la neutralidad, cuando no el apoyo franco, del rector. Mientras que el del 78 lo hizo precisamente contra la Rectoría y el Consejo Universitario. Y fue el doctor Carpizo quien debió y supo soportar la andanada.
El segundo episodio que no quiero esquivar, como no lo quiso él, fue el asesinato del cardenal Posadas Ocampo en el aeropuerto de Guadalajara. Imposible no recordar el escándalo ingente, a escala mundial, que el hecho levantó.
En ese momento Carpizo era precisamente el procurador general de la República. Y se entabló un debate terrible, que iba mucho más allá de un simple crimen. La Procuraduría de Jalisco y dos obispos de aquella entidad sostuvieron que Posadas había sido víctima de un atentado dirigido contra él.
Frente a ellos la PGR, con Carpizo al frente, defendió la tesis de que el purpurado había fallecido al encontrarse en medio del fuego cruzado entre el cártel del Chapo Guzmán y el de los Arellano Félix. Estos últimos incluso llegaron a la Nunciatura a “confesarse” con monseñor Girolamo Prigione. Pero el “secreto de confesión” le impidió revelar lo dicho por los hermanos.
Era 1993. El pródromo del cataclismo que se venía encima. Las cosas se tensaron de tal manera que el doctor Carpizo apareció en los noticieros de televisión con una pizarrita electrónica en la que se veían los distintos coches que habían participado en los hechos, con lucecitas de colores, y que el doctor Carpizo hacía mover mientras relataba su versión de los hechos.
A partir de ese día no fueron pocos los que lo rebautizaron como El Doctor Nintendo.
*Matemático
