El trabajo
- Para la inmensa mayoría de seres humanos el trabajo es una carga, obligada para poder mantener a una familia y que casi siempre resulta insuficiente.

Salo Grabinsky
Del verbo emprender
Estuve en Chicago, la dinámica “segunda ciudad” de Estados Unidos, con sus espectaculares muestras de arte y arquitectura y una población muy heterogénea: polacos, italianos, negros y por supuesto, mexicanos y otros latinos. El clima extremo durante seis meses de un terrible invierno se compensa con gente amable y excelentes universidades.
Precisamente del trabajo voy a hablar. Para la inmensa mayoría de los seres humanos, el trabajo es una carga obligada para poder mantener a una familia y que casi siempre resulta insuficiente. Una obra de teatro llamada Trabajando (Working en inglés) resulta impactante y se las quiero platicar. Consiste en una serie de entrevistas a distintos hombres y mujeres acerca de su trabajo. La ironía y en algunos casos el humor en sus respuestas la hace importante: El bombero que era policía y dejó su empleo anterior porque empezaba a odiar a la gente a quien trataba, mientras salvar a víctimas y apagar incendios es mucho más decente. El ama de casa que sabe que su trabajo doméstico es visto con indiferencia e incluso desprecio, pero que está tranquila porque cuida y educa a sus seres queridos, sin recibir ninguna remuneración. Sin embargo, la mayoría de los trabajadores están decepcionados con sus logros, amargados por el potencial al que no lograron llegar y con una apatía y pasividad generalizadas. Como dice un proverbio anglosajón, los seres humanos viven una existencia de “silenciosa desesperación”.
La descripción de diferentes trabajos rebasa cualquier ideología, ya que los imperios coloniales con la esclavitud, los fascistas y comunistas con sus campos de concentración y trabajo forzado y la llegada de la democracia no han sido capaces de lograr la satisfacción masiva de cientos de millones de trabajadores y empleados.
La burocracia pública y privada sólo provoca una masificación del trabajo administrativo y el papeleo y deshumanización que continúan vigentes en cientos de personas y trámites innecesarios.
No todo está perdido: Hay ciertas personas que gozan lo que hacen, como una mesera que simplemente considera que su trabajo es un arte y que ella debe proveer a sus clientes con un gran servicio y siente satisfacción al darles de comer a su gusto.
También un trabajador de la construcción que sugiere a los múltiples participantes en hacer un edificio que lo muestre con orgullo y diga “esta obra la hice yo, junto con otros cientos”, porque el trabajo y dedicación de muchos debe ser más que una forma de ganar el sustento. No importa que tan sencillo sea, lo que cuenta es la actitud.
La ironía no falta, ante la señora de alta sociedad que está dedicada a obtener dinero en múltiples actos de caridad y el autor la compara con una prostituta que, sin placer, considera que su trabajo es como cualquier otro, para poder mantener a su familia.
Todo lo anterior me hizo reflexionar en las formas en que podemos ayudar a nuestros compatriotas a generar un cambio de actitud en su trabajo, entendiendo que hay todo tipo de labores, que deben ser reconocidas y apreciadas sin menoscabo de su importancia.
Lo que no debe existir es la mediocridad y desinterés en lo que hagan porque eso genera tensiones y rebaja la calidad del que lo hace y obviamente es un mal ejemplo para sus familiares y amigos. Incluso en los emprendedores automotivados a crear negocios, debe haber un entusiasmo contagioso a los demás aunado al gusto de hacer algo productivo.
Ojalá muchas personas pudiesen trabajar en lo que más les gusta, recibiendo una remuneración adecuada y así ser útiles a la comunidad.
(Continuará).