País de reglas no escritas
Nuestra transición implica dejar de ser un país de reglas no escritas y convertirnos en una nación de reglas escritas. El
Con mi solidaridad para Javier Sicilia.
Siempre he dicho que nuestra transición implica dejar de ser un país de reglas no escritas y convertirnos en una nación de reglas escritas. Mi tesis es que el abismo que separa a buena parte de nuestro orden jurídico de la realidad se colma con códigos de normatividad tácita, que son los que cotidianamente se aplican. El “acátese pero no se cumpla” de la Nueva España, como lo explico en mi libro Mexicanidad y esquizofrenia, sigue vigente en México. La norma formal trocó en referente límite, una suerte de espada de Damocles que cae sobre la cabeza de quien osa desafiar la norma informal. Nuestra Constitución vuela sobre cimas de abstracción carentes de exigibilidad y correlato presupuestal —derechos sociales— y nuestras leyes y reglamentos se hunden en simas de sobrerregulación y burocratismo igualmente irreales. A éstas me voy a referir hoy.
Tomemos como ejemplo las regulaciones de tránsito. En todo el país hay reglamentos que dictan lo que deben hacer los automovilistas y los castigos que han de recibir si no lo hacen. Pero también existen códigos metalegales que todos conocemos y que son los que realmente operan, porque son más prácticos y funcionales. Cuando alguien quiere estacionar su coche en la calle no se fija en los letreros que tienen una “E” cruzada en un círculo, ni el color del cordón de las banquetas, sino la cubeta que el franelero retira para indicarle el lugar disponible. Y en lugares donde impera la inseguridad y la desconfianza, no es extraño que el dueño del vehículo le deje su llavero al desconocido guardián informal de la vialidad para que lo lave o lo mueva si está en doble o triple fila, ni que se retire con la tranquilidad de que nada malo pasará. Sabe que el “viene-viene” tiene un arreglo con los patrulleros y los operadores de las grúas y que su “propina” servirá para cubrir ese costo.
Y si al salir de ahí el mismo automovilista se pasa un semáforo en rojo y es detenido por un policía, lo más probable es que no le pida que le levante la infracción sino que le dé la mordida de rigor. ¿Sería razonable esperar que en su decisión pesara más la probidad que la conveniencia a la que recurre la inmensa mayoría de sus conciudadanos? Hay dos opciones, la legal, que le costaría al infractor de dos a cuatro veces más dinero y de diez a veinte veces más tiempo para ir al banco, estacionarse, hacer fila y pagar, y la ilegal, barata y rápida. Y lo más importante: la probabilidad de que alguna autoridad sorprenda a quienes incurren en ese ilícito y los acuse de dar y recibir un soborno es nula. ¿Cuántas personas, ya no digamos mexicanos, después de vivir largo tiempo en semejante entorno, elegirían un camino mucho más caro y tardado cuando el más barato y rápido no es punible? El porcentaje sería bajísimo.
Va otro típico comportamiento de los automovilistas en México. En las avenidas en que hay un solo carril destinado a dar vuelta es difícil que se dé el paso a quien avisa con anticipación y con la luz intermitente de su vehículo que necesita cambiarse al carril adecuado —lo cual explica, por cierto, que casi nadie use las direccionales para anunciar un viraje— y es fácil que se deje pasar a quien rebasa por la vía del tráfico que debería seguir de frente y ya muy cerca de la salida intenta meterse delante de quienes llevan tiempo esperando pacientemente en la fila correcta. ¿A alguien le extraña que prolifere el gandayismo cuando la actitud del ciudadano responsable se castiga y la del gandaya se premia? He aquí un ejemplo de la racionalidad individual que lleva a la irracionalidad colectiva, y de la contradicción entre nuestra tolerancia con quien viola las reglas de urbanidad vial y nuestra intolerancia hacia quien intenta cumplirlas.
¿Por qué no se autoriza que se estacionen coches, quizá poniendo “parquímetros”, en lugares donde diariamente se estacionan cientos de ellos bajo la égida de los franeleros y no entorpecen el tránsito? ¿Por qué no se legaliza una comisión para los policías en función de multas expedidas y limitadas por dispositivos electrónicos, con video como en las grúas? ¿Por qué no se destinan dos carriles para dar vuelta ahí donde el tráfico es intenso? En suma, ¿por qué no se simplifican los reglamentos de tránsito usando la tecnología con un criterio de realismo y funcionalidad, y se acaba con disposiciones alambicadas y señalamientos absurdos? En todos los ámbitos de la vida nacional prevalecen los códigos informales sobre la ley, ciertamente, pero si en alguno de ellos empezáramos a acercar la norma a la realidad y demostráramos que es una vía eficaz para disminuir la corrupción, daríamos un paso hacia adelante. Si bien no se trata de una panacea porque la cultura de la ilegalidad es muy poderosa, vale la pena hacer innecesarias e inconvenientes las reglas no escritas entre la ciudadanía que se transporta en las vialidades urbanas. El cambio no sería menor. Si logramos minimizar la mordida, la corruptela que nos distingue y nos avergüenza ante el mundo, probaremos que sí se puede.
*Director de Posgrado de la Universidad Iberomenricana
Twitter: @abasave
