La arquitectura de Borges

Pues si hay un laberinto, existe o existió un arquitecto que lo diseñó.

No es casual el uso reiterado en la obra de Jorge Luis Borges de la arquitectura como marco o aun como protagonista de toda la trama del relato. Leyendo algunas de las detalladas descripciones de sus arquitecturas se tiene la misma sensación que trató, por otros medios, de comunicar Piranesi en sus famosos grabados Carceri.

Es evidente que Borges describió lo que no tiene fin: laberintos, cárceles, bibliotecas o construcciones que por su arquitectura incluyen y son incluidas en un universo caótico. El minucioso recuento de su configuración obedece a la necesidad de nombrarlo o construirlo para poder comprenderlo y, eventualmente, descifrarlo; para saber la razón de su existencia y del que lo recorre, que es Borges y cada uno de nosotros.

Este universo-laberinto es infinito y también es una cárcel. De la misma manera que todo lugar, por pequeño que sea, y que no tiene salida, se hace infinito. Borges aprovechó los recursos del espacio para extenderlos al límite; se refleja en espejos, se agranda en laberintos, o se reduce en cárceles. La inclusión del lector le da otra dimensión a ese universo: el tiempo. El recorrido que planteó en su arquitectura es el del tiempo recurrente; es principio y fin. Se regresa sin haber caminado y se camina sin regreso.

Borges, director de la biblioteca nacional en Argentina, planteó en La biblioteca de Babel el perfecto universo estático e inmutable. Sus habitantes lo recorren con la resignada aceptación de un prisionero. La reducción al absurdo que planteó se produce aquí con los elementos arquitectónicos mínimos: un universo-colmena cuyo principio y fin se confunden en un tiempo cíclico e infernal. Para salir de él sólo queda la muerte; el vacío de los pozos centrales de cada galería. Ciudades, laberintos, espejos, jardines, universos simétricos y cárceles son recorridos por hombres solitarios durante un tiempo sin principio ni final; una arquitectura soñada con habitantes que sueñan y son soñados.

A diferencia de Dante, que recreó el cielo y el infierno, Borges propuso en la mayoría de sus alegorías arquitectónicas un universo inexplicable que el lector no alcanza a comprender. Esta visión está más cercana a la de Kafka —con su burocracia asfixiante— que actúa en un mundo de pesadilla en el que las relaciones humanas son meros accidentes.

Pero, a diferencia de él, Borges y sus lectores están solos en la vastedad de este mundo, cuya perversidad no se puede descifrar completamente. Sin embargo, buscó una y otra vez la explicación de este enigmático universo; en la piel del tigre, en la cábala o en los libros que hablan de otros libros. Pues si hay un laberinto, existe o existió un arquitecto que lo diseñó.

A la necesidad de construir otra realidad, Borges agregó la necesidad de recorrerla y, quizá, de explicarla. Esta posibilidad es llevada al límite en El Aleph: el espacio que es todos los espacios, el tiempo que es todo el tiempo y cuya explicación desafía tanto al tiempo como al espacio. Solitario en su mundo semi-iluminado describió esta otra realidad cuya arquitectura detalla con precisión de verdadero experto. Otro universo posible, otra realidad y otro hombre. Entre varios significados posibles, Borges intentó contribuir al nacimiento de ese nuevo hombre por medio de sus escritos, cuyo objetivo fue liberarnos del condicionamiento de lo conocido y aceptado, para abrirnos a las infinitas posibilidades de lo que asumimos como real.

Temas: