El perfil del pequeño empresario (XXV aniversario)
- El 27 de octubre de 1986 debutó esta columna en las páginas de Excélsior.

Salo Grabinsky
Del verbo emprender
A mis padres, a Gina, a mis hijos
“Algún sabio decía que el crear una idea era diez por ciento inspiración y noventa por ciento transpiración. Conozco a un hombre, al que llamaremos don Paco, que hace treinta años aproximadamente, empezó a vender jugos de fruta en un puesto ambulante, de esos que abundan en esta ciudad.”
El 27 de octubre de 1986, así empezó la columna Del Verbo Emprender en este gran diario que es Excélsior. A partir de esa fecha mi vida dio un cambio fundamental y permanente, de lo cual estoy muy agradecido. Inicialmente se iban a publicar unos 15 capítulos de mi libro de ese nombre, pero después sencillamente seguí escribiendo y Excélsior me siguió aceptando, hasta la fecha, 25 años después.
Mi vida ha cambiado, de ser un empresario mediano y emprendedor en la turbulenta década de los ochenta, hiperinflacionaria, con constantes devaluaciones y desconcierto, a estas fechas, donde privan otros problemas, pero de igual importancia para los emprendedores.
Desde hace décadas me concentré en estudiar, entender y apoyar a los emprendedores, hombres y mujeres de todas las edades y clases sociales y de una variedad de giros. Me precio de ser padrino de varios programas para emprendedores en múltiples universidades y sistemas educativos y que a través de los artículos y posteriormente mis libros como El emprendedor, Ideas para pequeñas empresas y Mi tienda hayan sido editados por la UNAM y varios estados de la República, así como editoriales en Sudamérica.
Al empezar a tratar con pequeños negocios y emprendedores, me encontré con un fenómeno que, como revelación ha definido nuestras actividades: casi todas las empresas de este país, desde micro hasta grandes emporios globales, son propiedad de una o varias familias que las manejan de acuerdo con sus objetivos y necesidades personales, con lo cual han creado un enorme número de empleos permanentes y, de paso, han generado estabilidad en sus comunidades, apoyándolas de múltiples formas y creando riqueza y patrimonio para los dueños, sus empleados y las regiones donde trabajan. Me refiero naturalmente a las empresas familiares que ustedes saben, amables lectores, han sido objeto de cientos de artículos de Del Verbo Emprender, de libros tales como La empresa familiar, publicado por Nacional Financiera, y en varias ediciones en México y Sudamérica y otros títulos más, conforme he estado aprendiendo y apoyando a estas compañías.
Al principio, a fines de los ochenta, cuando escribía sobre las empresas familiares, algunos académicos, funcionarios y ejecutivos las consideraban con cierto desprecio y condescendencia, considerando que por ser familiares eran pequeñas, informales, desorganizadas y no dignas de prestarles atención porque no llegaban a sobrevivir. Me cansé de explicarles que grandes empresas como Walmart, Ford, Toyota, Bimbo o Cemex son negocios de estructura familiar, pero manejados profesionalmente y con reglas y estructuras. Del Verbo Emprender ha sido el vehículo para posicionar a la empresa familiar como la base del desarrollo de nuestro país.
Les agradezco a Excélsior, a las personas como Juan José Kochen y otros que me impulsaron a escribir, y sobre todo a ustedes, amigos lectores, cuyos comentarios han sido base para este gran proyecto. También a mi familia, amigos y asesorados por su apoyo.
Gracias a todos y Dios mediante, continuaremos con Del Verbo Emprender.