El terco caudillismo nacional
Tres siglos de virreinato consolidan el hambre de los mexicanos por seguir a un líder notable.
La nuestra es una historia de caudillos, con modestas temporadas democráticas. ¿De dónde nace la necesidad de salvadores en un sistema político como el nuestro? Si el México prehispánico era autocrático, la conquista, por otra autocracia, nos concede por partida doble una tradición autoritaria y clasista. Tres siglos de virreinato consolidan el hambre de los mexicanos por seguir a un líder notable. Caudillos los tenemos a la carta, desde los políticos que se han eternizado en el poder y cometido atrocidades, hasta los culturales que deciden, despóticos, quiénes son los mejores novelistas y cuáles los malos poetas. De 1821 a la fecha somos testigos del paso de caudillos: altezas serenísimas, emperadores, hombres fuertes, dictadores, toda persona que se apoltrona en la silla del poder, a causa de la ausencia de sentimientos democráticos, aspira a morir al frente del Estado. O, como ahora y desde hace décadas, la voluntad sexenal de un hombre toma decisiones en soledad, acaso aconsejado por amigos o familiares de confianza. El fenómeno es evidente en el sindicalismo: no hay secretario democrático, todos se perpetúan como antes Fidel Velázquez y hoy Elba Esther pasando por Agustín Rodríguez y Hernández Juárez.
El siglo XX arrancó con una Revolución que lejos de darnos principios democráticos, nos llenó de caudillos. En lo político, Madero, Villa, Zapata, Carranza, Obregón… En lo cultural, Vasconcelos y Reyes, Rivera y Siqueiros. Calles tuvo el acierto de institucionalizar el caudillismo al inventar un partido capaz de fingir democracia y pluralidad. Cada presidente de Cárdenas a Calderón ha sido, en distintos grados, un caudillo. Nuestro presidencialismo lo permite y nos ha hecho creer que no necesitamos un Presidente que nos permita a todos pensar, sino que deseamos a uno que piense por nosotros.
El campo político es más dramático porque allí se toman las decisiones que realmente nos afectan. Los mexicanos lo saben, pero dejan siempre la valiosa tarea en manos de una persona. Si panistas, en las de Calderón, si priistas en las de Peña Nieto, si son de imaginaria izquierda en las de AMLO. A nadie se le ocurre pensar en proyectos, ideologías, partidos bien estructurados, estamos en búsqueda de un líder para hacerlo semidiós único e indiscutible. Stalin y Hitler lograron un desaforado culto a la personalidad, nuestros gobernantes no desmerecen. Para ello se necesita no sólo el carisma del paladín sino también la mansedumbre popular. El presidencialismo nacional es el disfraz del autoritarismo, simplemente lo acotaron. El PAN ha subutilizado el poder que ha tenido en estos años, el PRD, primo hermano del PRI, ha sabido usarlo mejor: nunca ha tenido dirigente que no haya sido caudillo salvador: Cárdenas, Obrador y Ebrard en menor escala.
La cultura padece semejante perversión. Paz fue heredero de esa tradición, quería súbditos no amigos, ejerció su cacicazgo sin piedad. Monsiváis, pese a no ser un creador (poeta, novelista, dramaturgo, cuentista) fue un caudillo severo al que sus admiradores hacen odioso: “era un permanente chubasco sobre el desierto de la solemnidad”, “nuestra conciencia más lúcida”, “todo está dicho por el cronista”, “Monsi nunca tendrá sucesor”, “no veo intelectuales con ese nivel de compromiso”… Nadie más existe. “Qué haremos sin ti, Monsi”. Luego, la nada. En Europa hay figuras señeras, pero no caudillos que indiquen el rumbo y piensen por los demás.
El futuro no parece extinguir al caudillo, Peña Nieto y Obrador van disfrazados de demócratas en pos del título nacional. Los partidos son pretextos para dar voz a caudillos que abruman diariamente en todos los terrenos. Es frecuente escuchar voces que piden la mano dura de un guía, pocos recurren a imaginar que el fin de nuestros más graves problemas pasa por ideologías y partidos realmente sensatos.
*Escritor y periodista
