De Londres a Toluca
El actual gobierno británico es el resultado de un congreso dividido en pedazos de similar tamaño, algo parecido a lo que es el nuestro desde hace casi quince años. En el Reino Unido hay un régimen parlamentario, no presidencial como en México, lo cual produjo un gobierno estable y funcional.
Para Orla, por su mexicanidad.
Podría llamarle la nueva docena trágica, pero sería una exageración inadmisible. Hablo de lo que vi en estos días en Inglaterra y en México. Y es que, a invitación de la London School of Economics, viajé la semana antepasada a Londres para participar en el foro Mexico Today. Me tocaron allá los días turbulentos de las movilizaciones contra los recortes presupuestales del gobierno conservador-liberal. Por eso no estuve aquí en el aniversario del asesinato de Luis Donaldo Colosio, mi jefe y amigo. Diecisiete años ya. ¡Cómo le hace falta Donaldo a México, caray! Qué bien nos haría en estos tiempos descompuestos un recuerdo diferente al que tenemos, uno que evocara a esa rara avis de un hombre bueno metido a la política para cambiar al país a quien sí hubieran permitido ser su presidente. Pero en fin…
Presenciar las multitudinarias protestas primero de los universitarios y después de los demás ciudadanos británicos —o súbditos, pues— me permitió aprender más de la sociedad y del sistema político del Reino Unido. La diferencia entre las manifestaciones europeas y las mexicanas no es tanto su grado de urbanidad cuanto su frecuencia y sobre todo la capacidad de los regímenes para procesar sus demandas. En Trafalgar y sus alrededores hubo desmanes y destrozos provocados por grupos violentos, bastante parecidos a los que irrumpen acá en algunas marchas. Pero allá la toma de las calles es mucho menos frecuente y, aunque los gobernantes no suelen titubear al aplicar la ley porque ello no los hace tambalearse, la policía comete menos abusos en el ejercicio del monopolio de la violencia legítima.
Veamos el caso del actual gobierno británico. Es el resultado de un hung parliament, es decir, de un congreso dividido en pedazos de similar tamaño en el cual ningún partido tiene mayoría absoluta. Vamos, algo parecido a lo que es el nuestro desde hace casi quince años. Pero en el Reino Unido hay un régimen parlamentario, no presidencial como en México, lo cual solucionó el problema: su primer ministro es el jefe de la minoría más grande apoyado por la siguiente minoría, y entre ambos forman una mayoría que comparte el gabinete y una agenda legislativa consensuada. Porque en el parlamentarismo el jefe de gobierno es un diputado, el líder del grupo parlamentario más numeroso que, si no alcanza por sí mismo más de la mitad de los escaños, tiene que aliarse con otro u otros para gobernar. Así llegó al poder el actual premier conservador David Cameron, en una situación muy parecida a la que en nuestro país ha provocado parálisis legislativa y debilidad presidencial, en tanto que en tierras británicas produjo un gobierno cuya ideología no comparto pero que es estable y funcional. ¡Y todavía hay políticos y académicos mexicanos que se niegan a considerar siquiera la posibilidad de que adoptemos un régimen parlamentario! Aceptémoslo ya, por Dios: en un contexto pluripartidista como el nuestro, el parlamentarismo es la solución a la ingobernabilidad democrática.
Por si hiciera falta un testimonio en ese sentido, Nick Clegg, el viceprimer ministro del Reino Unido, visitó México la semana pasada. Es un liberal-demócrata lúcido y carismático, jefe del partido número dos de la coalición y como tal segundo de a bordo. El British Council me invitó a un diálogo con él y luego a una cena con el viceministro de Educación y varios rectores y directivos de universidades británicas. El tema obligado, para mí, fue la necesidad de parlamentarizar a nuestro país y la conveniencia de conocer de primera mano las experiencias de quienes inventaron el parlamento. Aunque el modelo español republicanizado sería a mi juicio un mejor ejemplo para nosotros, el funcionamiento del mecanismo original para generar mayorías de largo aliento es un referente obligado.
Simultáneamente, en Toluca se producía una tragicomedia. Mientras el PRI movía eficazmente sus piezas para evitar rupturas en la designación de su candidato a gobernador en el Estado de México, el PRD se debatía en una pugna interna que desmantelaba la anunciada alianza electoral, el PAN apoyaba involuntariamente el desmantelamiento en un juego de necedades declarativas y, finalmente, miles de militantes y simpatizantes perredistas y panistas que en una consulta se manifestaban a favor de aliarse para derrotar a los priistas se quedaban con un palmo de narices. Así, el PRD derrotó al PRD, el PAN venció al PAN y el PRI les ganó a los dos.
Yo me quedo con mi reflexión londinense: en la medida en que nos empecinemos en conservar un presidencialismo disfuncional que no incentiva las coaliciones seguiremos administrando la mediocridad. En el orden estatal y en el federal tendremos gobiernos minoritarios con oposiciones mayoritarias en los congresos, lograremos sacar reformitas que emularán el parto de los montes y el renacimiento de México será una quimera. Si eso es lo que nuestra clase política quiere va por buen camino. Pero la sociedad mexicana tiene que abrir los ojos: se está dejando conducir a un precipicio que está cada vez más cerca.
*Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana
Twitter: @abasave
