El candidato

Hoy los padrones de los partidos políticos no son confiables o reflejan números verdaderamente mínimos frente al total del electorado.

El número real de los militantes reales de los partidos políticos mexicanos es una de las cifras más desconfiables de las que pueden existir. No es un problema de la llamada transición a la democracia. Siempre ha sido así.

Apenas hace 35 años, en la época dorada del priato, la inmensa mayoría de los mexicanos eran considerados miembros del PRI: cualquiera que trabajara en el gobierno federal, en los de los estados o en los de los municipios, el Congreso, la Corte, eran considerados automáticamente votos para el PRI.

Quienes trabajaban en empresas privadas tampoco se escapaban: a través de sus sindicato eran militantes de la CTM y, por lo tanto, del PRI, e igual sucedía con las organizaciones campesinales y populares, mediante la CNC y la CNOP.

Sí, se permitían algunas disidencias: los partidos Popular Socialista (PPS) y Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM) porque se necesitan votos para justificarse, pero siempre y cuando postularan al candidato presidencial priista.

Los demás eran prácticamente traidores a la patria y, entonces, no era fácil mostrarse públicamente.

Los panistas en, el mejor de los casos, eran “hijos de Maximiliano”; la izquierda no existía oficialmente (PCM y PMT) y era casi clandestina, “patrocinada por el oro de Moscú”, ni modo que tuvieran un padrón de militantes; hubiese sido una lista para la represión.

Hoy por diversas razones, los padrones de los partidos políticos no son confiables o reflejan números verdaderamente mínimos frente al total del electorado.

Un ejemplo totalmente actual este fin de semana: el padrón del PAN con el que se eligirá a su candidato presidencial tiene registrados, en números redondos, alrededor de un millón 700 mil, entre militantes y adherentes, que son apenas el 2.12% del total de los poco más de 80 millones de mexicanos que estarán en la Lista Nominal de Electores para los comicios de 2012.

Esos militantes y adherentes panistas concentrados todos en el Estado de México hubieran sido insuficientes para que su partido ganara las recientes elecciones para gobernador. Todos los demás partidos andan en las mismas.

En México, como en muchas partes del mundo, en general los electores no votan por plataformas ideológicas o por programas de gobierno; votan por partidos y candidatos.

Hoy, ante el desprestigio de los primeros, la atracción es la que puede generar el candidato. En el México del siglo XX, el candidato del PRI era El Candidato. No había otro, en realidad.

Además, hoy en el país, como en otros, las elecciones no se deciden por el llamado “voto duro” de los partidos, sino con el sufragio de los indecisos o de aquellos que van a votar porque, en México, creen todavía que de no hacerlo, podrían tener problemas en su vida cotidiana con los servicios que ofrece el gobierno.

Este grupo de electores, la mayoría que decide, difícilmente se acerca a las propuestas y lo hacen por la imagen del partido (su desprestigio) o del candidato (casi por simpatía o antipatía). Ni modo, así es.

A un año de la elección presidencial, el PRI apuesta a la imagen de Enrique Peña Nieto; el PRD cree que la imagen de Andrés Manuel López Obrador ya no alcanza para competir, menos para ganar y no logra definirse por Marcelo Ebrard; el PT y Convergencia ya decidieron que López Obrador sea su candidato, y el PAN… tiene siete precandidatos.

No habrá más.

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