Los ciudadanos

Desde los sismos de 1985, cuando salieron a la calle a ayudar a sus vecinos de forma espontánea por solidaridad, han tenido un papel revolucionario y transformador. Fueron ellos los que hicieron posible la reforma política y con ello lograrse la alternancia del poder en el Distrito Federal desde 1997.

Las iniciativas de los ciudadanos son las que, en momentos coyunturales, han transformado cuantitativa y cualitativamente el curso de la historia contemporánea en la Ciudad de México y en el resto del país.

Desde los sismos de 1985, cuando salieron a la calle a ayudar a sus vecinos de forma espontánea por solidaridad, han tenido un papel revolucionario y transformador. Fueron ellos los que hicieron posible la reforma política y con ello lograrse la alternancia del poder en el Distrito Federal desde 1997 (a nivel federal en 2000). No importaba que el Partido Revolucionario Institucional tuviera una estructura fuerte, experiencia de gobierno y un sistema clientelar establecido desde las jefaturas de manzana y las presidencias de colonia, los ciudadanos decidieron que era hora del cambio.

La consecuencia de ello fue una ciudad con mejores servicios, una en donde el gobernante ya le tenía que rendir cuentas de forma directa a los ciudadanos. También se dieron las elecciones de jefes delegacionales en el año 2000, así la competencia era mayor y el Partido de la Revolución Democrática se fortaleció con el triunfo en la mayoría de las demarcaciones y la ratificación de la Jefatura de Gobierno.

El Partido de Acción Nacional logró el triunfo, desde ese tiempo, en las dos demarcaciones tradicionalmente de mayor participación ciudadana: Benito Juárez y Miguel Hidalgo.

Pero las permanencias largas de los gobiernos emanados de un solo partido de forma hegemónica corrompen las posibilidades de seguir transformando para beneficio de las mayorías. Eso lo hemos ido aprendiendo al experimentar las alternancias de gobierno. Primero, llegan los que quieren cambiar el mundo y mejorar las cosas pero, luego, se van acostumbrando a un “estado de confort” que los obliga a  transformar la lucha social en una lucha por mantener los cargos públicos o, peor aún, son sustituidos por aquellos improvisados de la política que sólo buscan el beneficio personal.  

En la Ciudad de México, como en todo el país, se criticó el sistema clientelar y corporativo del PRI pero, cuando llegaron al poder los otros partidos, lo fortalecieron y lo han hecho ley para, supuestamente, generar el desarrollo social, como, por ejemplo, con el apoyo a la tercera edad.

No es malo apoyar a la tercera edad, lo malo es que, en la búsqueda de permanecer en el poder, los actores políticos empezaron a competir por ganar la voluntad de los diferentes sectores a partir de las becas de todo tipo: para la tercera edad, las madres solteras, las mujeres violentadas, los niños, los jóvenes con malas notas (para ayudarles a sacar buenas), los discapacitados, las microempresas, los indígenas, etcétera.

La competencia es entre el gobierno federal contra los de los estados y los municipales, y de los estatales contra los de municipio, no importa si son del mismo partido, porque eso implica que quienes controlen mayores recursos económicos y becarios, más posibilidades de ventaja tienen, no sólo contra otros partidos en la coyuntura electoral, sino  dentro de su mismo partido.

Lo mismo sucedió en la Ciudad de México, pero aquí la lucha incluyó a los diputados locales, quienes manejan recursos económicos tan grandes que hacen pensar a su actual lideresa en que será la próxima jefa de Gobierno.

Por eso, en el PRD del DF, la lucha es entre los que tienen los recursos estatales y los que tienen los recursos delegacionales pero, también, quienes tienen los recursos de la Asamblea Legislativa (por eso no es creíble la candidatura de Carlos Navarrete, aunque sea senador).

Sin embargo, el resultado de esta lucha es la necesidad de un manejo de mayores recursos que, muchas veces, no pueden obtenerse sólo de las cuotas de los militantes o del diezmo a los funcionarios públicos. Comienza a aparecer la otra cara de la lucha política, la de la necesidad de la corrupción. Corrupción que nunca será cuantificada porque el que la filma va a la cárcel y el que la denuncia, si es empresario, no tendrá obras.

Pero, entonces, afortunadamente, aparecen los ciudadanos, esos que, al no sentirse representados, deciden cambiarlo todo con su voto, esos que hoy por hoy siguen generando los cambios. Así comenzó la alternancia del poder y así es como continuará.

        *Maestra en derecho constitucional por la UNAM

            ruthzavaletas@yahoo.com

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