El placer de colisionar con una frase que resuena

Doy vuelta a la página y ahí está, oculta esperándome. Aguarda silenciosa.

¡Qué placer dar con una de esas frases que nos cimbran hasta los cimientos! Una de esas que nos cambia el humor, nos salva el día, la semana y, a veces, la vida...

Doy vuelta a la página y ahí está, oculta esperándome. Aguarda silenciosa. Llego hasta ella y leo la primera palabra ignorante, de que ésta abre brecha. Comienzo con descuido, no soy consciente aún de que he penetrado la maravilla. Conforme las palabras se van entrelazando y cobran sentido, sin darme cuenta retengo el aliento deslumbrada por el paisaje. Llegando al final, me detiene un suspiro largo, largo de incredulidad, pero sobre todo, largo de alivio… Ahí en ese conjunto de símbolos he colisionado con la “verdad”; exhalo y la vista se me pierde allá donde todo a mi alrededor desaparece; la mirada se recuesta en la nada y en mi cuerpo bailan montones de sentires.

Tardo en recuperarme del primer impacto. Releo. La segunda vez no me detiene el suspiro, paro voluntariamente a retozar en ese algo que se me antoja a felicidad; paro ante el placer infinito de sentirme comprendida… se me llenan los ojos de lágrimas: no estoy sola, en alguna parte alguien sabe lo que sé, alguien siente lo mismo, ve lo mismo que yo. Alguien ha encontrado la manera de transplantar sentimientos en palabras de un modo que yo no sabría explicar…  Me pregunto quién es ese alguien. Me nacen unas ganas de conocerle… de sentarme a tomar un café con él o ella y platicar por horas del conjunto de palabras que me han aliviado tanto. Mi admiración se transforma sin remedio en cariño y de pronto ese autor lejano y desconocido es el amigo más entrañable de esa mañana, de esa tarde, de esa noche… 

Luego de haber dado con ella, me quedaré saboreándola entre sorbos de café. La leeré y releeré; seguro la voy a repetir innumerables veces en un intento desesperado por retener intimidad. Pensaré que tengo que aprenderla de memoria; la voy a subrayar con cuidado, como dibujando un mapa de vuelta, debo asegurarme de no perderla. Quizá la escriba en mi mano, para tenerla cerca. Soy necia y en ese momento no me doy cuenta que todas estas medidas son inútiles, que el momento es efímero, como lo es todo momento, que si tengo suerte, habré creado tan sólo un recuerdo; a ese sí podré acceder de vez en cuando. Pero el instante del choque desaparecerá con sus suspiros, sus lágrimas, su exquisita sensación de bienestar.

Dar con la frase es como lanzar una piedra a un estanque, las ondas que se forman alrededor continúan siendo, incluso cuando la roca ha llegado al fondo; así que durante algunas horas recibiré oleadas de ese momento. Es probable que corra a decírselo a algún amigo, siempre corro a decírselo a alguien. Me nacen ganas de compartir… Llamo y le cuento mi anécdota en detalle, deteniéndome en alguno, necesito explicar con claridad; preparo el terreno con belleza discreta para que no haga sombra a la frase. Por fin llego a ella, la pronuncio despacio, articulando cada palabra; me pongo tan seria… debo dar risa. Termino y…  silencio. ¿Qué?, me pregunto, ¿será que no me entendió?, tal vez no oyó bien. Mi interlocutor se ha quedado mudo. Será la sorpresa. Tal vez me devuelva un: órale o qué linda, pero en su voz hay condescendencia. Entonces me desharé en explicaciones de por qué y de cómo es que me ha cambiado la vida, de por qué y cómo es que ya no me siento tan sola, de por qué y cómo el autor es, hoy, mi más entrañable amigo. Me dirá que me entiende y será verdad, porque sabe lo que es encontrarse así con una frase, le ha sucedido. Sin embargo su comprensión llegará hasta ahí, mi frase no resuena más que en mí. Suspiraré un poco decepcionada, de nuevo estoy un tanto sola. Pero llega otra oleada y recobro el ánimo, aquello sigue resonando y mi amigo el autor aún no me abandona. Entiendo otra vez que más me vale no airear sus palabras en exceso, no vaya a ser que de tanto viento, de tanto sol, de tanto ruido, se me desvanezcan antes de tiempo. Las tomo con cuidado y, repitiendo una a una todas sus letras, me las guardo en orden ahí donde conservo mis consuelos. Respiro tranquila, una vez más he gozado del infinito placer de colisionar con una de esas frases que resuenan.

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