Ai Weiwei guarda silencio
Da uno en pensar que la disidencia ya no paga en el presente siglo
Tema toral este del arte y la disidencia. ¿Cómo saber —nadie los ha encuestado— si disentir es igualmente frecuente entre quienes están dotados para la expresión artística y quienes no, o si forma parte de la naturaleza expresiva? Con esta duda esencial, los ejemplos podrían agruparse en dos clases. Cito ejemplos: el grupo de venezolanos radicados en París y así llamados, disidentes, si se considera aquí a los que han roto con formas y estilos de expresión para proponer los suyos, o el caso tal vez de Solzhenitsyn —premio Nobel de Literatura 1970— si se piensa en alguien emblemático como disidente político. El ruso fue matemático, militar, prisionero político en la Lubyanka —cuartel general de la temible policía secreta de Stalin— desde muy joven por antiestalinista, y novelista magistral. El Nobel le permitió exiliarse en Estados Unidos hasta la caída del régimen comunista, al que se opuso siempre. Como puede verse, su disidencia —política en esencia— no correspondía al terreno del arte.
Ai Weiwei, tal vez por ello famoso hoy como ningún otro artista oriental, fue hecho prisionero por el gobierno de su país en noviembre de 2010. La detención fue reconocida por el gobierno de la República Popular China hasta abril de este año, y Weiwei fue liberado bajo fianza el pasado 22 de junio, vaya a saberse bajo qué acuerdos, porque desde entonces ha guardado absoluto silencio. Esencialmente arquitecto y escultor, ha explorado muchos otros terrenos de la plástica. Después de hacer estudios de cinematografía, fue uno de los fundadores del colectivo de artistas Xingxing (1979), individualista en oposición a la uniformidad expresiva que defendía la revolución cultural de Mao. Ante la presión del gobierno, que finalmente disuelve el movimiento, Weiwei viaja a Estados Unidos (1981). Después de 12 años en el extranjero, indispensables para familiarizarlo con las más diversas formas y corrientes del arte occidental, regresa a su país desplegando su genio, controvertido para tantos, mediante las más variadas obras en las que ostenta su globalización estética y a partir de ello su irreverencia para con el sistema político chino. La diversidad y versatilidad de su trabajo son abrumadoras, sus temas lo mismo minimalistas, con influencias dadaístas o pop, que clásicos de la milenaria cultura china. Los combina siempre con sus protestas conocidísimas: cierra el puño y extiende el dedo frente a la plaza de Tiananmen o, en dirección a la Casa Blanca en Washington, se hace una secuencia de fotos mientras deja caer al suelo un jarrón de la dinastía Han, o fotografía a su esposa levantándose la falda frente al retrato de Mao.
Nacido en Pekín en 1957, fue hijo de uno de los mejores poetas chinos del siglo XX, Ai Qing, acusado de derechista y perseguido por el régimen maoísta, desterrado y condenado a limpiar letrinas al tiempo que se le prohibía escribir y publicar. Semejante genealogía parece marcar el destino del artista plástico.
¿Y su silencio? Da uno en pensar que la disidencia ya no paga en el presente siglo. La China globalizada, potencia económica salvadora del euro después de la crisis financiera mundial de 2008, puede reprimir los desplantes de su artista, en vista de que la condena occidental indispensable durante los años de la Rusia comunista sencillamente ya no es costeable. La oposición parece haber sido propia de otro tiempo, en el que todos podíamos privilegiar la ideología y reconocer en los artistas a sus defensores, al viejo estilo del capitalismo liberal. Arte politizado versus economía globalizada, para hacernos entender que no importa mucho en qué creen los artistas de hoy mientras no ofendan a los defensores del mercado, el “Dios del siglo XXI”, dijo alguna vez José Saramago. Bástete con ser creativo, ya no hay espacio para las convicciones.
¿Eso significa el silencio de Weiwei?
