Tacones con SIEA

La sintomatología de esta enfermedad es tan común, que muchas descubrirón que la tienen.

Hay una etapa por la que todas hemos pasado y, si no, entonces esperen que ya se encontrarán allí, tarde que temprano. Esta etapa es cuando nos rompen el corazón y nos volvemos unas rebeldes del amor, esta virulenta enfermedad llamada SIEA (Síndrome de Inmunodeficiencia Emocional Adquirida) nos ataca cada célula y nos esconde el corazón entre una capa de callo duro que recubre el pecho con ironía.

La sintomatología de esta loca enfermedad es tan común que seguramente muchas descubrirán que la tienen: ¿Has tronado recientemente? ¿Pensar en encontrar a tu ex novio te revuelve la barriga? ¿Has tenido alucinaciones como que tu relación antes del último bandido era maravillosa y lo dejaste ir? ¿Te refieres a tu ex como !@#$%^&*? ¿Cuando cualquier persona del género de tu preferencia se acerca para ligar adviertes de antemano que no quieres nada serio? ¿Cuando piensas en enamorarte tu cuerpo reacciona con sarpullido y náuseas? ¿Prefieres estar con tus amigas y hablar mal de ellos que salir con algún "desgraciado" al cine? ¿Tienes un amuleto espantachicos en la puerta de tu casa? ¿Tus estatus de Face tienen en común tu necesidad de decirle al mundo que la soltería es la onda? ¿Borraste a tu ex de la memoria y de tus redes sociales, messengers, directorios, etcétera? ¿Relegas la institución del matrimonio al baúl de mitos y legendas? ¿Piensas en adquirir muchos gatos porque ellos sí te comprenden? ¿Repites como lora "el amor no existe"? Si tienes más de uno de estos principales síntomas quiere decir que has adquirido la enfermedad, pero no te preocupes, como todo, este virus es pasajero y eventualmente se desvanecerá, después de que nuevamente beses uno que otro sapo que te reconfirme que todos los hombres son unos !@#$%^&* y hasta que por fin llegue ese sapo con corona que con cada beso se va convirtiendo en príncipe.

En este momento tengo a una Cirila en mi vida con SIEA, tronó recientemente una relación en la que la pasó más mal que bien y ahora cualquier hombre que ose querer algo con ella es exiliado al país de "¡no seas iluso!", y me recuerda cuando yo estuve infectada de ese virus que te envuelve la cabeza y opaca cualquier cursilería espontánea con reacciones alérgicas a las flores y mareo ante palabras bonitas.

No se puede hacer mucho, no hay medicina, técnica comprobada ni opción orgánica que lo contrarreste más que la inyección inevitable del antídoto que no se encuentra exactamente cuando se busca: el amor.

Sin embargo, no es como que el virus desaparezca así nada más, el virus se resiste a autoabsorberse, te convierte en rejega del sentimiento, te hace decirle a la persona que pelea a muerte con el virus que no quieres nada serio, que estás buscando diversión, que no eres precisamente la persona adecuada para enamorarse, un "te quiero" es como una bola de pelos en la garganta, e invitar a dormir a tu cama es casi un sueño de esos que despiertas con taquicardia. Mas por momentos te descubres poniendo cara de borrego a medio morir y deseando cada vez más pasar tiempo con el antídoto, mirando el teléfono con frecuencia por si hubiese alguna llamada que por alguna cósmica razón perdiste y haces planes más allá de la línea de tiempo que concluye en tu nariz. El virus está casi acabado cuando: abres un pequeño espacio en tu clóset que no necesariamente es directamente proporcional al que has abierto en tu corazón, cocinas más de lo normal y bailas sin motivo aparente; cuando sientes un miedo absurdo a prescindir de esa droga que acribilló al virus un sábado por la noche cuando entre tus principales planes no estaba enamorarte.

Es entonces cuando puedes decir que padeciste SIEA, es más, es cuando te das cuenta que lo tuviste y ahora no es más que una gripa que se quedó pegada de 300 kleenex y que el camión de la basura recolectó con otros varios virus desechados por Cirilas en el mundo.

La credulidad regresa y parece que todo estuviera en orden, que el tiempo marchara nuevamente conforme la famosa medición humana y no según el maldito reloj que cuelga de tu comedor cuando te encontraste de frente con ese muro lleno de rescoldos de piel, sangre y dientes con el que te estrellaste justo antes de adquirir el virus.

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