La cáscara que cubre al tacón
La primera vez que nos enamoramos ni lo vemos venir, vamos ciegas. Con el pasar de los años una cáscara empieza a crecer...
Con el pasar de los años una cáscara empieza a crecer alrededor del corazón femenino, una cáscara que pareciera ablandarse algunas veces y que se regenera con más fuerza cuando la ablandan y después, ¡tómala!, nos la aplican por centésima vez.
No podemos negar que las mujeres, por más resistentes que seamos a los golpes, somos unas románticas empedernidas que no dejamos de buscar continuamente enamorarnos y ser felices como lo dicen el 99.99% de los cuentos que nos leyeron (engañosamente) cuando éramos pequeñas. Entonces así vamos por la vida, besando a una cantidad de sapos espeluznantes que pareciera se metamorfosearían en príncipes pero, a la hora de la verdad, se quedan en un entre-camino al batracio que los hace más babosos aún.
Decepción tras decepción empezamos a desconfiar, cuando nos vemos envueltas en la misma historia de siempre y a la hora de la hora volvemos a darnos contra aquel muro del que tanto hablo. El muro (para las nuevas en este espacio, bienvenidas por ahí derecho): el muro es un lugar al que incurrimos cada descalabro amoroso, la primera vez que nos enamoramos ni lo vemos venir, vamos ciegas por la vida y de repente ¡pum!, ¡paz!, ¡cuaz!, nos estampamos contra un muro gigantesco de concreto que nos lesiona la cabeza, nos deja con dos que tres dientes estrellados y el corazón en casi pérdida total.
Ese bendito muro al que le agarramos miedo, y por el cual vamos creciendo, esa cascarita que con los años y las revolcadas rompe madres se va engrosando hasta volverse una armadura épica difícil de atravesar.
Justo ahí es cuando damos con un buen chico que es el que tendrá que liberarnos de esa cáscara aparentemente inquebrantable. Un buen chico que tendrá que pelear con nuestros dragones internos y monstruos oscuros que hemos contratado para salvaguardar a nuestro corazón que descansa en una torre alta. Y así llega un caballero valiente, capaz de vencer a cuanto animal mitológico ponemos a cuidar la llave que celosamente esconde nuestro amor verdadero.
Seguramente los Cirilos voyeuristas que visitan este espacio pensarán y recordarán a muchas mujeres con diferentes tipos de cáscaras, algunas más gruesas que otras, que al fin y al cabo los hacen utilizar sus mejores armas para poder romperlas y lograr que su Cirila guarde las uñas.
Todas hemos pasado por los cuernos, por las frases prehechas como “no eres tú, soy yo”, o la esposa escondida, o un te amo seguido por: ya no sé qué siento por ti o el que simplemente hizo ¡PUFF! y nunca más volvimos a saber de él, entre otros atropellos instantáneos que nos hacen ser desconfiadas y no creer del todo en lo que Cupido pareciera poner en charola de plata. Comenzamos a mirar con cautela y cuando nos vuelven a decir te amo’s nos preguntamos si será verdad o es una experiencia más que nos dejará con un nuevo guardia en la puerta de la torre.
La cáscara crece y crece, las dolencias cada vez son más fáciles de enfrentar, porque la verdad sea dicha: esa cáscara sirve para no volver a sufrir como la primera vez que nos estampamos contra el muro, por lo menos ya ponemos las manos, y aunque nos agarre de sorpresa, ya vamos con guarda en la boca por aquello de las pérdidas dentales. Nos levantamos más rápido y la incredulidad sube dos que tres escalones que le tocan fletarse al siguiente Cirilo de nuestra vida.
Solamente habrá un Cirilo que logre profanar esa cáscara, uno que sepa cómo hacerle para aflojarnos las bisagras (no sean mal pensados) y podamos otra vez volver a creer en el amor, sin sapos, sin príncipes, solamente pura realidad.
@AlasdeOrquidea
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