El placer de recolectar detalles
Hoy he elegido el sendero de la cuesta porque es largo. El lodo se hunde bajo mis botas...
Entre las últimas brumas del sueño se me cuelan las ganas de recolectar. Sucede siempre que necesito novedad, que necesito refrescarme el cotidiano. Así pues, instalada en este gran placer, recolecto a ojos cerrados los residuos casi traslúcidos de mis últimos sueños. Entre bostezos trazo el camino de mi búsqueda. Antes de salir debo asear la mirada, afinarme el oído, quedar a flor de piel… Reviso el equipo de caza con meticulosidad, no quiero olvidar nada. Preparo un té y lo bebo serena para no irme con el estómago vacío. Tomo el bolso, inserto audífonos en las orejas, enciendo mi aparato de música, sin ella sería incapaz de aguzar la mirada, de meterla en los más íntimos pliegues, de ampliarla al infinito y luego enfocar en una minucia…
Hoy he elegido el sendero de la cuesta porque es largo. El lodo se hunde bajo mis botas y recibo su abrazo húmedo de temporada de lluvias. Se maravilla, el abrazo, con los acordes del violín que escapan a través mis audífonos: acordes que delinean un río en medio del bosque intacto… Tomo la hebra de la melodía y el abrazo, juntos los enrollo con cuidado y los guardo en la mochila. En seguida comienzo a idear un proyecto que complementará los acordes: escribiré una historia verde, una historia con olor a pinos gigantes, con aullidos de lobo, con helechos y caricias acuosas… Tomo notas mentales, sigo caminando la cuesta pero estoy lejos. Siempre pasa lo mismo, extraviada en ensueños es tan difícil retomar el camino…
Más adelante, al lado de la vereda, vislumbro un pedazo de baldosa de las antiguas; aquí en el pueblo encuentro de cuando en cuando. La recojo y, limpiándola, descubro que alguna vez fue blanca, con una florecita roja, con dibujos intrincados en amarillo y verde que apenas se distinguen. Me pregunto cuánto habrá visto este trozo de polvo cocido: es perfecto para mi colección de azulejos y baldosas, en algún momento los usaré para decorar la mesa de jardín.
Sigo avanzando y… ahí está de nuevo, silenciosa, escurridiza; ansiada: la sombra de un ave se asolea sobre la fachada; si logro atraparla, el día habrá valido su peso en oro. Hace meses que busco una. Debo ser cuidadosa y no asustarla; saco mi caña de pescar y le coloco un anzuelo suave, sutil. Tengo que ser rápida, caliento la muñeca y le pido al cielo que esta vez no me falle la puntería… Disparo, el hilo zumba en el aire… lo sigo con la mirada… aterriza sobre la sombra del cable donde reposa el ave. Contengo el aliento, temo que el pájaro vuele, pero no. Entonces jalo despacio; la sombra va desprendiéndose poco a poco de la pared… Ya en mis manos, desengancho el anzuelo y compruebo que no la ha dañado. ¡La tengo! El corazón se me acelera. Estoy impaciente por llegar a casa, voy a pegarla en la pared de mi sala.
No estoy ni a mitad de camino, claro que con este tesoro si no encuentro nada más, no importa. Decido seguir, al final me aguarda un cafecito… Echo a andar de nuevo, estoy tan emocionada que me cuesta concentrarme; busco alguna melodía para aterrizar… Luego de varias, doy con una que me pega los ojos al piso: barro calle, banquetas. Cada vez estoy más cerca del café y nada…
A pocos metros del restaurante, flota delante de mí una pequeñísima pluma blanca, la cacho en el aire, saco uno de mis frasquitos y la meto ahí para que no pierda el cielo recorrido. Aunque es chiquita, debe ser sabia, cualquiera que haya surcado el firmamento, de un modo u otro es más sabio. La pondré con las otras muchas que he ido colectando y un día tal vez, me haga unas alas. Pido un americano: con un chorrito de leche, le recuerdo al mesero; éste me roza el hombro con una mirada mezcla de aburrimiento y desprecio; como ando a flor de piel, se me incrusta. Dolorida, saco mis pinzas; rabiosa y ofendida, extirpo su desprecio. Lo enfrasco, de algo servirá, todo sirve.
Vuelvo a la par del atardecer, sobre la mesa de la cocina esparzo mis hallazgos, para luego guardarlos con los demás. Sé que muchos de ellos permanecerán inertes largo tiempo, así ha sucedido durante años. Lo sabroso es que un día llega la circunstancia, la idea perfecta, entonces abro frascos, rasgo bolsas, esculco cajas y me zambullo en el exquisito placer de crear.
